“Todos tenemos un nazi potencial dentro. Depende de nosotros si lo dejamos emerger” es una paráfrasis de lo que está detrás del pensamiento de Imre Kertész, escritor húngaro y Premio Nobel de Literatura (2002), sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, quien advirtió reiteradamente que el Holocausto no fue un evento extraterrestre sino un evento humano, terriblemente humano. Auschwitz no ocurrió porque hubiera monstruos, sino porque personas comunes renunciaron a pensar moralmente.
Le tomó casi 60 años a la ONU tomar nota de eso, lo que explica que recién en 2005 marcara el 27 de enero en su calendario como Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, coincidiendo con el 27 de enero de 1945, cuando el ejército soviético (aliado de entonces) liberó Auschwitz-Birkenau.

El problema es que se recuerdan las cifras, pero se pierde de vista el proceso. Se repiten cifras —seis millones de judíos exterminados— junto con gitanos, personas con discapacidad, opositores políticos, homosexuales y otros grupos perseguidos por ser considerados “diferentes” respecto del estándar racial definido por los nazis.

Lo que no siempre se entiende es que la deshumanización es un proceso, no un decreto. Los genocidios no empiezan con cámaras de gas; empiezan con ideas que se asumen aceptables sin filtro ético ni cívico. Con teorías que jerarquizan personas, con palabras que degradan, con leyes que excluyen, con chistes que normalizan, con silencios que tranquilizan conciencias.

Mucho antes de que llegaran los trenes a Birkenau, hubo décadas de teorías pseudocientíficas, leyes excluyentes, caricaturas en los periódicos y silencios cómplices. El campo de exterminio fue el final de un camino pavimentado con pequeños ladrillos de intolerancia que cada sociedad fabrica y coloca, a veces sin pensar.

De allí que el Holocausto —como otros exterminios de grupos minoritarios— no fue el prólogo o inicio de nada, sino el desenlace.

La memoria útil no es la que se conmueve un día al año. Es la que se pregunta qué discursos normalizamos hoy que deshumanizan sin rubor qué minoría se volvió un estorbo “razonable”, qué burocracia ejecuta sin pensar en las consecuencias, qué escuela enseña historia sin enseñar a detectar el inicio del abuso.

Recordar sirve si educa para anticipar, no solo para llorar. Si nos entrena a desconfiar de los atajos morales, de los líderes que prometen orden a cambio de derechos, de las mayorías que miran al costado porque “no es conmigo”. Sirve si convierte la memoria en criterio, no en ceremonia.

En lo personal, recuerdo el Holocausto porque siento que yo estuve allí. Porque soy cada uno de los muertos y cada uno de los sobrevivientes. El Holocausto no es un capítulo cerrado. Es un manual de advertencias. No asumirlo no nos vuelve neutrales; nos vuelve funcionales a la repetición.

Habrá quienes no lean esta columna porque desde el título prefieren desentenderse.
Habrá quienes la lean y digan “sí, claro… pero”. Y habrá quienes se tomen unos minutos para mirarse sin defensas. Yo lo escribo igual. No para convencer, sino para no ausentarme, porque en temas como este, estar presente también es una decisión ética, ya que cuando uno entiende lo que fue el Holocausto, callar deja de ser un acto inocente y también se vuelve una forma de repetición.

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