Perú suele mirarse en el espejo de las grandes potencias deportivas y preguntarse por qué otros países parecen haber encontrado su identidad atlética mientras nosotros seguimos dispersos. Brasil respira fútbol; Jamaica convirtió la velocidad en un símbolo nacional; Kenia y Etiopía hicieron del fondismo una industria cultural; Australia domina el agua; los países nórdicos el hielo y la nieve. No es casualidad: detrás hay decisiones estratégicas, apuestas sostenidas y una comprensión profunda de la propia geografía y cultura.

La pregunta incómoda es inevitable: si el Perú tuviera que poner “todos los huevos en una canasta”, ¿cuál debería ser?
La historia reciente demuestra que el país sí ha tenido destellos. El vóley femenino llegó a una final olímpica y unificó al país frente al televisor; el surf produjo campeones mundiales; el karate entregó medallas continentales; incluso la lucha y otros deportes individuales mostraron talento aislado. Sin embargo, nada se consolidó como identidad nacional permanente. Quizá el problema nunca fue la falta de deportistas, sino la ausencia de una estrategia clara.

Si se piensa en términos fríos —como lo hacen las potencias que mencionamos— el primer escenario a considerar es el de las medallas olímpicas. Allí, el fondismo aparece como una oportunidad gigantesca y poco explotada. El Perú comparte con Kenia o Etiopía una geografía de altura, ciudades enteras donde el entrenamiento aeróbico es natural y una tradición cultural de resistencia física que se remonta a los chasquis. Sin embargo, el talento está disperso y sin un sistema que lo convierta en élite mundial. Apostar por el atletismo de fondo no sería inventar algo nuevo, sino ordenar una ventaja que ya existe.

Otra ventaja menos discutida de apostar por deportes donde realmente podamos alcanzar niveles de excelencia es ofrecerles a los niños y adolescentes un horizonte distinto desde muy temprana edad. Hoy, el imaginario colectivo suele reducir el prestigio deportivo casi exclusivamente al fútbol, a pesar de que, en términos objetivos, el Perú ocupa un lugar modesto dentro del escenario mundial. Diversificar las referencias de éxito —mostrar campeones en surf, atletismo o artes marciales— no solo ampliaría las oportunidades formativas, sino que también aliviaría la presión cultural que empuja a miles de jóvenes hacia una sola disciplina saturada, donde las probabilidades reales de desarrollo internacional son bajas.

Pero las medallas no siempre generan estrellas globales. Si el objetivo fuera construir una imagen internacional fuerte, el surf parece la opción más lógica. Pocos países tienen una costa con olas constantes todo el año y una cultura tabla tan arraigada como la peruana. El surf, además, posee una narrativa visual poderosa, capaz de crear figuras mediáticas que trasciendan el ámbito deportivo. Una estrategia nacional bien enfocada podría convertir al Perú en sinónimo de surf, algo similar a lo que Australia logró con la natación o Jamaica con la velocidad.

El tercer escenario, quizás el más importante a largo plazo, es la masificación. Aquí entran en juego los deportes de combate: karate, judo, taekwondo o lucha. Son disciplinas relativamente económicas, practicables en cualquier región del país y capaces de formar una base amplia de deportistas desde la infancia. Países sin grandes presupuestos han construido prestigio internacional apostando por estos deportes porque no requieren infraestructuras gigantescas, sino continuidad y formación técnica.

Lo interesante es que estos tres caminos no compiten entre sí; se complementan. Una estrategia inteligente podría pensar en el fondismo como fábrica de medallas, el surf como vitrina global y los deportes de combate como base social que alimente el sistema. Esa triada tendría coherencia con la diversidad geográfica del Perú: costa, Andes y ciudades intermedias aportando desde sus propias ventajas.

Tal vez el error histórico ha sido querer destacar en todo al mismo tiempo sin consolidar nada. Las naciones que hoy admiramos no nacieron potencias por azar: eligieron con claridad dónde podían competir sin tener el mayor presupuesto del mundo. El Perú tiene algo que muchos países no poseen: dos ecosistemas deportivos naturales —mar y montaña— capaces de producir identidades distintas y complementarias.

El verdadero desafío no es descubrir el talento, sino decidir qué historia deportiva queremos contar como país. Porque, al final, la pregunta no es si el Perú puede producir estrellas mundiales; la pregunta es si está dispuesto a apostar por una identidad que vaya más allá del entusiasmo momentáneo y se convierta en un proyecto generacional.

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PD: entiendo que hay especialistas en los deportes mucho más solventes que yo. He querido aportar algunas ideas desde mi rol de educador abordando además la paradoja de que uno de los deportes con nivel más mediocre a nivel mundial como lo es el fútbol, es el que despierta más pasión y convocatoria en el Perú, y otros que tienen un potencial de éxito enorme, son tratados con máxima indiferencia.

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