La UNAM acaba de protagonizar una escena que podría convertirse en símbolo de esta época. Tras realizar en línea su examen de admisión entre el 23 de mayo y el 10 de junio, encontró una cantidad inusualmente alta de puntajes sobresalientes y sospechas de ayudas externas, incluida la inteligencia artificial.

El problema apareció al analizar los resultados: hubo una cantidad extraordinariamente alta de puntajes elevados. Según la información publicada, alrededor del 16% obtuvo más de 100 aciertos, cuando históricamente esa proporción rondaba el 3%. Surgió entonces la sospecha de que numerosos postulantes habían recibido ayuda externa —incluido posible uso de IA— pese al sistema de vigilancia.

La UNAM concluyó que existía una probabilidad suficientemente importante de irregularidades como para no confiar simplemente en esos resultados. La comisión técnica recomendó entonces algo excepcional: un segundo examen presencial de control para verificar los resultados de quienes habían alcanzado puntajes que potencialmente les permitían ingresar

La anécdota contiene una paradoja formidable: usamos tecnología del siglo XXI para proteger un instrumento de evaluación diseñado con la lógica del siglo XX.

Durante décadas, un examen podía funcionar bajo una premisa sencilla: si el estudiante estaba solo frente a las preguntas, las respuestas representaban lo que sabía. Hoy esa equivalencia se derrumba. Cualquier alumno dispone de buscadores, traductores, calculadoras, tutoriales y asistentes de inteligencia artificial capaces de explicar, resolver, corregir y producir respuestas en segundos.

Podemos reaccionar construyendo una fortaleza alrededor del examen: cámaras, reconocimiento facial, navegadores bloqueados, detectores de IA y vigilancia permanente. Es una carrera tecnológica destinada a volverse cada vez más sofisticada y absurda.

O podemos hacernos una pregunta más incómoda: ¿estamos protegiendo la integridad del examen de admisión o la supervivencia de un modelo de evaluación siglo XX que está perdiendo sentido? En la vida adulta nadie recibe puntos adicionales por resolver un problema sin consultar información, tecnología o colegas. Lo valioso será saber preguntar, contrastar fuentes, detectar errores, utilizar inteligentemente la IA y hacerse responsable del resultado.

El problema no es que la IA pueda contestar el examen de admisión. El problema es que sigamos haciendo exámenes cuyas respuestas puede contestar una IA.

Y aquí la pregunta se vuelve incómoda también para la propia universidad. Si una institución del prestigio de la UNAM no puede imaginar un sistema de admisión a tono con los tiempos, capaz de evaluar aquello que la inteligencia artificial no vuelve trivial, eso mismo debería abrir una discusión sobre la calidad y actualidad de su propuesta educativa. Una universidad no puede proclamar que prepara profesionales para el futuro mientras selecciona a sus estudiantes con instrumentos concebidos para un mundo que está desapareciendo.

Quizá la IA no está destruyendo los exámenes. Está obligándonos a preguntarnos qué vale la pena evaluar cuando casi todos tendremos una inteligencia artificial al lado.

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