Ciudadanía: El desacato civil y el síndrome del médico que fuma

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Correo 05 06 2020 Entender el desacato ciudadano

Para miles, el impulso le gana al conocimiento y a la razón. No hablo solo de desacatar la invocación presidencial que viene con ese desgastado slogan “yo me quedo en casa” (que es una ilustración diaria de lo poco que se le hace caso al gobierno), sino de la falta de cuidado personal de aquellos que salen. Ya no solo están desacatando una norma autoritaria que transmitida con uniformes militares lleva a la rebeldía de quienes no confían en la competencia e idoneidad de las autoridades. Están poniendo en riesgo sus propias vidas y las de los demás, como si la información disponible no permeara su consciencia.

Me hace pensar en el médico que fuma. Es de suponer que no hay médico que no sepa que fumar hace daño, que eso pone en riesgo su vida. Es de suponer además que sabe que la obesidad y alta presión arterial son poderosos agresores de la salud. Sin embargo,   posiblemente el porcentaje de médicos obesos y/o que fuman no esté tan lejos del de la población que no se cuida bien frente al coronavirus. Podríamos hablar también de quienes quizá no ponen en riesgo su vida pero sí su libertad, como la de los jueces que infringen la ley, los presidentes, ministros, alcaldes, funcionarios y policías que contratan ficticia o fraudulentamente o se dejan sobornar, los narcotraficantes, lavajatos y delincuentes en general que arriesgan su vida y libertad en cada acción… todos saben que les puede ir mal, pero aún así lo hacen…   

¿Por qué tendríamos que esperar de la población una conducta distinta a la que es habitual en tantos encumbrados funcionarios y profesionales? A juzgar de las encuestas que hablan de la cantidad de gente que dice haber sufrido o presenciado un delito o acto de corrupción, esa cantidad de trasgresores no está muy lejos de la cantidad de gente que no cuida su vida al infringir las normas de cuidado e higiene personal. 

Visto así, el problema no está en el desacato a la norma sino en la falta de consistencia entre el conocimiento que uno tiene de las cosas riesgosas y la conducta personal y social, que en el caso peruano es notable. Los psicólogos sociales y sociólogos que estudian la conducta humana seguramente tienen diversas explicaciones, pero la mía viene desde el lado de la educación. Cuando una persona aprende desde pequeña a hacer las cosas porque otros se lo   exigen (bajo pena de castigo físico, quitar las salidas o propinas, bajar las notas, expulsar del colegio, quitarle el amor o el habla), conforme va creciendo va perdiendo el temor a las  amenazas y castigos que vienen del otro, por lo que el desacato directo o indirecto se vuelve común. Son esos estudiantes “santitos” en los días escolares que se desbandan en las noches o los fines de semana. Todo eso, porque las normas no fueron aprendidas por convicción sino  por imposición. Porque los reglamentos sustituyeron a la disciplina positiva y recuperativa, porque el miedo a la sanción sustituyó a la razón, porque el sálvese quien pueda (mintiendo, delatando) venció al bienestar colectivo, porque las discusiones éticas giraban en torno a supuestos librescos en vez de la confrontación con situaciones de la vida real que estaban ausentes de la escuela. Cada vez que uno le impone al alumno una conducta, está perdiendo la oportunidad de que éste la aprenda y se convenza de su conveniencia. 

Si aceptamos la idea de que lo que uno aprende en casa y en la escuela deja huellas para toda la vida, podríamos deducir en términos generales que la conducta censurable de los adultos de hoy que mencionamos en este texto se sostiene en el andamio ético, cognitivo y social que se construyó en su infancia y adolescencia. Siendo así, podríamos aspirar a la inversa. Es decir, crear las condiciones en la escuela de hoy para que los egresados conformen la sociedad de mañana que nos haga sentir satisfechos con su desempeño. 

En buena cuenta, ese es el reto y misión de los educadores. Pero esa transformación no va a ocurrir en la escuela autoritaria, reglamentarista, jerarquizadora, que se preocupa de los “buenos” (que acatan) y es indiferente o condena a los “malos” (que desacatan). Tampoco en  esa escuela que forma alumnos castigo-dependientes, en la que el miedo a la represión o la sobreprotección de los padres pesa más que la construcción de la  autonomía, responsabilidad personal y desarrollo ético de los estudiantes. 

Creo que este es un buen momento para que la sociedad peruana se mire en el espejo, bajo el liderazgo autocrítico de sus gobernantes, para preguntarse cómo podrían acelerar el cambio y hacer lo necesario para heredarle a quienes les sigan un ambiente nacional más constructor de las convicciones en el bien común. Para ese fin, la escuela empoderada es un activo estratégico. No dejemos que en este contexto crucial la escuela se debilite, desprestigie y se fracture su confianza y esperanza en quienes conducen el sector, que se ve afectada cada vez que se le exige a los directores y profesores más y más llenado de documentos y evidencias de su trabajo condicionando su continuidad o remuneración a dicha entrega. 

El Perú tiene una enorme reserva de experiencias y energías creativas en los nidos y colegios. Quizá este contexto maligno que nos ha tocado vivir esté creando precisamente la oportunidad para apostar por las fortalezas de las familias y educadores, y girar hacia un enfoque dominado por la confianza en la capacidad creadora de las instituciones educativas alentadas a innovar y crear nuevas formas de convivencia con los padres y estudiantes. Basarse en la confianza en sus capacidades más que en la represión y el agotador e insulso llenado de documentos y protocolos que cada vez consumen más tiempo y energía de los directores y profesores con lo que los alejan de los padres y alumnos. 

Si queremos que menos médicos fumen o descuiden su peso y presión arterial, menos profesionales sean inconsistentes con los valores que dan sustento a la profesión y más profesores entreguen toda su energía vital al servicio de sus alumnos, dejemos de lado el lenguaje autoritario constantemente represivo y los procedimientos burocráticos engorrosos y  abracemos una comunicación más  inclusiva, convocante a la confianza mutua y a la capacidad ética de cada uno en el ejercicio de su ciudadanía. En suma, cambiemos el slogan “quédate en casa” (porque yo te lo ordeno) por el de “confío en tu responsabilidad” (porque tú eres un ciudadano consciente).   

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