El Día del Maestro, que conmemoramos este lunes 6 de julio, es una buena oportunidad para reflexionar sobre lo que significa ser maestro en una época en la que el pensamiento crítico se considera una competencia esencial para afrontar los desafíos científicos, tecnológicos y sociales de nuestro tiempo. Quizá por eso una de las mejores lecciones que puede ofrecer un maestro consiste en enseñar que incluso los héroes nacionales deben resistir el examen de la evidencia histórica.

Me pregunté cómo podrían los maestros promover el pensamiento crítico de sus alumnos a propósito del 250.º aniversario de la independencia de Estados Unidos, de la proclamación de la primera mujer elegida presidenta del Perú y de la conmemoración de nuestra propia independencia. Se me ocurrió que una buena forma sería invitarlos a confrontar los mitos con las realidades de las figuras fundacionales de nuestras repúblicas. Ese ejercicio revela que la historia suele ser bastante más compleja que las versiones simplificadas que aprendemos en la escuela.

El pensamiento crítico comienza cuando confrontamos lo que creemos saber con la evidencia. La Constitución establece un mandato presidencial de cinco años. Sin embargo, desde la primera presidencia constitucional de 1823, solo 23 mandatarios culminaron el período que les correspondía, mientras que más de cuarenta fueron vacados, derrocados o ejercieron gobiernos transitorios. Esa distancia entre lo que suponemos normal y lo que realmente ocurrió me llevó a preguntarme: si idealizamos tanto a nuestros gobernantes y fundadores, ¿qué nos dice realmente la historia sobre ellos? La respuesta suele ser bastante más compleja que los relatos con los que crecimos.

En Estados Unidos se venera a George Washington como paradigma de la honestidad gracias al famoso cuento del cerezo, según el cual, siendo niño, cortó un cerezo sin permiso y confesó el hecho a su padre. Pero esa historia fue inventada años después de su muerte por Mason Locke Weems, biógrafo y vendedor de Biblias, para ofrecer a la nueva nación un modelo moral. El verdadero Washington fue un extraordinario conductor militar y político, pero también un importante propietario de esclavos, una realidad que contrastaba con los ideales de igualdad sobre los que se fundó la nueva nación.

Thomas Jefferson escribió una de las frases más inspiradoras de la historia: «Todos los hombres son creados iguales». Sin embargo, mantuvo esclavizadas a centenares de personas. Hoy la evidencia histórica y genética confirma que tuvo varios hijos con Sally Hemings, una mujer esclavizada de su propiedad, hecho que permaneció silenciado durante generaciones para preservar el mito del padre impecable de la libertad.

El séptimo presidente de Estados Unidos, Andrew Jackson, fue celebrado durante décadas como héroe de la democracia estadounidense. Sin embargo, impulsó la expulsión de decenas de miles de indígenas de sus tierras ancestrales en el llamado Camino de las Lágrimas (Trail of Tears), uno de los mayores procesos de despojo territorial de la historia norteamericana.

En el Perú ocurre algo semejante. Túpac Amaru II suele aparecer como precursor directo de la independencia, cuando inicialmente encabezó una rebelión contra los abusos de los corregidores, la mita y la excesiva carga tributaria, sin plantear inicialmente la ruptura con España.

José de San Martín también fue rodeado de relatos idealizados. El famoso sueño de las parihuanas que habría inspirado los colores de la bandera proviene de un cuento de Abraham Valdelomar, no de la evidencia histórica. Del mismo modo, suele afirmarse que liberó a los esclavos, cuando en realidad decretó la libertad de vientres y prohibió la trata de esclavos. La abolición definitiva de la esclavitud recién llegaría, treinta y tres años después, con Ramón Castilla, en 1854.

¿Significa todo esto que debemos derribar a nuestros héroes? Creo que no. Ser maestro significa precisamente lo contrario. Significa enseñar a distinguir entre el símbolo y el personaje histórico; confrontar los mitos con la evidencia; comprender el contexto en el que actuaron sus protagonistas y reconocer que quienes cambian la historia suelen ser extraordinarios y contradictorios al mismo tiempo.

Los mitos no nacieron necesariamente para engañar. Nacieron para transmitir ideales, construir identidad y ofrecer referentes compartidos. Nuestra tarea no consiste en reemplazar la admiración por el cinismo ni la leyenda por el desprecio. Consiste en rescatar de esos relatos las virtudes que inspiraron a generaciones —coraje, libertad, servicio, perseverancia— sin dejar de mirar de frente las contradicciones de quienes las encarnaron. Porque solo quien conoce la historia completa puede admirarla con madurez y aprender verdaderamente de ella.

Quizá esa sea una de las tareas más importantes del maestro del siglo XXI: formar ciudadanos capaces de amar a su país sin renunciar a la verdad; de admirar sin idolatrar; de cuestionar sin destruir; y de comprender que el pensamiento crítico no debilita la identidad de una nación, sino que la fortalece.

Esos son los maestros que el Perú necesita: los que no enseñan qué pensar, sino cómo pensar. Por eso, en este Día del Maestro, mi reconocimiento y admiración para cada uno de los maestros que entienden la educación de ese modo.

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