Sobran las evidencias de que las personas de todas las edades hoy leen menos libros y textos largos, y se informan de lo que pasa en el mundo a través de textos breves o videos cortos que se suceden unos tras otros durante horas, sin espacios para una lectura profunda ni pausas para la reflexión. En esencia, sin pausas para el pensamiento crítico.

Siendo así, ¿qué significa educar para estos tiempos? Muchos educadores responden aumentando las horas de lectura obligatoria o prohibiendo el uso de pantallas. Creo que esa batalla ya está perdida. La escuela no puede darse el lujo de ignorar cómo las personas aprenden hoy e interactúan con la información.

Tal vez la estrategia deba ser exactamente la contraria. En lugar de comenzar con largos textos expositivos, podría iniciar con un video de un minuto, una noticia impactante, una imagen provocadora o una afirmación polémica. No para quedarse allí, sino para convertir ese estímulo inicial en el detonante de una conversación inteligente.

Pensemos en algunos disparadores: «Tu celular sabe más de ti que tu madre». «La desinformación viaja más rápido que la verdad». «La democracia también puede elegir mal». «Tener más información no significa entender más». «Nunca estuvimos tan conectados ni tan solos». «¿Las notas matan las ganas de aprender?». «El estrés también enferma el corazón». «El salario mínimo puede crear desempleo». «Decir la verdad también puede hacer daño». «Los héroes también cometieron errores». «Toda información viene cargada de interpretación».

La misión del maestro deja de ser transmitir información —algo que la inteligencia artificial y las redes sociales hacen a toda hora— para convertirse en el conductor de discusiones que obliguen a preguntar, contrastar evidencias, detectar sesgos, distinguir hechos de opiniones, construir argumentos y escuchar razones distintas a las propias.

Paradójicamente, los contenidos pueden ser cada vez más breves, mientras las conversaciones deben ser cada vez más largas.

El tiempo escolar vale menos por la cantidad de páginas leídas que por la calidad de las preguntas formuladas. Lo decisivo ya no será cuánto recuerden los estudiantes, sino cuánto aprendan a pensar sobre aquello que acaban de ver, leer o escuchar.

Quizá la nueva didáctica del siglo XXI no consista en defender los textos largos frente a los videos cortos, sino en usar estos últimos como puerta de entrada para lecturas, investigaciones, debates y reflexiones más profundas. Porque si los videos pueden durar un minuto, las conversaciones educativas deberían durar una hora.

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