Cada elección ocurre lo mismo. Millones de peruanos dicen estar hartos de la corrupción, del abuso y de los políticos que mienten. Pero apenas aparecen candidatos con esos antecedentes ofreciendo soluciones simples, una enorme parte del país corre tras ellos, reprimiendo el conocimiento de sus antecedentes, aunque desprecie las instituciones o contradiga sus propias promesas de un día para otro.

Y eso revela una verdad incómoda: muchos peruanos dicen querer libertad, pero en realidad le tienen miedo. Porque la libertad no consiste simplemente en hacer lo que uno quiere. La verdadera libertad exige pensar por cuenta propia, asumir responsabilidades y aceptar las consecuencias de las decisiones tomadas. Y eso pesa. Resulta mucho más fácil obedecer, ser un seguidor de la masa o entregar el juicio personal a alguien que prometa certezas y respuestas rápidas.

Por eso el país vive atrapado en una contradicción permanente: se protesta contra los abusos del poder, pero al mismo tiempo se idolatra al caudillo; se denuncia la corrupción, pero se la justifica cuando “los nuestros” la practican; se exige democracia, pero se desprecia la discrepancia y la vocación constructiva.

La educación tiene mucho que ver con esto. Durante décadas, demasiadas escuelas privilegiaron la memorización sobre el razonamiento y la obediencia sobre la autonomía. A muchos estudiantes nunca se les enseñó a argumentar, cuestionar, disentir o sostener una idea propia frente a la presión social. Aprendieron a repetir. Y quien crece acostumbrado a repetir termina buscando siempre alguien que piense por él.

Entonces aparecen los líderes mágicos ofreciendo alivio emocional, aunque sus fórmulas sean inviables. Prometen seguridad a cambio de obediencia, identidad a cambio de sumisión y soluciones simples para problemas complejos. Pueden decir hoy A y mañana No-A sin sufrir ningún costo por incoherencia, porque saben que gran parte del electorado no analiza: reacciona emocionalmente a slogans, miedos y enemistades fabricadas.

Y una sociedad temerosa de la incertidumbre suele aceptar ese trato. No porque ame necesariamente la dictadura, sino porque la libertad le produce vértigo. Erich Fromm lo explicó hace décadas: muchas personas huyen de la libertad porque ser libres implica cargar con la angustia de decidir. La libertad obliga a madurar. Obliga a pensar. Obliga a dejar de culpar siempre a otros y asumir la responsabilidad de construir ciudadanía en lugar de esperar salvadores.

Por eso el gran problema del Perú no es solamente económico ni político. Es también cultural y psicológico. Mientras no formemos ciudadanos capaces de pensar autónomamente, tolerar la incertidumbre y convivir con la complejidad, seguiremos oscilando entre el caos y el autoritarismo, entre la indignación y la dependencia.

Y repito por enésima vez: la educación peruana necesita una reforma profunda. No puede seguir reducida a entrenar alumnos para aprobar exámenes de Matemáticas, Comprensión Lectora o alcanzar promedios que faciliten el ingreso a la universidad. Su misión principal debería ser formar ciudadanos libres, capaces de pensar con criterio propio, cuestionar discursos simplistas, resistir la manipulación emocional y asumir responsablemente las consecuencias de sus decisiones. Y eso no se puede hacer con las fórmulas actuales, como ya se ha hecho evidente reiteradas veces.

Una democracia no se sostiene solamente con elecciones. Se sostiene con ciudadanos intelectualmente autónomos. Y eso no nace espontáneamente: se educa, se cultiva y se entrena.

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