Nunca imaginé que llegaría el día en que escribiría estas palabras. Pero si hoy un joven me preguntara qué carrera le desaconsejo estudiar en el Perú, le respondería sin vacilar: Educación. No porque el Perú necesite menos maestros. Todo lo contrario. Porque necesita desesperadamente maestros capaces de construir una escuela completamente distinta, mientras el Estado continúa formándolos para una escuela que ya dejó de existir.

En el Perú trabajan alrededor de medio millón de docentes enseñando en los colegios. Pero hay más de 200 mil titulados que anualmente procuran conseguir una plaza y otros 100 mil estudiantes de universidades e institutos que aspiran a incorporarse próximamente a un mercado laboral ya saturado. A esas frustraciones se suman las remuneraciones poco competitivas, la continua pérdida de prestigio social, las limitadas oportunidades de desarrollo profesional y el agobio producido por denuncias, exigencias burocráticas y reglamentarias que les impiden desempeñarse plenamente como educadores.

La burocracia ha terminado desplazando a la pedagogía. Los directores ya casi no pueden dirigir. Los maestros dedican cada vez más tiempo a plataformas, registros, protocolos, evidencias, inspecciones y procedimientos administrativos que a preguntarse y pensar cómo lograr que sus estudiantes aprendan mejor. El sistema parece diseñado para controlar a los docentes antes que para ayudarlos a educar.

Las normas privilegian la sanción antes que el reconocimiento. La desconfianza reemplazó a la autonomía profesional. Innovar suele ser más riesgoso que obedecer. En esas condiciones resulta muy difícil sostener la vocación y la pasión por enseñar.

No es un fenómeno exclusivamente peruano. La UNESCO y la OCDE advierten que numerosos países enfrentan una creciente escasez de docentes porque miles abandonan la profesión durante sus primeros años. Australia, Inglaterra y varios países europeos buscan desesperadamente atraer nuevos maestros porque cada vez menos jóvenes quieren formarse para serlo.

Mientras el Perú sigue discutiendo reglamentos, plataformas y sanciones, unos pocos países entendieron la urgencia de dar un gran giro. Singapur comprendió hace décadas que la calidad de un sistema educativo depende de la calidad y el reconocimiento profesional de sus maestros. Estonia redujo la burocracia y convirtió al docente en diseñador de experiencias de aprendizaje. Finlandia decidió confiar en el criterio profesional de sus maestros mucho más que en la supervisión permanente. Ninguno de esos países llegó a la excelencia desconfiando de sus docentes. Llegaron porque confiaron, invirtieron y apostaron por ellos.

Los profesores peruanos no deberían seguir cargando el ataúd de una escuela que agoniza. Deberían convertirse en los ingenieros que construyan el puente hacia la escuela que el Perú todavía no se atreve a construir. Esa escuela que organice el aprendizaje alrededor de la curiosidad, que premie la capacidad de preguntar e interpelar, que utilice la inteligencia artificial para personalizar el aprendizaje, que trabaje con proyectos reales y favorezca la investigación, el emprendimiento y la colaboración entre estudiantes. En suma, que eduque ciudadanos capaces de distinguir evidencia de manipulación, convivir con la incertidumbre y construir soluciones para problemas que todavía no conocemos.

La reforma que el Perú necesita ya no consiste en cambiar ministros, modificar currículos o comprar más computadoras. Consiste en rediseñar completamente el modelo de gestión educativa, devolver autoridad profesional a directores y maestros, protegerlos frente a las acusaciones continuas y abusivas de ciertos padres que los convierten en piñatas sobre las cuales descargar sus frustraciones, eliminar buena parte de la burocracia y sustituir la cultura de la sanción por una cultura de confianza e incentivos.

La presidenta electa Keiko Fujimori puede dedicar los próximos cinco años a administrar un sistema agotado o tener el coraje de reinventarlo desde sus cimientos. La historia no la recordará por cuántas normas promulgó ni cuántos ministros nombró. La recordará si abre el capítulo de una nueva educación en lugar de limitarse a prolongar el de la vieja escuela. Todo lo demás será apenas administración de la decadencia.

Y por eso termino como empecé. No estudien Educación para convertirse en los últimos maestros de una escuela que agoniza. Háganlo solamente si los primeros pasos del próximo gobierno ofrecen evidencias de que podrán convertirse en los primeros maestros de la escuela que el Perú necesita, pero todavía no se atreve a construir. Mientras tanto, piensen bien si estudiar para ser maestros es su mejor opción.

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