La realidad es una construcción interesada del medio que la enuncia. No vemos la realidad tal como es; solemos ver la realidad que otros seleccionan, editan, dramatizan y nos entregan como si fuera la única posible. Es lo que sostenía el recordado filósofo argentino José Pablo Feinmann en “Filosofía política del poder mediático”. Si no se educa confrontando esto, se deja indefensos y manipulables a los niños y adolescentes.

Lo real ya no surge necesariamente de lo vivido, observado, conversado o pensado, sino de aquello que los medios, las redes sociales y los algoritmos deciden mostrarnos. La realidad deja de ser descubierta para convertirse en un producto: se diseña, se empaqueta, se viraliza y se consume.

Por eso hoy tantas personas reaccionan más de lo que piensan. Se indignan, celebran, condenan o apoyan a partir de titulares, fragmentos, videos de segundos o relatos cuidadosamente construidos para activar emociones. Poco importa si algo es verdadero, complejo o matizado. Lo decisivo es si genera impacto inmediato.

Así, la política se vuelve espectáculo. La cultura, mercancía emocional. La educación, entrenamiento para repetir. Y la ciudadanía, una masa de consumidores de estímulos.

Frente a esa muerte de la realidad, Feinmann proponía algo que hoy resulta más urgente que nunca: recuperar herramientas de resistencia intelectual.

La primera es el pensamiento crítico: no aceptar las “verdades” impuestas sin preguntar quién las produce, con qué intereses y para qué efectos.

La segunda es desconfiar de los medios, no porque todo sea falso, sino porque ningún medio es un observador inocente. Todo relato tiene una mirada, una selección y una agenda.

La tercera es conocer la historia. Sin memoria histórica, cada manipulación parece nueva. Con historia, reconocemos patrones, discursos de poder y mecanismos repetidos de dominación.

La cuarta es defender la subjetividad: proteger la capacidad personal de pensar, sentir, dudar y reflexionar sin quedar absorbidos por la corriente dominante.

Y la quinta es la praxis: actuar para transformar la realidad, no limitarse a consumirla pasivamente desde una pantalla.

Educar hoy no puede consistir solo en enseñar los contenidos de un currículo estándar. Debe enseñar a sospechar, comparar, contextualizar, preguntar y actuar. Debe formar personas capaces de distinguir entre realidad y montaje, entre información y manipulación, entre pensamiento propio y emoción inducida. Esta es el verdadero razonamiento matemático y   comprensión lectora de nuestros tiempos.

En la medida que las pantallas moldean emociones y sustituyen la reflexión por reacción instantánea, resistir implica volver a pensar. Esa es la clave de la nueva educación.

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