Excellent Sheep por William Deresiewicz

Blog León Trahtemberg , 01 Ago 2015 5334 visitas

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Excellent Sheep by William Deresiewicz Traducción libre y editada de León Trahtemberg, del capitulo 1 

Parte I: LAS OVEJAS
El sistema norteamericano de educación superior fuerza a los estudiantes a  escoger entre aprender y tener éxito, llevando a buena parte de ellos a ser ovejas con rumbo a ninguna parte, engañándolos al no ofrecerles una educación significativa. 
  
Capítulo 1. LOS ESTUDIANTES.
Las “super personas” denomina James Atlas a los estereotipados “excelentes” estudiantes con ultra altos logros académicos que asisten a las universidades de elite. Sus logros incluyen cursar dobles maestrías, dominar un deporte, un instrumento musical, un par de lenguas extranjeras, hacer  trabajo social en lugares distantes del mundo globalizado, tener un par de hobbies, todo ello logrado con solvencia y comodidad.  Estos son los que se  consideran  “ganadores” en la carrera que les marcaron desde su infancia.

Pero la realidad es que cuando se mira por debajo de esa fachada, se encuentran niveles tóxicos de temor, ansiedad, depresión, sentimiento de vacío, falta de propósito y soledad.  

Las encuestas sobre el bienestar emocional de los universitarios están en su punto histórico más bajo en las universidades de elite. La Asociación Americana de Psiquiatría reporta altos niveles de desesperanza, al punto que 1/3 de los estudiantes no ha podido desempeñarse adecuadamente en los últimos 12 meses. La mitad de los estudiantes que acuden a las sobre demandadas oficinas de consejería estudiantil padecen de problemas psicológicos severos (The Crisis of the Campus). 

El provost de la Universidad de Stanford escribió en el año 2006 que estamos viendo incrementalmente estudiantes lidiando con problemas mentales que abarcan la autoestima, desórdenes de desarrollo, depresión, ansiedad, desórdenes de alimentación, conductas auto mutilantes, esquizofrenia y comportamientos suicidas. Uno de sus estudiantes lo puso así: “he visto a mis compañeros sacrificar salud, relaciones y la exploración de actividades que no pueden ser cuantificadas o certificadas pero que son esenciales para el desarrollo del corazón y el alma, por sacar notas y engrosar los currículos”. Un estudiante de Yale lo puso así: “el aislamiento es un factor frecuente. La gente de Yale no tiene tiempo para relaciones. Los estudiantes saben armar sus redes sociales, pero no sus amistades. La vida romántica se conduce igualmente con un espíritu utilitario: amigos con derechos sexuales, pragmatismo, matrimonios de universitarios que proveen estabilidad sin compromiso permitiendo que la carrera siempre marque el norte de cada uno”...”siempre estoy ocupado y la gente que me interesa también siempre está ocupada”.

Esta compulsión al super-logro, esta sensación de estar todo el tiempo corriendo lo más rápido que pueda, se suma a la resistencia a mostrar vulnerabilidad, el miedo a ser vistos como frágiles e incapaces de lidiar con la presión.  Nadie se abre ni dice nada, por lo que todos sufren. Se sienten un fraude porque piensan que todos los otros son más hábiles que uno y sí son  capaces de lidiar con el estrés. Así, hay una enorme presión por aparentar bienestar y no pasar la vergüenza de no parecer una persona bien ajustada emocionalmente. Todo esto los deja sin tiempo ni herramientas para pensar  que quieren de su vida. La pregunta sobre qué les apasiona no tiene cabida.

Sin duda académicamente están bien preparados. Son como atletas que han tenido el coaching, ejercitación y alimentación adecuada desde temprano en su vida. Responderán a cualquier exigencia que se les plantee. El problema es que estos estudiantes aprendieron que lo único que importa en la educación es hacer tareas, dar las respuestas correctas, sacar notas máximas en los exámenes.  Nada en su preparación los puso en condiciones de buscar un sentido a las cosas que vaya más allá. Aprendieron a ser estudiantes, no a usar sus cabezas. Muy pocos son apasionados por las ideas. Muy pocos ven su experiencia en el college como parte de un proyecto de descubrimiento intelectual y desarrollo, uno que está dirigido por ellos mismos y para sí mismos. Han sido acondicionados al credencialismo, es decir, a hacer solo esa estrecha porción de actividades evaluables y certificables que tienen utilidad inmediata para su carrera. Su vida se convierte en una carrera por acumular estrellas con el menor esfuerzo posible.

Esta visión utilitaria lleva a que el 65% de los estudiantes de los colleges y universidades más prestigiadas escojan economía para una de sus maestrías y consultoría bancaria y finanzas como la principal opción laboral. Para el año 2010 la mitad de los graduados de Harvard iban a esas opciones, así como los de Penn, más de un tercio de Cornell, Stanford y MIT. El 36% de los  graduados de Princeton fueron a finanzas.

¿Por qué lo hacen? Porque piensan que es la manera correcta de proceder. Para eso han sido preparados. Eso les da seguridad. No pueden arriesgarse a fracasar; nunca lo han hecho en su vida académica. Los bancos de inversión y las empresas de finanzas van a buscar a sus empleados a esas universidades, facilitándoles encontrar un trabajo, porque saben que darán  la talla para lo que ellos necesitan (mientras trabajen con ellos). Pocos estudiantes tienen el coraje de apartarse de ese corralito.

El resultado es una tremenda aversión al riesgo. No tienen experiencia en cometer errores así que buscan evitar cualquier opción en la que puedan errar. No toman el chance de ir a una clase en la que no puedan ser de los primeros,  de modo que no quieren arriesgarse a hacer cosas diferentes a las conocidas en las que ya saben que les va a ir bien. Su mundo se estrecha.  Experimentar, explorar, descubrir nuevas vías para ver el mundo y nuevas capacidades dentro de uno mismo están fuera de agenda. No quieren  rezagarse en la carrera por el credencialismo.

William R. Fitzsimmons, antiguo decano de admisiones de la Universidad de Harvard lo dice así: “Es muy común encontrar inclusive entre los estudiantes  más exitosos y ganadores de premios, que hacen un alto y miran hacia atrás  para peguntarse si todo eso valió la pena. Profesionales en sus treintas y cuarentas: médicos, abogados, académicos, empresarios y otros a veces dejan la impresión de ser los sobrevivientes  de un salvaje campo de una   batalla dada durante toda su vida. Algunos dicen que terminaron haciendo lo que correspondía a las expectativas de otros,  o que cayeron en eso sin haberse tomado la pausa para pensar si realmente querían ese trabajo. Muchas veces dicen que perdieron toda su juventud, que nunca vivieron el presente, procurando siempre alcanzar una poco definida meta futura.  

El sistema de admisiones hace que los alumnos se maten por ingresar y  los padres se maten por pagar los costos buscando abrir oportunidades. Pero ¿qué hay de las oportunidades que se cierran por la manera de avanzar  por esta estrecha autopista sin revisar sus verdaderos intereses?

En suma, se ha creado un sistema educacional que produce jóvenes de 22 años muy  inteligentes y logrados, que no tienen idea de qué es lo que quieren hacer con sus vidas, que no tienen sensación de propósito, y lo que es peor, que no tienen idea de cómo encontrarlo. Son capaces de seguir los patrones que otros han diseñado, pero no tienen el coraje, la fuerza interna y la libertad  de inventarse el suyo.

¿Es a esto a lo que hay que considerar “tener éxito”?  

NOTA PERIODÍSTICA

La educación de élite produce "borregos excelentes", según un profesor illiam Deresiewicz de Yale.

Tienen varias carreras, practican deporte como si fuesen profesionales, pueden hablar en varios idiomas, manejan a la perfección un instrumento musical, han ofrecido ayuda en los rincones más desfavorecidos del planeta, y han convertido sus hobbies en una provechosa afición. Han estudiado en las grandes universidades, y el futuro está en sus manos. Tiene que estarlo, con tan brillante currículum. Pero también están llenos de miedo, inseguridad, angustia y timidez. Apenas muestran preocupaciones intelectuales y desconocen qué quieren hacer con su vida, más allá de ganar dinero a espuertas, seguir el camino que profesores y padres han construido para ellos, y conseguir la aprobación de los demás.

Esta es la paradoja que late en la vida de los universitarios de los centros de élite americanos, mantiene el profesor de Yale William Deresiewicz,
http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-09-16/la-educacion-de-elite-produce-borregos-excelentes-segun-un-profesor-de-yale_180647/

Son “súper personas”, el nombre que les dio James Atlas, editor de The New York Times Magazine y presidente de Altas & Company. Tienen varias carreras, practican deporte como si fuesen profesionales, pueden hablar en varios idiomas, manejan a la perfección un instrumento musical, han ofrecido ayuda en los rincones más desfavorecidos del planeta, y han convertido sushobbies en una provechosa afición. Han estudiado en las grandes universidades, y el futuro está en sus manos. Tiene que estarlo, con tan brillante currículum. Pero también están llenos de miedo, inseguridad, angustia y timidez. Apenas muestran preocupaciones intelectuales y desconocen qué quieren hacer con su vida, más allá de ganar dinero a espuertas, seguir el camino que profesores y padres han construido para ellos, y conseguir la aprobación de los demás.

Esta es la paradoja que late en la vida de los universitarios de los centros de élite americanos, mantiene el profesor de Yale William Deresiewicz, que ha expuesto su tesis en un ya célebre artículo publicado en The New Republicy en su libro Borregos excelentes: la mala educación de la élite americana y el camino a una vida plena, publicado por Free Press. Deresiewicz ha comprobado con sus propios ojos y ha vivido en su propia piel la frustrante experiencia del estudiante de Harvard, Yale o el resto de centros de la Ivy League, que los convierte en esos “borregos excelentes” del título: “Son excelentes porque cumplen todos los requisitos para entrar en una facultad de la élite, pero es una excelencia muy limitada. Son chicos que cumplirán todo aquello que les mandes, y que lo harán sin saber muy bien por qué lo hacen. Sólo saben que volverán a pasar por el aro”. No se trata de un nombre inventando por el escritor. Al contrario, fue el concepto con el que uno de sus alumnos se describió a sí mismo.

Ganado para alimentar la máquina

Desde los años 60, asegura Deresiewicz, los valores que rigen los grandes centros educativos han cambiado por completo aunque, en apariencia, sigan defendiendo la excelencia y el auxilio de los más desfavorecidos. “Auto exaltación, estar a servicio nada más que de ti mismo, una buena vida pensada sólo en términos del éxito convencional (riqueza y estatus) y ningún compromiso real con el aprendizaje, el pensamiento, y con convertir el mundo en un mejor lugar” son los valores que, según el profesor, rigen el comportamiento de sus alumnos. Pero ellos no son los culpables, sino las víctimas. Entre la larga lista de responsables, Deresiewicz señala a los institutos privados, a los ambiciosos padres, al sistema de admisión, a las grandes marcas universitarias, a los empleos donde estos serán contratados y, en general, a la mentalidad de clase media-alta.

Cada vez que ven que la luz roja se enciende, tienen que pulsan el botón, pero hay un momento en el que dejan de decirles lo que tienen que hacer

El producto –es decir, los nuevos licenciados– parece perfecto. Pero, debajo de esa imagen homérica y dinámica del que algún día se convertirá en CEO de una gran empresa se encuentra latente una gran inseguridad. Esta se caracteriza, sobre todo, por una enfermiza aversión al riesgo. “Por definición, nunca han experimentado algo que no sea el éxito”, explica Deresiewicz. Y está en lo cierto. Los requisitos académicos y personales para ser admitido en cualquiera de estos centros son tan elevados que conseguir menos que un sobresaliente no es una opción. Por ello, “al no tener margen para el error, evitan los posibilidad de cometerlo”. Uno de sus alumnos miró a su profesor como si fuese un alienígena cuando le sugirió que quizá dedicar menos tiempo para el estudio le serviría para reflexionar sobre lo que ha aprendido.

Otro manifestaba sentirse completamente inseguro ante la posibilidad de verse obligado algún día a comer solo.

Algo que se refleja en las estadísticas de salud mental de los estudiantes, que se encuentran en su momento más bajo de los últimos 25 años. “Es casi como un experimento cruel con animales”, explica en una entrevista con The Atlantic. “Cada vez que ven que la luz roja se enciende, tienen que pulsar el botón”. Entre todos esos requisitos se encuentran la música o participar en una organización caritativa, algo que Deresiewicz explica que no hacen para los demás, sino para sí mismos y sus currículos. “La experiencia ha sido reducida a su función instrumental”. Por ello, durante cuatro años, los que aspiran a matricularse en una gran universidad se dedican exclusivamente a tachar de su lista todos esos hitos que deben haber alcanzado, pero nunca llegan a reflexionar sobre si realmente desean ser ricos y poderosos.

El terrible mundo real

Una vez llegan a la universidad, esta no plantea ningún problema. No tienen más que seguir el camino preestablecido y todo irá bien. Además, los cursos no son muy exigentes, recuerda Deresiewicz. Se ha llegado a un “pacto de no agresión” entre profesores y estudiantes, por el cual los alumnos son “clientes” que reciben altas calificaciones a cambio de un esfuerzo mínimo. Mientras tanto, los profesores siguen profundizando en sus proyectos de investigación, lo que realmente garantiza que reciban incentivos económicos.

Es después de abandonar los estudios cuando la realidad se presenta amenazadora. “Por supuesto que están estresados”, recuerda el profesor. “Nunca han tenido la posibilidad de encontrar su propio camino. El problema es que hay un momento en el que dejan de decirles qué tienen que hacer”.Delirios de grandeza y depresión son dos de los grandes problemas a los que tienen que enfrentarse. El primero, ocasionado por el hecho de que sus padres les hayan dicho que son los mejores y los más listos desde su infancia, un refuerzo positivo que desaparece en el momento en que se dan cuenta de que, como decía David McCullough, no son especiales. Han dejado de medir su valía de forma realista, lo que provoca que su autoestima se desmorone a la primera de cambio.

Wall Street se dio cuenta de que las facultades están produciendo licenciados muy listos y completamente centrados en el trabajo, que no tienen ni idea de lo que quieren

Irónicamente, las personas que tendrían la posibilidad de hacer todo lo que quisieran, terminan siguiendo carreras muy similares. Que son justo aquellas en las que son necesarios trabajadores y líderes que sigan caminos preestablecidos, que se muevan únicamente por las ansias de dinero, estatus e influencia, y que no cuestionen el estado de las cosas. Es el caso de la bolsa americana. Como señala una cita del periodista de Newseek Ezra Klein que reproduce Deresiewicz, “Wall Street se dio cuenta de que las facultades están produciendo una gran cantidad de licenciados muy listos y completamente centrados en el trabajo, que tienen una gran resistencia mental, una buena ética de trabajo y ni idea de lo que quieren”.
En última instancia, recuerda el autor, se trata de lucha de clases. Pero no entre las clases bajas y las altas, sino entre los diversos escalones de las élites, a los que cualquier otro camino les parece una excentricidad.

Como recuerda el periodista, el número de estudiantes de la mitad menos rica de la sociedad se ha reducido en la educación de élite desde el 46% de 1985 al 15% actual. Y como explicaba el fundador del Proyecto Minerva Ben Nelson, los habituales métodos de selección de los estudiantes de las universidades de élite no hacen nada más que dar preferencia a los más ricos, puesto que ellos son los que tienen el dinero para contratar a los mejores profesores y enrolar a sus hijos en las clases de música, fútbol americano, matemáticas, francés, béisbol, viajes al extranjero, economía y literatura que necesitan para garantizarse su puesto en la élite. 

Reseña New York Times
 
EXCELLENT SHEEP The Miseducation of the American Elite and the Way to a Meaningful Life  By William Deresiewicz
The Lower Ambitions of Higher Education ‘Excellent Sheep,’ William Deresiewicz’s Manifesto
 
NYT. By DWIGHT GARNERAUG. 12, 2014 Are you a HYPSter? That’s William Deresiewicz’s term, in his new book, for Harvard, Yale, Princeton and Stanford, though it seems more idiomatic to apply that acronym to these schools’ graduates. With HYPSters, and with the recent graduates of the tier of elite American colleges a rung or two below them, he is unimpressed.
Far too many are going into the same professions, notably finance or consulting. He detects a lack of curiosity, of interesting rebellion, of moral courage, of passionate weirdness. We’ve spawned a generation of polite, striving, praise-addicted, grade-grubbing nonentities — a legion of, as his title puts it, “Excellent Sheep.”
Books like this one, volumes that probe the sick soul of American higher education, come and go, more than a few of them hitting the long tail of the best-seller lists. As a class of books, they’re almost permanently interesting, at least if you work in or around education, or if you, like me, have kids who are starting to freak out about their SATs.
“Excellent Sheep” is likely to make more of a lasting mark than many of these books, for three reasons. One, Mr. Deresiewicz spent 24 years in the Ivy League, graduating from Columbia and teaching for a decade at Yale. (Yale denied him tenure, leading some to shrug this book off as sour grapes.) He brings the gory details.
Two, the author is a striker, to put it in soccer terms. He’s a vivid writer, a literary critic whose headers tend to land in the back corner of the net. Three, his indictment arrives on wheels: He takes aim at just about the entirety of upper-middle-class life in America.
 
When I say that Mr. Deresiewicz brings the gory details, I mean that he delivers tidy scenes like an account of sitting on Yale’s admissions committee in 2008. The particulars of this experience will make parents break out in a prickly rash. I am still recovering.
 
Only five or six extracurricular activities? Those are slacker numbers. Does the applicant have “good rig” (academic rigor)? What about “top checks” (highest check marks in every conceivable category)? Is he or she “pointy” (insanely great at one thing)? How are his or her “PQs” (personal qualities)? Or is your child, as one committee member said of an applicant, “pretty much in the middle of the fairway”?
Mr. Deresiewicz spends a long time considering college admissions because a vast number of crimes, he suggests, are committed in its name. We’ve created kids who throughout their high school years are unable to do anything they can’t put on a résumé. They’re blinkered overachievers.

Once they’re in college, they don’t know what to do with themselves, so they jump through the only hoop that’s bathed in a spotlight: finance. He argues that many miss truer and more satisfying callings.

He notes that at many of the Top 10 liberal arts colleges — “places that are supposed to be about a different sort of education” — economics is the most popular major. In 2010, he writes, about half of all Harvard graduates had jobs lined up in finance or consulting.

Little of what Mr. Deresiewicz has to say is entirely new. Ezra Pound got there first, 80 years ago, with the metaphor that supplies this book with its title. Real education must be limited to those who insist on knowing, Pound said in his book “ABC of Reading.” “The rest is merely sheepherding.”

But the author consistently peels off in interesting directions. He speaks directly to students, giving this advice, for example, about cracking the mold while at college: “Don’t talk to your parents more than once a week, or even better, once a month. Don’t tell them about your grades on papers or tests, or anything else about how you’re doing during the term.” He concludes this litany this way: “Make it clear to them that this is your experience, not theirs.”  Note to my children: This is excellent advice. If you take it, I will kill you.)

He observes how Jewish kids like Norman Mailer, Saul Bellow, Susan Sontag, Woody Allen and Philip Roth were socialized academically and otherwise into American culture and “went on to take possession of it.” He has similar hopes for Asian and Latino kids. “Telling them to stick to medicine or finance is just another way,” he says, “of keeping those communities down.”

I had problems with “Excellent Sheep.” Even at 245 pages, it feels padded, especially with quotations from a thousand sources. I didn’t skim pages, but I wanted to. It gets self-helpy. (“The only real grade is this: how well you’ve lived your life.”) Mr. Deresiewicz is a hammering writer, one who could have taken advice from, say, Robert Hughes in his “Culture of Complaint” about nailing your points with saving wit.

There is also a “damned if you do, damned if you don’t” quality at work. Even those who would sign on for two years with an organization like Teach for America he finds suspect. “You swoop down and rescue” the unfortunate “with your awesome wisdom and virtue,” he intones. “You do acknowledge their existence, but in a fashion that maintains your sense of superiority — indeed, that reinforces it.” This is tarring with a very fat roller indeed.

But Mr. Deresiewicz is rarely dull. He takes aim at smug, macchiatoed lives. “We can start all the organic farms we want, but we couldn’t stop Congress from declaring pizza sauce a vegetable.” Obsessing about the bad behavior of the “1 percent,” he argues, is a way for the rest of the elite to “let themselves off the hook” about their way of being in the world.

“Excellent Sheep” is the sort of book that, by its nature, floats better questions than answers. It reminds you that, as Emerson said, sometimes a scream is better than a thesis. But Mr. Deresiewicz does propose things like smaller classes, teachers who are more committed to their students than to their research and basing affirmative action on class rather than on race.

At its best, Mr. Deresiewicz’s book is packed full of what he wants more of in American life: passionate weirdness. From his revival tent, he hollers: Reformed HYPSters, unite.