Directores: entre la identificación y el rechazo

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Hay reacciones opuestas cada vez que escribo una columna sobre la imposibilidad de una verdadera reforma del sistema educativo si es que no se entiende que cada colegio es una organización que debe ser conducida por un director con plenos poderes. Este debe ser el líder pedagógico y de la gestión de una escuela y tener suficientes poderes para hacer una gestión autónoma y eficiente.
Hay los que se identifican con la idea de ese rol clave del director como líder e  innovador, con poder para seleccionar, contratar o inclusive separar profesores que evidencien  pobrísimo desempeño; modificar el horario, el currículo, las cargas horarias; alquilar las instalaciones y generar recursos para el uso autónomo del colegio; firmar convenios con terceros que quieran colaborar. Los que apuestan por este concepto suelen ser directores emprendedores o  profesores que trabajan con directores muy capaces pero que son como Ferraris funcionando al ritmo de los Ticos por la restrictiva normatividad estatal. 
En el otro extremo están los profesores que tienen malas experiencias con sus directores, porque son corruptos, incompetentes, acosadores, argolleros e ineptos. A ellos les parecería una locura darle más poder a los directores actuales y eventualmente la prerrogativa de remover de su cargo a un profesor estable, ya que suponen que lo harían para poner en su lugar a un allegado o a quien pagó una coima. Sin embargo, la existencia de directores ineptos no puede anular la visión de lo que un director debería ser y hacer.
Lo que hay que hacer es separar la visión de las personas que actualmente ocupan ese puesto las cuales deben ser evaluadas y certificadas por su calidad ética, pedagógica y capacidad de gestión antes de empoderarlos con las nuevas prerrogativas. Se podría crear un sistema de capacitación y certificación de calidades pedagógicas y éticas y competencias para la gestión eficaz, que vayan de la mano con el otorgamiento de poderes para una administración escolar autónoma, de modo que se vaya transformando las instituciones escolares actualmente paralizadas, retrógradas e improductivas en  centros educativos dinámicos, innovadores, que progresan y permiten a los estudiantes obtener altos logros. 

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