La historia de Israel parece seguir un patrón tan doloroso como persistente. Desde la Guerra de Independencia (1948-49), pasando por las guerras de 1956, 1967, 1973 y 1982, las dos Intifadas, los enfrentamientos con Hezbollah, Hamas y ahora Irán, emerge una constante difícil de ignorar: aproximadamente cada cinco a diez años el país enfrenta una guerra, una escalada regional o una convulsión interna que exige una movilización nacional de enorme magnitud. Cambian los enemigos, las tecnologías y los gobiernos, pero el ciclo se repite. Terminada cada guerra, Israel celebra sus éxitos militares —que van de la mano con derrotas mediáticas—, mientras sus adversarios extraen lecciones para la siguiente confrontación. Quizás haya llegado el momento de que también los judíos identificados con el destino de Israel hagan ese mismo ejercicio de introspección, autocrítica y aprendizaje a partir de esas experiencias.

Las guerras se pueden ganar también en la opinión pública. Israel suele imponerse militarmente, pero con demasiada frecuencia perder la batalla comunicacional. Las principales agencias noticiosas y medios de prensa de EE.UU. y Europa tienen una postura desfavorable hacia Israel y su cobertura resulta predecible. Mientras sus adversarios han perfeccionado sus aparatos de influencia y propaganda, Israel continúa confiando en que su verdad se venderá por sí sola y reacciona tarde en vez de anticiparse. La imagen internacional de Israel no puede construirse únicamente cuando estalla una guerra. Debe fortalecerse permanentemente mostrando la riqueza científica, tecnológica, cultural, democrática y humana de su sociedad. Esa tarea corresponde tanto al Estado de Israel como a las comunidades judías del mundo, cuyos voceros brillan por su ausencia o, en muchos casos, por su escaso conocimiento de la historia y falta de capacidad de comunicación.

La superioridad militar no garantiza la victoria estratégica. La historia de David y Goliat enseña que el ingenio puede derrotar a la fuerza. Pero también recuerda que Goliat, muchas veces, vence a David. La reciente guerra mostró que Irán aprendió a combinar capacidades militares, económicas, diplomáticas y comunicacionales, generando en muchos israelíes y observadores internacionales la sensación de una victoria iraní y una derrota israelí. En el plano político y diplomático, Israel pasó de ser visto por muchos como el gran ganador a ser percibido como el gran perdedor, en parte por su dependencia de los intereses electorales y económicos de Estados Unidos en relación con Irán, que emergió con logros importantes para sus intereses futuros.

La unidad nacional es un componente de la seguridad. Un país profundamente dividido enfrenta cualquier amenaza externa en condiciones menos favorables. La cohesión interna constituye un activo estratégico tan valioso como los sistemas de defensa. Además, un país dividido se ve obligado a tomar decisiones simultáneas para responder tanto al frente externo como al interno, en lugar de concentrar todos sus esfuerzos en enfrentar la amenaza externa.

Los aliados también votan. La reciente negociación entre Estados Unidos e Irán recordó una verdad incómoda: las decisiones estratégicas de los aliados nunca dependen exclusivamente de las necesidades de Israel, sino también de sus propios intereses nacionales. Cuando comenzó esta guerra, numerosos analistas advertían que el mes de junio constituía un límite político para la administración norteamericana. La prolongación del conflicto amenazaba con elevar el precio del petróleo, incrementar el gasto militar, deteriorar las cuentas fiscales y afectar el clima previo a las elecciones legislativas de medio término. Del mismo modo, las decisiones del gobierno israelí tampoco pueden separarse de sus propios tiempos políticos, de las necesidades de supervivencia política y amparo judicial del Primer Ministro. La geopolítica también está condicionada por los calendarios electorales.

La democracia, por sí sola, ya no asegura ventajas diplomáticas. Durante décadas Israel confió en que compartir valores democráticos con Occidente constituía un activo estratégico altamente valorado del que Israel era el abanderado en el Medio Oriente. Hoy la realidad muestra que muchos países priorizan intereses económicos, tecnológicos y geopolíticos por encima de afinidades ideológicas y valores democráticos, que por lo demás se usan para criticar a Israel.

El destino de Israel y el de gran parte del pueblo judío siguen entrelazados. La guerra también recordó que, nos guste o no, para buena parte del mundo Israel y el pueblo judío siguen formando una misma realidad política y simbólica. Cada conflicto vuelve a poner de manifiesto una realidad incómoda: para millones de personas en el mundo, las acciones del Estado de Israel y la identidad judía siguen siendo indisolubles en la percepción pública. Los episodios de violencia en Medio Oriente suelen ir acompañados de un aumento de ataques antisemitas, agresiones contra instituciones judías y hostilidad hacia comunidades que no participan de las decisiones del gobierno israelí.

Esta realidad obliga a asumir que, les guste o no, Israel y las comunidades judías comparten una responsabilidad mutua. Israel no puede ignorar el impacto internacional de sus decisiones sobre la seguridad y la imagen de la diáspora. Del mismo modo, las comunidades judías no pueden limitar su relación con Israel a los momentos de crisis. Mantener un diálogo permanente, fortalecer los vínculos y trabajar conjuntamente en la construcción de una imagen más amplia, compleja y humana de Israel debería formar parte de la agenda continua de ambos.

La principal lección quizá sea aceptar que esta probablemente no será la última guerra. La experiencia histórica sugiere que cada cierto número de años volverá a aparecer un nuevo desafío. Precisamente por eso, los períodos de calma deberían aprovecharse para fortalecer la cohesión nacional, consolidar alianzas, mejorar la imagen internacional y prepararse para el siguiente desafío.

Israel seguirá necesitando una capacidad militar disuasiva, que ha demostrado ser un activo estratégico indispensable. Pero también necesitará inteligencia diplomática, capacidad de replantear estrategias geopolíticas y una política permanente de comunicación estratégica. En el siglo XXI ya no basta con ganar la guerra: también hay que ganar el relato, preservar la legitimidad y construir admiración duradera. Sólo así las próximas victorias militares podrán convertirse también en victorias políticas, diplomáticas y de legitimidad internacional.