(Aunque suelo escribir sobre educación, en esta oportunidad abordaré otro tema con el que estoy familiarizado desde hace décadas: la geopolítica y el Medio Oriente).

Hay fechas que cambian la historia y otras que permiten descubrir que la historia ya había cambiado sin que nos hubiéramos dado cuenta. Quizá el 7 de octubre del 2023 pertenezca a esta segunda categoría.

El ataque de Hamás contra Israel, que dejó alrededor de 1200 personas brutalmente asesinadas y 251 secuestrados, y la respuesta militar israelí que desencadenó la guerra que siguió en Gaza, generaron una conmoción cuyos efectos excedieron ampliamente a israelíes y palestinos. Tres años después, Medio Oriente es distinto, pero también lo es el mundo y no porque todo lo ocurrido desde entonces sea consecuencia del 7 de octubre.

Sería absurdo atribuirle la guerra de Ucrania, la competencia entre Estados Unidos y China, el auge de la inteligencia artificial o la turbulencia política de las democracias occidentales. Lo interesante es otra cosa: el 7 de octubre funcionó como una radiografía que permitió ver con extraordinaria nitidez una serie de certezas que ya estaban resquebrajándose.

La primera era creer que una gran potencia militar puede imponer fácilmente su voluntad sobre un adversario mucho más débil. Puede destruir infraestructura, controlar el espacio aéreo, lanzar miles de misiles o eliminar dirigentes enemigos, pero transformar esa superioridad militar en un resultado político estable es otra historia. Ucrania frente a Rusia, Israel frente a sus enemigos regionales y las experiencias estadounidenses de las últimas décadas muestran que la capacidad de destruir no equivale necesariamente a la capacidad de gobernar lo que viene después.

Eso obliga incluso a potencias militares a actuar con cautela. La disuasión, los drones, los misiles de precisión, las guerrillas, las redes clandestinas y la capacidad de infligir costos enormes han reducido la distancia práctica entre el fuerte y el débil.

También cayó otra presunción, la de que las guerras regionales podían mantenerse regionales.

La confrontación entre Israel e Irán había funcionado durante décadas mediante intermediarios. Hezbollah, Hamás, milicias iraquíes, grupos en Siria y los hutíes, conformaban distintos componentes de la así llamada «resistencia» apoyada por Teherán. Sin embargo, desde 2024 Israel e Irán pasaron por primera vez a intercambiar ataques directos y el conflicto evolucionó hacia enfrentamientos abiertos entre Estados. Al mismo tiempo, Hezbollah fue considerablemente debilitado durante la campaña israelí de 2024 y la caída del régimen de Bashar al-Assad modificó otro componente importante del tablero. Es decir, también se debilitó la certeza de que Irán podía proyectar poder regional fundamentalmente mediante terceros, manteniendo relativamente protegido a su propio territorio.

Otra convicción era que la globalización económica hacía a los países tan interdependientes que terminaría moderando los conflictos. Hoy estamos aprendiendo casi lo contrario. La interdependencia no desapareció: se convirtió también en arma.

Aranceles, sanciones, semiconductores, minerales críticos, cadenas logísticas y controles de exportación forman parte del arsenal estratégico. En octubre de 2026, Francia y Alemania propusieron incluso un mecanismo europeo de respuesta rápida precisamente porque consideran que el comercio está siendo utilizado cada vez más como instrumento de presión geopolítica. Estados Unidos y China compiten no solamente por territorios o influencia diplomática, sino por chips, inteligencia artificial, datos, energía, baterías y capacidad industrial.

El petróleo tampoco dejó de importar. Por el estrecho de Hormuz circularon todavía unos 20.9 millones de barriles diarios durante el primer semestre de 2025, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. Los oleoductos existentes de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos podrían desviar solo una fracción de ese volumen.

Y los ataques hutíes demostraron lo que puede hacer un actor comparativamente pequeño sobre un punto estratégico: en 2024 los flujos petroleros por Bab el-Mandeb se redujeron drásticamente mientras numerosos buques desviaban sus rutas hacia el cabo de Buena Esperanza. La geografía, que algunos creyeron superada por la globalización, regresó con fuerza.

También está cambiando nuestra idea de qué significa tener el ejército más poderoso. Durante buena parte del siglo XX contábamos portaaviones, aviones, tanques y misiles. Todo eso sigue importando, pero hoy debemos agregar satélites, drones de pocos miles de dólares capaces de destruir equipos de millones, guerra electrónica, ciberataques, sensores, capacidad de procesamiento de datos e inteligencia artificial.

La propia estrategia digital de la OTAN coloca la IA, la fusión de información proveniente de múltiples sensores y la reducción del tiempo entre detectar, decidir y actuar en el centro de la guerra contemporánea. Quizá la pregunta militar del futuro no sea solamente quién tiene más armas, sino quién ve primero, comprende primero y decide primero.

Otra certeza en revisión es la de las alianzas permanentes. Estados Unidos continúa siendo el actor militar central de la OTAN, pero Europa está aumentando aceleradamente su gasto y preparándose para asumir una proporción mayor de su propia defensa. La propia alianza reconoce ese desplazamiento de responsabilidades. No significa el final de la OTAN. Significa que Europa ya no puede organizar toda su seguridad suponiendo que el compromiso estadounidense tendrá siempre exactamente la misma intensidad y las mismas prioridades.

Algo parecido ocurre con otra imagen profundamente arraigada: Estados Unidos como referencia prácticamente indiscutida de la democracia liberal. Sigue siendo una democracia con instituciones, elecciones competitivas, tribunales y contrapesos. Pero las disputas actuales sobre los límites del poder presidencial, inmigración, universidades y competencias entre Ejecutivo, Congreso y tribunales muestran hasta qué punto ese modelo también atraviesa tensiones internas. Numerosas decisiones de la administración Trump están siendo discutidas precisamente en tribunales para determinar hasta dónde alcanzan las facultades presidenciales.

Pero quizá aquí aparece una de las transformaciones más profundas. Ya casi no existe una frontera clara entre política exterior y política interior. Gaza entra en las universidades estadounidenses y europeas. La judeofobia, la islamofobia, las protestas propalestinas, los ataques a sinagogas, la inmigración (especialmente la proveniente de países no europeos)  y las identidades nacionales entran en campañas electorales, parlamentos y tribunales.

Y por eso quizá el gran cambio no sea que una nueva regla haya reemplazado a la anterior. Es algo más desconcertante. Estamos entrando en un mundo en el que varias reglas funcionan simultáneamente y ninguna ofrece garantías.

La fuerza militar sigue contando, pero no asegura la victoria política. La globalización continúa, pero también genera vulnerabilidades. Estados Unidos conserva un poder formidable, pero ya no puede organizar solo el tablero mundial. China crece, pero también tiene dependencias que cuidar. Rusia puede desafiar a Europa, pero paga costos enormes por hacerlo. Los actores pequeños pueden alterar rutas comerciales globales. Las disputas diplomáticas en el Medio Oriente van por cuerdas separadas y hasta contradictorias respecto de las alianzas de facto contra Irán. La tecnología democratiza capacidades que antes pertenecían exclusivamente a los Estados. Las alianzas clásicas permanecen, pero se vuelven más transaccionales y multilaterales. Y lo que ocurre afuera de cada país modifica inmediatamente la política de adentro.

El 7 de octubre del 2023 no creó este nuevo mundo. Ocurrió cuando el viejo mundo estaba dejando de funcionar. Quizá por eso, cuando los historiadores miren hacia atrás, no recordarán aquella fecha solamente por el ataque de Hamás, la tragedia israelí, su enérgica respuesta militar en Gaza y la reacción del mundo. Tal vez la recuerden también como uno de esos momentos en los que una crisis regional iluminó súbitamente una transformación mucho mayor.

Un momento en el que descubrimos que muchas de las certezas con las que habíamos interpretado el poder desde el final de la Guerra Fría… ya no alcanzaban para explicar lo que estaba ocurriendo. Habíamos entrado, casi sin advertirlo, en un mundo sin guion y sin certezas.

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