Hay una escena que debería preocupar mucho más a los padres que un desaprobado. Un alumno recibe un examen. Responde correctamente casi todas las preguntas. Obtiene 100% o nota máxima. Sus padres respiran tranquilos. El colegio celebra. El profesor confirma que “está avanzando”. El alumno se convence de que sabe. Y todos se van a casa felices.

El problema es que quizá nadie comprobó si aprendió. Porque una cosa es acertar la respuesta que el sistema esperaba y otra, muy distinta, haber desarrollado la capacidad de comprender, relacionar, cuestionar, explicar, crear y utilizar ese conocimiento cuando cambia el contexto y nadie le dice qué tiene que hacer con él.

Durante décadas se ha construido una maquinaria educativa alrededor de una equivalencia que parece obvia, pero que cada vez resulta más discutible: buena nota = buen aprendizaje. Hemos terminado confundiendo el indicador con aquello que supuestamente debía indicar. ¿Y si fuera precisamente esa equivalencia la que está haciendo daño?

El examen tradicional tiene una ventaja extraordinaria: con un solo cernidor permite etiquetar y ordenar rápidamente a muchos alumnos y calificarlos como buenos, regulares o malos (aunque hoy prefieren la cortesía de decir logro, en proceso e inicio). Es eficiente para decir quién respondió bien, quién respondió mal, quién pasó y quién quedó atrás. Lo que no necesariamente puede decirnos es quién aprendió más, quién piensa mejor o quién sabrá qué hacer con lo aprendido.

Pero la vida no funciona así. Nadie llega a una entrevista de trabajo y recibe veinte preguntas de opción múltiple sobre problemas que ya fueron anunciados. Nadie enfrenta una crisis familiar, profesional o social con cuatro alternativas marcadas por el profesor. Nadie innova porque recuerda cuál era la respuesta correcta de la clase del martes. La vida no pregunta qué respuesta evocamos o para cual nos entrenamos. Nos pone delante situaciones que nunca habíamos visto. La vida presenta problemas que no vienen con solucionario.

Y allí aparece una paradoja incómoda: la escuela puede estar preparando muy bien a los alumnos para responder preguntas que la vida nunca les hará. Esto explica por qué podemos encontrar estudiantes capaces de memorizar un capítulo entero y, sin embargo, incapaces de explicar con sus propias palabras qué significa; alumnos que resuelven veinte ejercicios de matemática y se paralizan cuando deben decidir qué operación utilizar ante un problema y más aún en una situación real; jóvenes que obtienen excelentes calificaciones en comprensión lectora y luego no detectan una manipulación evidente en las redes sociales; jóvenes de alto promedio que desisten de encarar problemas difíciles «no vaya a ser que no los pueden resolver».

No necesariamente porque sean incapaces. Quizá porque los entrenaron para otra cosa. Los entrenaron para responder. Para acertar. Para cumplir. Para descubrir qué quiere escuchar el profesor. No para preguntar, confrontar, discrepar, verificar fuentes. Y esa diferencia puede ser decisiva para entender quién está realmente bien educado y quién simplemente aprendió a tener éxito dentro de la escuela.

¿Quieren reformar la pedagogía escolar en un instante? Inviertan “la pregunta”. Cada vez que el profesor esté por preguntar algo para que el alumno responda, pregúntese si no debería ocurrir exactamente al revés. Que, después de una breve introducción que despierte curiosidad, sean los alumnos quienes formulen las preguntas, investiguen, contrasten, discutan y construyan sus propias respuestas, mientras el profesor orienta, desafía, aporta conocimiento cuando hace falta y modera la discusión.

Parece un cambio pequeño, pero altera el corazón de la experiencia escolar. En la escuela tradicional, el profesor pregunta porque ya sabe la respuesta y el alumno debe adivinarla. En la vida, uno pregunta precisamente porque no sabe la respuesta y necesita encontrarla.

Y habría que cambiar también la manera de evaluar. Menos exámenes que preguntan lo que el profesor ya sabe y más portafolios, proyectos, investigaciones, debates, producciones y desafíos en los que el alumno tenga que mostrar qué sabe hacer con lo aprendido. No se trata de eliminar toda prueba, sino de quitarle el monopolio de decidir quién aprendió. Si queremos formar personas capaces de pensar ante situaciones nuevas, resulta contradictorio seguir evaluándolas principalmente mediante situaciones conocidas, respuestas esperadas y una nota que pretende resumir en un número la complejidad de su aprendizaje.

Quizá educar mejor empiece por algo tan sencillo -y tan revolucionario- como dejar de entrenar alumnos para contestar las preguntas de otros y enseñarles a construir las propias.

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