Como educador apasionado por mi carrera, rodeado de tantos más igualmente apasionados, debo aconsejar a los egresados escolares de hoy que tengan mucho cuidado al elegir estudiar la carrera de educación, porque si alguien cree que estudiar la carrera de educación es un acto de nobleza que será recompensado por la gratitud social, está cometiendo un error trágico. Como educador que ha visto cómo el sistema devora a los idealistas, me niego a endulzar el diagnóstico. No se trata de desalentar, sino de advertir con crudeza: meterse a estudiar educación hoy, sin entender el terreno que pisan, puede ser una condena a la frustración, la precariedad y el desgaste continuo.

El mercado laboral docente no solo está saturado; se ha convertido en una trituradora de expectativas. Quienes ingresan a las facultades movidos por un supuesto «espíritu de servicio» suelen despertar, conforme conocen el mercado laboral docente, con la certeza de que la vocación no paga las cuentas ni protege del caos institucional.

Sobran instituciones que, por alinearse a las leyes y regulaciones ministeriales, forman maestros que no calzan con las necesidades y condiciones educativas de estos tiempos, lo que los hace trabajar en un sistema que los recibe con sueldos de sobrevivencia y una burocracia asfixiante. Los gobiernos regionales y el Minedu han convertido el acceso a una plaza en un calvario de concursos interminables, plazas que se disputan como si fueran limosnas y una interinidad que dura años. El joven que entra ilusionado termina siendo un nómada de colegios, renovando contratos cada año, sin poder planificar su vida. Y el sector privado, aunque con algunas mayores prerrogativas contractuales, está sometido a las mismas rígidas reglas de juego curriculares y pedagógicas estatales que intoxican la actividad docente en los colegios públicos.

A esto se suma un factor que pocos mencionan: la criminalización y judicialización de la actividad educadora. El docente peruano ya no solo enseña; sobrevive en un campo minado. Cualquier incidente con un alumno o un padre puede escalar a denuncia penal o administrativa. La autoridad pedagógica ha sido reemplazada por el temor. Hoy, el maestro piensa dos veces antes de corregir o inclusive aconsejar, porque sabe que su palabra puede ser fácilmente distorsionada o descontextualizada y que, ante un conflicto, el sistema lo dejará solo y desprotegido. La autoridad educativa local no defiende ni aboga por la opción más educadora; investiga y sanciona, tendiendo a complacer a los denunciantes. Muchos padres no dialogan para buscar soluciones colaborativas; denuncian para imponer su voluntad. Pocos entienden que eso abona en favor de la vulnerabilidad y fragilidad de sus hijos, que se educan sin la capacidad de enfrentar los problemas que ellos originan.

Y mientras tanto, la burocracia devora. El docente pasa más tiempo llenando formatos, protocolos, subiendo evidencias al aplicativo de turno y justificando su existencia ante el sistema, que preparando clases o conversando con sus alumnos. El Minedu ha logrado lo impensable: convertir una profesión de vocación pedagógica en un oficio administrativo, donde lo importante no es enseñar bien, sino demostrar burocráticamente que se está cumpliendo con las normas administrativas.

¿Esto significa que nadie debería estudiar Educación? No. Pero el que lo haga debe saber a qué se enfrenta. Si decide entrar, porque realmente le apasiona, que no sea por idealismo romántico, sino con una estrategia clara. Elegir especializaciones con demanda real presente y futura, procurar dobles especializaciones que le abran el abanico laboral, desarrollar competencias digitales que lo hagan indispensable y entender que la formación inicial no lo salvará; lo hará su capacidad de adaptarse, de hacer contactos y de sortear las trampas del sistema.

El gran problema no es que la sociedad no valore al maestro. Es que el propio sistema educativo está diseñado para maltratarlo y ningunearlo como profesional. Mientras la política educativa siga viendo al docente como un ejecutor de directrices y no como un profesional con criterio, mientras la carrera pública no ofrezca estabilidad ni crecimiento real, y mientras el maestro sea señalado como el principal responsable de los fracasos del sistema, estudiar Educación seguirá siendo, para muchos, una trampa disfrazada de vocación.

Si queremos jóvenes brillantes en las aulas, dejemos de pedirles sacrificio. Empecemos por exigir un sistema que los valore y los aliente, en vez de frustrarlos y destruirlos.

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