Yuval Harari suele preguntar a su audiencia cuál es la verdadera imagen de Jesús. Es una pregunta imposible de responder. Nadie le tomó una fotografía, nadie pintó un retrato en vida y los evangelios ni siquiera describen sus rasgos físicos. Todas las imágenes que conocemos son interpretaciones. Y, en buena medida, algo parecido ocurre con gran parte de la información que consumimos diariamente.

Ese ejemplo sirve para extraer una lección mucho más amplia sobre el pensamiento crítico. No toda la información que recibimos es una fotografía de la realidad. Muchas veces es una reconstrucción hecha por alguien desde su cultura, sus conocimientos, sus intereses o la época que le tocó vivir.

Pensemos en algunas preguntas que dividen a la opinión pública. ¿Qué causa el calentamiento global? ¿Cuál es la mejor forma de gobierno? ¿Cuál es el origen del conflicto árabe-israelí? ¿Tomar una copa de vino hace bien o hace daño? ¿El vapeo es una alternativa saludable al cigarrillo? ¿La medicina homeopática realmente funciona? ¿Quién jugó mejor en el Mundial de Fútbol 2026?

En todos esos casos encontraremos personas absolutamente convencidas de tener la razón. Sin embargo, la calidad de las evidencias que respaldan cada posición no es la misma. Hay temas en los que, dentro de determinados límites, existe un amplio consenso científico hasta la fecha; otros permanecen abiertos al debate; y muchos dependen de factores individuales, históricos o culturales.

El problema comienza cuando confundimos hechos con interpretaciones, evidencia con opinión o, incluso, consenso con unanimidad. También cuando creemos que basta escuchar a una sola fuente —sea un político, un influencer, un periodista, un científico o una inteligencia artificial— para comprender un asunto complejo.

La educación debería entrenar a los estudiantes justamente para lo contrario: buscar diversas fuentes, identificar quién las produce, preguntarse qué evidencias presentan, reconocer los posibles sesgos, distinguir los hechos de las interpretaciones y recién entonces construir un juicio propio. Esta es una de las principales limitaciones de la educación tradicional que procura transmitir “la verdad” a los estudiantes, y hacerles creer que ésta existe no solo al transmitirles información en clase, sino también al habituarlos a responder cual es la “respuesta correcta” en los exámenes, sin espacio a la discusión de diversas opciones.

En una época inundada de información, el pensamiento crítico ya no consiste en memorizar respuestas o señalar la correcta, sino en aprender a formular mejores preguntas. La libertad intelectual no nace de creerle a todo el mundo ni de desconfiar de todos por igual. Nace de desarrollar el criterio para reconocer qué afirmaciones están mejor sustentadas y cuáles descansan más en creencias, ideologías o intereses.

Quizá nunca sepamos con certeza cuál era el verdadero rostro de Jesús. Pero sí podemos aprender una lección que vale para toda la vida: la mejor defensa contra la manipulación no es tener una respuesta para todo, sino saber evaluar con rigor la calidad de las evidencias antes de aceptar cualquier versión de la realidad.

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