Cuando un colegio cita a los padres porque su hijo ha agredido a un compañero, la reacción más frecuente no es preguntarse qué ocurrió, sino defenderlo. «Mi hijo jamás haría algo así». «Seguro lo provocaron». «Son cosas de chicos». «Le tienen cólera». «Hay otros peores y solo llaman al mío». La negación, la minimización y las excusas son comprensibles, pero poco educativas.

Curiosamente, cuando son los padres del niño agredido quienes escuchan el relato de su hijo, suele ocurrir algo parecido. Dan por sentado que no hizo absolutamente nada y que toda la responsabilidad recae en el otro. En ambos casos subyace la misma premisa: “Mi hijo no puede estar equivocado”.

Frente a un caso de bullying, la atención suele concentrarse en proteger al agredido, y eso es indispensable. Pero desde la educación y la salud mental es igualmente importante atender al agresor. Muchas veces el buleador no es el origen de la violencia, sino un eslabón más de una cadena: descarga sobre otros la agresión, la humillación, el rechazo o el abandono que él mismo vive o siente haber vivido.

Ese niño puede ser golpeado o descalificado en casa; ridiculizado por adultos o hermanos; ser víctima de bullying en otro ámbito; ser discriminado por su apariencia, origen o dificultades; crecer en un entorno donde la violencia es la forma habitual de resolver conflictos; buscar atención porque no la consigue por vías positivas; tener una autoestima muy deteriorada; carecer de herramientas para expresar su frustración o creer que la agresividad le da liderazgo y aceptación entre sus pares. Nada de ello justifica su conducta, pero ayuda a entenderla y, por tanto, a intervenir donde realmente importa.

Si concebimos el bullying como una red de agresiones, veremos que un agredido puede convertirse en agresor, quien a su vez agrede a otro, perpetuando el ciclo. Expulsar al agresor puede ser necesario para proteger a la víctima en lo inmediato, pero si no se trabaja el origen de su conducta, simplemente trasladará esa necesidad de agredir a otro espacio. Una sociedad sana no solo sanciona; también recupera.

Del mismo modo, conviene desterrar la caricatura de la víctima impecable frente a un agresor con la maldad instalada en el ADN. La realidad suele ser bastante más compleja. Hay niños o adolescentes que, sin merecer jamás ser acosados, desarrollan conductas que generan conflictos y resentimientos: divulgan secretos confiados por amigos, difunden chismes, humillan a otros con bromas o comentarios, excluyen compañeros, filtran conversaciones privadas, se burlan sistemáticamente de los errores ajenos o provocan de manera reiterada. Esas conductas pueden desencadenar deseos de represalia o exclusión de esa persona, aunque nunca justifican el hostigamiento. Comprender esa dinámica permite intervenir para ayudar a la víctima a entender su parte en el conflicto y cómo contribuir a que no escale hasta convertirse en bullying.

Educar no consiste en actuar como abogado defensor de los hijos. Consiste en ayudarlos a conocerse, asumir las consecuencias de sus actos, reparar el daño cuando corresponda y aprender formas más saludables de relacionarse con los demás.

Una actitud verdaderamente educativa consiste en suspender ese juicio inicial para comprender qué ocurrió. Si mi hijo agredió, necesito averiguar qué lo llevó a hacerlo, qué emociones está expresando de esa manera y cómo ayudarlo a cambiar. Si fue agredido, también debo preguntarme si hay algo en su manera de relacionarse con los demás que deba revisar, sin que ello signifique responsabilizarlo de la violencia recibida.

Los padres que más ayudan a sus hijos no son los que siempre los defienden, sino los que se atreven a mirarlos con honestidad, comprender qué está ocurriendo y acompañarlos a convertirse en mejores personas. Porque el verdadero objetivo no es ganar la discusión sobre quién tuvo la culpa, sino romper la cadena de violencia para que ninguno de nuestros hijos termine ocupando, mañana, el lugar del agresor o de la víctima.

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