El Ministerio de Educación acaba de publicar la Resolución Viceministerial N.° 085-2026-MINEDU que aprueba los nuevos “Lineamientos para la Educación Sexual con base científica, biológica y ética”. Como suele ocurrir, el debate se ha centrado en contenidos, ideologías, permisos parentales y temores políticos. Pero quizá estamos dejando de lado la pregunta más importante: ¿quién está educando realmente hoy a nuestros adolescentes sobre sexualidad?

Porque mientras la escuela discute documentos, los jóvenes ya aprendieron hace rato a buscar respuestas en TikTok, Instagram, YouTube o Reddit. Y allí encuentran de todo: información útil, mitos peligrosos, pornografía disfrazada de educación, influencers improvisados y también marcas comerciales que hablan de sexualidad con más claridad y cercanía que muchos colegios.

Un reciente artículo de The Conversation revela algo incómodo: marcas como Durex o Platanomelón se han convertido para muchos jóvenes en referentes de educación sexual digital. Responden dudas, desmienten falsas creencias y utilizan el lenguaje, el humor y los formatos que consumen las generaciones Z y Alfa.

Mientras tanto, el nuevo reglamento del Minedu parece responder más a la presión de sectores conservadores empeñados en que la escuela reafirme una única visión de sexualidad, identidad y familia. La escuela no puede educar negando la realidad social que viven sus estudiantes. Subyace la idea de que solo existen dos identidades posibles —hombre y mujer— y en la práctica, esa presión invisibiliza otras orientaciones sexuales y formas de familia distintas de la pareja heterosexual tradicional, agravando la sensación de exclusión y discriminación que ya sufren muchos adolescentes trans.

Los alumnos conviven diariamente con familias ensambladas, divorcios, madres solteras, parejas del mismo sexo, identidades diversas y múltiples formas de vivir la afectividad. Pretender invisibilizar esa complejidad no la elimina; simplemente deja a muchos adolescentes sin herramientas para entenderse a sí mismos y comprender a los demás.

Y entonces ocurre lo inevitable: cuando el colegio dice A y TikTok dice B, muchos estudiantes terminan creyéndole a TikTok. No necesariamente porque TikTok tenga razón, sino porque habla su idioma, reconoce sus dudas y aborda temas que la escuela evita o censura.

Ese es el verdadero problema. La escuela sigue enseñando como si compitiera únicamente con libros y profesores, cuando en realidad compite contra algoritmos diseñados para capturar atención emocional las 24 horas del día.

La solución no pasa por adoctrinar desde un extremo ni desde otro. La educación sexual moderna debería formar criterio, pensamiento crítico, responsabilidad afectiva y respeto por la diversidad humana. Porque el problema ya no es si los jóvenes reciben educación sexual. La reciben todos los días. La verdadera pregunta es quién está moldeando sus creencias: educadores preparados o algoritmos diseñados para maximizar clics y polarización.

En esencia, esta norma les comunica a las familias y a los estudiantes algo muy claro: el Minedu no pretende estar al día con el saber pedagógico más moderno —de hecho, renuncia a él—, sino que prefiere operar como un instrumento político de la coalición gobernante de turno, a la que poco parece interesarle la salud mental y el bienestar socioemocional de los estudiantes.

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