El 7 de octubre de 2023 no creó un mundo nuevo. Nos obligó a ver con claridad que muchas de las certezas sobre las que Israel y las comunidades judías habían construido su seguridad, identidad y futuro estaban dejando de funcionar.

Antes del 7 de octubre, Israel confiaba en su superioridad militar, tecnológica y de inteligencia. Los Acuerdos de Abraham alimentaban expectativas de integración regional. Las comunidades judías de la diáspora confiaban en que su inserción en sociedades democráticas y la memoria del Holocausto constituían firmes barreras contra el antisemitismo.

Después, esas certezas quedaron cuestionadas. La superioridad militar israelí no pudo impedir la masacre perpetrada por Hamas. La tecnología no garantizó la seguridad y quedó cuestionada la premisa de que era posible retirarse de territorios y reducir el tamaño del ejército sin aumentar los riesgos. La realidad mostró que se necesita mantener presencia en los territorios hostiles y tener un ejército cada vez más grande para lidiar con los múltiples frentes y amenazas. Las alianzas internacionales demostraron responder a intereses cambiantes, sin garantías de lealtad permanente. El antisemitismo recrudeció en universidades, calles y redes sociales. Incluso en sociedades consideradas tolerantes, comenzó a desdibujarse la distinción entre ser israelí y ser judío.

Israel descubrió que su fortaleza no elimina su vulnerabilidad. La dificultad de sectores del mundo democrático, incluidas nuevas generaciones estadounidenses, para condenar inequívocamente las atrocidades de Hamas reavivó la sensación histórica de que «el mundo no nos quiere». Las comunidades judías comprobaron que la integración tampoco garantiza aceptación.

Este desconcierto también se expresó en las elecciones israelíes del 27 de octubre de 2026. El bloque de Netanyahu no alcanzó la mayoría parlamentaria, pero la oposición encabezada por Gadi Eisenkot tampoco consiguió una mayoría propia. Los partidos árabes emergieron como claves en la formación del próximo gobierno, junto con la alternativa de armar una coalición de unidad nacional o de convocar a nuevas elecciones.

Más que una competencia entre partidos, estas elecciones expresan un debate de fondo sobre el rumbo que debe tomar Israel después de la mayor fractura de su seguridad nacional en décadas. El resultado revela una sociedad que exige seguridad, pero también reclama respuestas sobre las responsabilidades por el 7 de octubre, el  reclutamiento de los ultraortodoxos, la independencia judicial y el futuro democrático del país.

Israel enfrenta ahora una pregunta histórica diferente. En 1948 debía demostrar que podía sobrevivir. En 2026 debe decidir qué clase de potencia y sociedad quiere ser. ¿Podrá la sociedad transformar su política o terminará la política fracturando a la sociedad? Eso es lo que se juega en la conformación del próximo gobierno, cuyas decisiones podrían marcar el rumbo del país durante muchos años. El futuro de Israel no dependerá solamente de su capacidad para derrotar enemigos, sino también de su capacidad para construir una sociedad en la que sus ciudadanos quieran vivir y sus vecinos puedan encontrar razones para convivir.

Para el mundo judío, el desafío trasciende las elecciones. ¿Cómo responder a la vulnerabilidad? ¿Con más miedo, aislamiento y desconfianza? ¿O reconociendo nuestras heridas sin permitir que el trauma o la rabia determinen nuestras respuestas?

El desafío consiste en transformar esta crisis en una oportunidad para repensar nuestra identidad, nuestra educación y nuestras relaciones con el mundo; fortalecer nuestra pertenencia sin excluir a otros y convertir nuestra experiencia histórica en un compromiso activo con nuestra dignidad y nuestros derechos, pero también con los de los demás.