Vengo observando de modo reiterado que muchos adolescentes llegan al final del colegio con una enorme presión por decidir su futuro y muy pocas certezas sobre sí mismos. Sienten que tienen que escoger una carrera, una universidad o instituto, avanzar, “no perder el tiempo”. Su entorno familiar y amical los presiona preguntando una y otra vez qué van a hacer después del colegio. Y los jóvenes sienten que ya deberían saberlo.

Algunos expresan abiertamente su desconcierto. Otros lo disfrazan de una seguridad absoluta: “Yo voy a estudiar X”. Pero a veces esa certeza es simplemente una manera de ponerle fin a la angustia, darle el gusto a los padres, sacarse de encima las preguntas y poder seguir adelante. Meses o años después reaparece la pregunta que quedó escondida: ¿qué diablos estoy haciendo con mi vida? No es casualidad que a tantos estudiantes les vaya mal en los primeros ciclos universitarios y que con mucha frecuencia descubran que la carrera que parecía correcta cuando estaban en secundaria no lo era, cambien de rumbo o incluso abandonen los estudios universitarios.

Quizá se está planteando mal la orientación vocacional, acostumbrada a preguntarles a los jóvenes “¿qué carrera vas a estudiar?”, que es precisamente la pregunta que les interesa que contesten las universidades, pero que quizá no es la pregunta que necesita contestar un adolescente. Tal vez habría que ayudarles a pensar que no decidir todavía también puede ser una decisión inteligente: explorar, probar, equivocarse, conocer mundos distintos y descubrir qué cosas despiertan su curiosidad, talento o entusiasmo.

Me pregunto a quién angustia más que los jóvenes no sepan qué estudiar: a ellos o a sus padres. Y también a quién le conviene que decidan rápido, escogiendo al ganador de ese concurso de belleza llamado “feria vocacional”: ¿al adolescente o a las universidades que despliegan allí sus mejores imanes para capturarlo?

¿Y si el problema no fuera que los jóvenes están desorientados, sino que los adultos tenemos demasiada prisa por «orientarlos» -o sea, definir-?
Quisiera dimensionar mejor qué está pasando. Por eso me gustaría conversar con algunos jóvenes del último año de secundaria o recién egresados que estén precisamente atravesando este trance (los interesados pueden escribirme por mensaje interno; me pondré en contacto con algunos).

No se trata de aplicarles otro test vocacional para predecir si deberían ser ingenieros, psicólogos o comunicadores. Seguramente ya pasaron por alguno y además ya sabemos que eso tiene cada vez menor capacidad para comprender a una persona y mucho menos para predecir su futuro. Quiero escucharlos. Entender cómo están pensando su futuro, qué los entusiasma, qué los asusta, qué presiones sienten. Quizá surja alguna retroalimentación.

Tal vez esas conversaciones ayuden a imaginar una orientación vocacional menos obsesionada con escoger cuanto antes una carrera y más interesada en ayudar a cada joven a conocerse, explorar y construir su propio camino.

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