Cada año, miles de jóvenes peruanos rinden exámenes de admisión para ingresar a universidades nacionales. Se asume que quienes obtienen los puntajes más altos figuran entre los jóvenes más talentosos de su generación, mientras que quienes no alcanzan una vacante suelen recibir, explícita o implícitamente, un mensaje de insuficiencia.

Me pregunto si uno de esos exámenes de admisión habría detectado la capacidad de Lionel Messi para anticipar en fracciones de segundo los movimientos de veintidós jugadores en una cancha. ¿Habría detectado la creatividad artística, la sensibilidad musical y la capacidad de comunicación global que llevaron a Shakira a convertirse en una de las artistas más influyentes del planeta? ¿Habría detectado la visión empresarial de Elon Musk para imaginar industrias que no existían, o la de Bill Gates para anticipar que cada hogar tendría una computadora? ¿Habría detectado la capacidad de liderazgo político que permitió a Donald Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin movilizar a millones de ciudadanos? ¿O la capacidad del Papa León XIV para liderar espiritualmente a una comunidad global de más de mil millones de personas?

La suposición de que las notas escolares y los exámenes de admisión universitaria permiten predecir el éxito o la competencia profesional futura de los estudiantes es un mito que ya es hora de confrontar. Tener conocimientos y estrategias entrenadas de razonamiento verbal, razonamiento matemático y la habilidad para resolver ciertos problemas académicos bajo presión no equivale a detectar el talento ni las capacidades particulares que hicieron distinguidas a las personas mencionadas.

La intuición estratégica, el liderazgo, la creatividad, la perseverancia, la capacidad de asumir riesgos, la influencia sobre otras personas, el carisma, la visión de futuro, la sensibilidad artística, la resiliencia frente al fracaso y la capacidad de reinventarse difícilmente aparecen reflejadas en una prueba de admisión. Sin embargo, seguimos actuando como si las notas escolares y los resultados de esas pruebas permitieran anticipar el potencial de un estudiante.

Ese supuesto está en la base de gran parte de nuestro sistema educativo. Los alumnos son clasificados por promedios, rankings y puntajes. Los colegios son juzgados por los resultados que obtienen sus estudiantes en pruebas académicas. Las políticas educativas se diseñan para elevar esos indicadores.

El mensaje implícito es claro: dime cuánto sacaste en tus exámenes escolares o de admisión y te diré cuánto futuro tienes. Los puntajes se convierten en una especie de certificado anticipado de éxito, como si la capacidad de resolver rápidamente problemas matemáticos o responder preguntas de comprensión lectora previamente entrenadas o sacar altos promedios en notas pudiera revelar quién liderará una empresa, transformará una industria, gobernará un país, creará una obra artística memorable o inspirará a millones de personas.

Cuando el sistema se organiza alrededor de los exámenes las notas, los colegios inevitablemente dedican más tiempo a entrenar para responder preguntas conocidas que a desarrollar talentos singulares. Se premia la convergencia de respuestas antes que la originalidad de las preguntas. Se valora la homogeneidad antes que la diferencia.

No es que los exámenes de estas áreas sean inútiles. Lo son cuando se les atribuye una capacidad predictiva que no poseen. La historia está llena de personas extraordinarias cuyo talento principal no habría sido visible en una prueba de razonamiento matemático, comprensión lectora o en los promedios escolares. Y seguramente nuestras aulas actuales también están llenas de ellas.

La pregunta no es cuántos puntos obtuvo un estudiante en un examen de admisión. La pregunta es cuántos futuros Messi, Shakira, Musk, Gates, Bolt, líderes, emprendedores, científicos, artistas o innovadores estamos dejando de reconocer porque seguimos confundiendo desempeño académico con potencial humano. Y ello ocurre justamente cuando el consenso educativo mundial insiste en que las habilidades más valiosas para el futuro serán las blandas, la creatividad, la resiliencia, la capacidad de innovar, colaborar y adaptarse al cambio, las que difícilmente caben en una prueba de admisión o en un promedio escolar.

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