En plena clase sobre alimentos nutritivos, un niño le pide a la profesora que le explique el origen del chocolate y sus efectos en el organismo. De pronto, la profesora siente que «se le queda la mente en blanco» y se paraliza por unos segundos. No se le ocurre nada. Se siente descolocada, pese a que es una profesora experimentada, con gran capacidad de reaccionar frente a las inquietudes de los alumnos, incluyendo la capacidad de decirles: «La verdad es que no lo sé, ¿qué tal si lo investigamos juntos?». Esta profesora sabía que algo andaba mal y que no debía dejarlo pasar, así que fue a conversar con la psicóloga del colegio sobre lo sucedido.

Esta última, con mucho tino, ayudó a la profesora a deshacer ese nudo. Era una persona que desde pequeña tuvo problemas con el peso, una gran afición por los chocolates y que, en ese momento, estaba a dieta porque quería llegar a su figura ideal para su próximo matrimonio. La mención «a quemarropa» de los chocolates desencadenó en ella un sinfín de emociones, evocaciones y asociaciones que la desbordaron.

Este es solo uno de los cientos de episodios cotidianos que les ocurren a los profesores frente a actitudes, conductas, desafíos y dificultades de los alumnos o de los colegas, que se conectan con las emociones, evocaciones y asociaciones de la propia profesora respecto de su historia de vida personal. Por ejemplo, un alumno desafiante que se parece al hijo desafiante de la profesora; una niña con problemas en matemáticas que le recuerdan a los que ella misma tuvo en el colegio; un niño agresor que le recuerda su rol como agredida en su momento; o tener un director autoritario que se parece al padre distante y autoritario que tuvo. Y así sucesivamente. Sin duda alguna, no hay posibilidad de una relación neutra de la profesora con sus alumnos. En cada vínculo que se establece hay una parte que corresponde al niño o la niña, pero otra igualmente importante que proviene de la historia personal de la profesora. Siendo así, ¿no es fundamental prestarle atención a la salud mental de los profesores y a sus necesidades emocionales? ¿No habría que dotarlos de espacios de apoyo y, eventualmente, de terapia psicológica para que puedan ser profesoras suficientemente buenas para sus alumnos? ¿En cuál de las agendas de los ministerios de educación se ha puesto alguna vez atención a este tipo de necesidades de los docentes?

Es hora de entender que, si la «buena educación» depende del vínculo emocional, constructivo y creativo entre profesores y alumnos —con profesores dispuestos a escuchar, dar contención y apoyo al alumnado en su sentido más amplio—, entonces prestar atención a estas dimensiones de la salud mental resulta fundamental.

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El Tiempo, Piura 05 09 2014

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