La edad de entrada al pre-escolar

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Cuando los padres inscriben a su hijo(a) en el jardín pre escolar, lo(a) está inscribiendo en una promoción con la que compartirá los próximos 12 años de su vida escolar. Si el hijo(a) es muy pequeño(a) para la el grado, porque nació en una fecha muy próxima a la del límite para el ingreso al grado, los padres deben resolver si inscribirlo con lo que siempre será de los menores, o esperar un año con lo que siempre será de los mayores. Resolver eso requiere evidencias científicas que contesten a la pregunta: ¿es una desventaja estar entre los menores, o es una ventaja estar entre los mayores, en un salón de clases del jardín pre-escolar? Este tema lo investigó a fondo Sandra Crosser, cuyos hallazgos se publicaron en la serie ERIC Digest en internet (ED432409, internet Julio 1999).
La literatura sobre el tema revela que hay pocos estudios y con resultados contradictorios sobre el rendimiento académico de los niños, en relación al hecho de ser los menores o los mayores del grado. En general, los escasos estudios indican que los niños más jóvenes de la clase podrían tener puntajes ligeramente por debajo de los niños mayores, pero que la diferencia tiende a ser pequeña y podría ser transitoria (Morrison, Griffith, & Alberts, 1997; Cameron & Wilson, 1990; Kinard & Reinherz, 1986; Smith & Shepard, 1987; NCES, 1997).
Esta escasez investigaciones llevó a Crosser (1991) a realizar una investigación comparando el logro académico de dos grupos de niños: aquellos que entraron al jardín pre-escolar (kínder) justo después de los 5 años y aquellos que esperaron un año y entraron al jardín pre-escolar a los 6 años. Cada niño que demoró la entrada fue comparado con otro niño de similar inteligencia que no demoró la entrada. Los niños fueron comparados con niños, y las niñas con niñas. Todos los niños y niñas tomaron exámenes de rendimiento universales durante quinto y sexto grados. Los puntajes de los exámenes fueron utilizados para comparar el logro de los niños que nacieron durante el verano y que esperaron un año para entrar al jardín pre-escolar, con aquellos que nacieron durante el verano y entraron a tiempo a la escuela.
Los resultados del estudio indicaron que, dados niveles similares de inteligencia, los niños con fechas de cumpleaños en el verano tienden a tener cierta ventaja académica si posponen la entrada al jardín pre-escolar por un año. Esa ventaja fue mayor en el área de lectura. Los puntajes de lectura para mujeres y los puntajes de matemáticas para ambos, no mostraron diferencias estadísticas importantes. Sin embargo, estos resultados en pequeña escala aún son insuficientemente concluyentes, ni sugieren que al demorar la entrada al jardín pre-escolar los niños mayores van a tener, mágicamente, ventaja académica. En conclusión, no hay una base académica fuerte para sugerir la conveniencia de demorar la entrada al jardín pre-escolar de los niños menores nacidos durante el verano.
Otros hallazgos de la literatura sobre el tema muestran que usualmente son los padres más solventes económicamente los que tienden a hacer esperar a sus hijos menores nacidos durante el verano (Meisels, 1992). Si esto se corroborar, se podría entender entonces que los niños pobres sufren desventajas en la escuela por el efecto combinado de los factores asociados con la pobreza y además por ser los menores de cada grupo. Efectivamente, en la vida real de una clase de jardín pre-escolar, el niño más joven puede parecer el más inmaduro y no estar listo para abordar tareas que sus compañeros mayores de clase encuentran desafiantes e intrigantes. Luego, mientras el programa de estudios y las expectativas académicas aumentan para cubrir las necesidades de los niños de seis años, existe el peligro de que el programa de jardín pre- escolar sea inapropiado para el desarrollo de los niños más pequeños a quienes en realidad debe servir.

CONCLUSIÓN

Es evidente que el logro académico es solo un factor a considerar para concluir sobre cuál es la edad óptima para el ingreso a cada grado. Igualmente importantes son el desarrollo físico, social, y emocional; y como cada niño es diferente, no se pueden esperar respuestas únicas. Al final de cuentas, pareciera que el camino a seguir debiera basarse en una buena dosis de intuición paterna y materna, considerando todos los aspectos del niño en el momento en que decidan su ingreso al colegio.
Como educadores, debemos resistir la tentación de hacer recomendaciones iguales para todos. Debemos considerar cada niño(a) individualmente mientras continuamos construyendo una base de conocimientos más sólida sobre decisiones relacionadas con la edad de entrada a la escuela.