En el debate sobre el propósito de la educación, surge una pregunta fundamental: ¿es la escuela una cernidora de personas privilegiadas disfrazada de méritos académicos o un espacio dedicado al crecimiento integral de los estudiantes? Esta cuestión no solo define si persiste un enfoque educativo basado en la aprobación de exámenes y competencia entre alumnos para ranquearlos, o si ingresa la valiente corriente de cambio hacia un enfoque más acorde con los retos de la modernidad. De cómo se resuelva la alternativa, habrá profundas implicaciones sobre los conceptos de equidad en el acceso a las oportunidades educativas y la justicia social.

Empecemos por clarificar el objetivo de la escuela. ¿Se trata de diferenciar a los alumnos por sus logros académicos, para lo cual se usa como herramienta de evaluación las notas que se obtienen en el rendimiento en las pruebas estandarizadas? O, por el contrario, ¿es la escuela un espacio diseñado para que cada estudiante crezca, madure y se estabilice psicológicamente? Esta distinción es esencial para comprender el papel de la educación en la formación de futuros ciudadanos. ¿Es una academia de preparación de postulantes que favorece a los que pueden pagar ese entrenamiento o es un espacio de maduración, desarrollo de la identidad y socialización para niños y adolescentes sobre cuya base se habrá de construir sus oportunidades y elecciones futuras?

Si la opción es considerar a la escuela como una cernidora de méritos, surge la pregunta ¿cuáles son esos méritos? ¿Se basan exclusivamente en los resultados de pruebas académicas o también en un conjunto más amplio de habilidades sociales, personales y grupales? ¿Estos méritos están estrechamente vinculados a los valores de la sociedad o solo al alcance de puntajes en pruebas de corte académico? ¿Se está evaluando a los estudiantes de manera integral o simplemente según su capacidad para obtener calificaciones altas?

Y si se eligen los méritos académicos como cernidora, ¿cómo se alcanzan esos méritos? Las pruebas estandarizadas y las notas escolares son las herramientas utilizadas para medir el rendimiento, pero estas herramientas pueden ser discriminatorias. La capacidad de entrenarse para estas pruebas y obtener un alto rendimiento a menudo depende de los recursos disponibles en el hogar. Los estudiantes de familias con más recursos tienen una ventaja significativa en la preparación para las pruebas y en el acceso a oportunidades educativas. Así, la competencia por los méritos académicos no siempre refleja los méritos de los alumnos sino los recursos de la familia en apoyo de la educación de sus hijos.

Los alumnos de hogares más acomodados tienen posibilidades de pagar para entrenarse para obtener una educación escolar y preuniversitaria con ventajas para los requisitos de admisión, incluyendo el dominio de inglés que se requiere para estas admisiones. Estas   ventajas se continúan después porque los estudiantes de hogares acomodados no solo acceden a universidades más reputadas, sino que una vez dentro de ellas tienen ventajas para estudiar con comodidad, transportarse, alimentarse, adquirir libros, disponer de tiempo libre para la recreación y el estudio, hasta graduarse. Una vez graduados, pueden acceder a costosos y prestigiados posgrados los cuales le abrirán puertas a la élite profesional en el mercado laboral.

En un análisis empírico que hice hace un tiempo de los conferencistas y panelistas de los CADE de los últimos 20 años, y de los gerentes de las principales empresas modernas del Perú, encontré que casi todos habían obtenido grados, posgrados o doctorados en universidades de primer mundo, adquiriendo una ventaja enorme sobre los egresados de universidades peruanas. La mayoría de los profesionales peruanos que desean lograr el más alto nivel en su profesión tienen que pasar una temporada estudiando en el 1er mundo. Eso que es tan usual en la medicina también lo es cuando menos para todas las profesiones científicas y empresariales. La formación en universidades de renombre global, como las de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia, Alemania y España, junto con algunas universidades latinoamericanas de renombre bien ranqueadas de Brasil, México y Argentina dan ventajas al currículo del egresado.

La pregunta que se plantea es cómo romper esta «linealidad perversa». El sistema educativo actual tiende a perpetuar las desigualdades basadas en la condición económica y el origen social. Las excepciones que se destacan en la publicidad universitaria y periodística son curiosidades más que la norma.

Es fundamental replantear el derecho a una educación con mayores niveles de equidad y luchar contra la pobreza para evitar que sea un factor limitante. En tanto eso se haga, una medida más inmediata y prudente podría ser la de desconectar los “méritos escolares” de los requerimientos de admisión universitaria, y que sean éstas las entidades que evalúen con sus propias herramientas las capacidades que requiere un postulante para convertirse en un universitario exitoso.

No descarto para esta opción el ingreso universal a las universidades y que se use el 1er ciclo o año para que la universidad determine quién puede o no continuar con la educación profesional

Mi postura personal es que la escuela debería ser un espacio para el crecimiento integral y no principalmente una cernidora de méritos académicos que disparan vanidades de unos y destruyen la autoimagen de otros. Debemos repensar el sistema educativo para que realmente sirva a todos los estudiantes por igual y no solo a aquellos que ya cuentan con ventajas significativas. Y en esta era en la que el ChatGPT contesta mejor que los alumnos todos los tests a los que son sometidos, apelar a criterios más vinculados a las habilidades blandas, creatividad, liderazgo y trabajo en equipo, resolución de problemas reales, etc. son factores mucho más decisivos a considerar en el pronóstico del futuro éxito profesional de los estudiantes.

Por lo tanto, reitero la pregunta inicial ¿es la escuela una disfrazada cernidora de méritos académicos o es un espacio de crecimiento integral?.

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