¿Me quedo -feliz-, renuncio o espero que me despidan?

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico

¿Me quedo -feliz-, renuncio o espero que me despidan?

Leyendo el capítulo 16 del libro “Ganar” escrito por Jack Welch el legendario super gerente por 40 años de General Electric -hasta que se jubiló-, encontré algunas ideas muy inspiradoras para quienes están evaluando su trabajo actual. Según él, hay algunas señales sobre el empleo a las que hay que prestarles atención.

La primera señal concierne a las oportunidades que ofrece el trabajo para desarrollarse y aprender. No es tan desafiante un trabajo en el que desde que  se entra uno destaca frente a los demás, porquen eso limita los retos y aprendizajes que son el combustible de la motivación y energía creativa.

La segunda señal es la que nos asegura que el trabajo actual nos dejará una  marca para tener mejores opciones futuras. Es decir, aquella que permite que  cuando uno deje el trabajo se lleve una ventaja en el CV. Haber trabajado  cierto número de años en empresas o colegios que son referentes en el país  sin duda se convierte en una carta de presentación que abre muchas puertas.

La tercera señal es la del sentido de pertenencia, es decir, la certeza de que uno está allí por sus propias motivaciones y no por los deseos de otros (padres que quieren que sus hijos trabajen con ellos, cónyuges que por conveniencia   obligan a su pareja a dejar o mantenerse en un trabajo no satisfactorio, etc.). Tarde o temprano eso pasa la factura en la forma de depresión, caída de autoestima y ambiciones, agresión al causante de la mala colocación, baja productividad, etc.

La cuarta señal es la carencia de altibajos. Si bien un trabajo ideal nos emociona y motiva cada día, lo real es que haya altibajos, días buenos y malos. El problema es cuando todos los días parecen malos y uno solo quiere que llegue el fin de mes para cobrar el sueldo…

La quinta señal ocurre cuando no se disfruta de los colegas con los que se comparte cotidianamente, al punto que resulta tortuoso. Es letal para el  desarrollo personal y el trabajo productivo tener que fingir día a día que uno está bien, cuando en realidad está mal, o interpretar un personaje que no es propio, solo para llevarse bien con los demás. Aunque un trabajo parezca ideal en materia de sueldo, condiciones de horarios, ubicación, no lo es si no existe una sensibilidad compartida.

A esas situaciones, que deberían llevar a quien pasa por esos trances a revaluar su trabajo, Welch agrega comentarios muy útiles sobre tres situaciones  especiales.

La primera, es la de los primeros empleos. Usualmente uno acepta lo que se va  presentando, sin tener demasiadas posibilidades de escoger su situación óptima, más aún si uno tiene un historial académico no muy destacado y ocupaciones anteriores poco relevantes, hasta que se presenta una oportunidad de un mejor empleo. “Aguantar” para acumular experiencia por un tiempo, puede tener utilidad ulterior.

La segunda, es la de aquel que se siente encallado o atascado en una situación que parece no tener salida. (Es imposible ascender, se gana bien pero el trabajo no satisface, o, se trabaja a gusto pero el sueldo no satisface). Eso solo lleva a acumular frustración hasta que uno se desespera y siente el impulso de dejar el trabajo. En ese caso siempre es bueno recordar que a la par que uno empieza a buscar colocaciones alternativas, nunca debe bajar la guardia del  esfuerzo y entusiasmo; es bueno tener rendimiento ejemplar hasta el último día. A final de cuentas, la competencia y los cazatalentos están siempre a la búsqueda de los trabajadores más destacados.  

La tercera, es la búsqueda de trabajo cuando uno ha sido despedido del anterior. Lo usual es adoptar una actitud depresiva o defensiva ante el despido, que va a ser olida como falta de autoestima por un potencial nuevo empleador.
El despedido tiene que alejarse lo antes posible del vórtice de la derrota, es decir, dejarse caer en una espiral de inercia y desesperación. También huele mal explicar un despido con justificativos como “mi jefe era difícil”, “no tenían la misma visión que yo”, “todo era política y vara”, etc. Todo nuevo empleador  sabrá leer entre líneas las palabras “dejé el trabajo por motivos personales”.

Hay que ser realistas y sinceros. Reconocer ante nuestros interlocutores que fuimos invitados a retirarnos. Evitar las culpas a otros o justificaciones que aluden a los atributos negativos del empleador o de la institución, y concentrarse en uno mismo. Reconocer lo que sucedió, explicar lo que ha aprendido de la  experiencia y lo que haría de modo distinto en un nuevo trabajo. Para ello hay que apelar a la principal reserva de autoestima: la familia y la provisión de sensaciones positivas acerca de uno mismo y de sus logros pasados. Esa reserva es el capital de trabajo que permite seguir relacionándose con otras instituciones y crear nuevas redes de oportunidades.