Muchos padres miran a sus hijos adolescentes y se hacen la misma pregunta: “¿Qué les pasa a los jóvenes de ahora?”. Probablemente no les pasa nada raro. Simplemente viven en un mundo completamente distinto al que vivieron sus padres… y mucho más distinto aún al de sus abuelos.

Imagínese tres adolescencias distintas.

La de los abuelos ocurría en un mundo pequeño. La información estaba en libros, los amigos vivían en el barrio y las decisiones de vida parecían claras: estudiar, trabajar, formar familia. El mundo cambiaba, pero lentamente.

La adolescencia de los padres ocurrió en un mundo en transición. Llegó internet, aparecieron los celulares y el planeta comenzó a encogerse. Pero todavía había caminos relativamente previsibles: elegir una carrera, entrar al mercado laboral, construir estabilidad.

Un adolescente actual puede despertarse en Lima, conversar con amigos en México, seguir a un influencer coreano, aprender guitarra con un tutorial de alguien en España y comparar su vida con la de miles de personas que nunca conocerá.

No es que los adolescentes de hoy sean más distraídos. Es que su cerebro está nadando en un océano de estímulos. No es que sean más inseguros. Es que se comparan con el mundo entero, no solo con sus compañeros de clase. Y no es que estén más perdidos sobre su futuro. Es que tienen muchas más opciones entre las cuales elegir.

Muchos adultos se preguntan por qué no se concentran. Pero sería más raro que lo hicieran cuando el cerebro adolescente está creciendo en una especie de tormenta permanente de estímulos. No es que sean más distraídos; es que el mundo que habitan es mucho más ruidoso.

Muchos adultos también se preguntan por qué parecen más sensibles. En realidad, hoy usan más palabras para hablar de lo que sienten. Hace treinta o cuarenta años, si un adolescente estaba angustiado, inseguro o confundido, lo más probable es que escuchara frases como: “no es para tanto”, “aguántate” o “ya se te va a pasar”. Hoy los jóvenes hablan de ansiedad, autoestima, presión social o bienestar emocional. No necesariamente porque sufran más, sino porque su generación aprendió a nombrar lo que antes se callaba.

Los padres de hoy crecieron comparándose con un grupo pequeño: los compañeros de colegio, los vecinos, quizá algunos primos. Los adolescentes actuales se comparan con el mundo entero. Cuando abren una red social ven cuerpos perfectos, viajes espectaculares, talentos extraordinarios y vidas que parecen siempre más emocionantes que la propia. Y aunque esas vidas están cuidadosamente editadas, el cerebro adolescente tiende a asimilarlas como naturales. Por eso muchos jóvenes parecen inseguros o insatisfechos. No es que tengan menos oportunidades; es que se están comparando con una vitrina global de vidas aparentemente perfectas.

También escuchamos otra frase clásica: “En mis tiempos respetábamos más a los padres”. Tal vez sea cierto. Pero también es cierto que en muchos hogares la autoridad era una autopista de un solo sentido. Hoy muchos adolescentes crecieron en una cultura donde se espera algo distinto: explicaciones, diálogo, coherencia. Cuando cuestionan reglas no siempre es rebeldía. A veces es simplemente una generación acostumbrada a preguntar “por qué”.

Y, por supuesto, está el tema del celular. Para muchos padres el teléfono es una distracción. Para muchos adolescentes es su plaza pública. Ahí están sus amigos, sus conversaciones, sus bromas, sus juegos, sus grupos, sus intereses. Es como si alguien le dijera a un adulto de hace treinta años: “Deja de salir a la calle con tus amigos”. Lo que cambió no es la necesidad de socializar. Lo que cambió fue el lugar donde ocurre.

Nada de esto significa que todo esté bien o que los adolescentes no necesiten límites. Los necesitan, y bastante. Pero entender su mundo ayuda a no interpretar todo como falta de valores, flojera o rebeldía. Tal vez la pregunta que los padres deberían hacerse no es qué les pasa a los adolescentes de hoy, sino cómo podemos entenderlos mejor. Porque ellos no están creciendo en el planeta en el que crecimos nosotros. Pretender que se comporten exactamente igual sería como pedirle a alguien que navegue con un mapa del siglo pasado en un océano que ya cambió.

Quizá esa misma diferencia de mundo debería hacernos repensar la idea de que un adolescente debe terminar el colegio y, de inmediato, elegir qué quiere estudiar para el resto de su vida. Durante generaciones eso parecía razonable, porque el mundo cambiaba lentamente y las trayectorias profesionales eran relativamente estables.

Pero hoy muchos jóvenes terminan la secundaria con más preguntas que respuestas. No necesariamente porque estén perdidos, sino porque el mundo es mucho más complejo que antes. Tal vez en algunos casos no sea una mala idea permitir algo que en otros países ya es común: una pausa no escolarizada después del colegio. Un tiempo para trabajar, viajar, hacer voluntariado, aprender habilidades fuera del aula, perfeccionarse en una actividad deportiva, artística o tecnológica, o simplemente explorar intereses con más calma.

Y si esta posibilidad se entiende también desde los primeros años de crianza, incluso por los padres de niños que recién ingresan a la educación inicial, quizá disminuiría la ansiedad por “prepararlos para el futuro” desde demasiado temprano. Al fin y al cabo, sus hijos recién están empezando un camino largo que terminará muchos años después, al final de la secundaria.

No se trata de perder un año, sino de ganar perspectiva.

A veces un poco de experiencia de vida ayuda más que mil folletos universitarios. Y quizá, después de esa pausa, muchos jóvenes puedan tomar decisiones educativas con algo que ningún test vocacional puede darles: una idea más clara de quiénes son y qué quieren hacer con su vida.

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