Durante décadas se ha discutido qué deben aprender los estudiantes. Se agregan competencias, ciudadanía, educación financiera, inteligencia artificial, y una interminable lista de nuevos contenidos. Sin embargo, hay una pregunta que permanece ausente: ¿qué sentido quiere darle cada estudiante a su vida? Quizá esa sea la pregunta educativa más importante de todas, porque las demás encuentran su verdadero sentido cuando se responden desde ella.

Esperamos que los estudiantes defiendan la democracia, cuiden el ambiente, convivan en paz, actúen con integridad y se realicen profesionalmente. Pero ¿cómo podrán hacerlo si esos valores nunca dialogaron con su propia identidad? Es difícil defender aquello que no ocupa un lugar importante en la escala personal de valores.

Y si cada estudiante es único, ¿por qué seguimos actuando como si todos compartieran el mismo horizonte vital? La construcción de un proyecto de vida no debería ser un tema marginal ni reducirse a una ocasional sesión de tutoría. Debería convertirse en un eje transversal que atraviese experiencias, proyectos, decisiones y reflexiones a lo largo de toda la escolaridad.

No se construye un proyecto de vida escuchando charlas sobre el futuro. Se construye viviendo experiencias que obligan a tomar decisiones, asumir responsabilidades, descubrir fortalezas, enfrentar fracasos y preguntarse una y otra vez qué vale realmente la pena.

No se trata únicamente de invitar a pensar, sino de ofrecer situaciones donde los estudiantes hagan, prueben, se equivoquen, sirvan, decidan y luego reflexionen sobre lo vivido. Trabajo comunitario con impacto social, mediación de conflictos, liderazgo de proyectos, participación en decisiones reales de la vida escolar o un portafolio de vida donde cada estudiante registre las experiencias que lo marcaron, las personas que lo inspiraron, las decisiones difíciles que enfrentó y los errores de los que aprendió.

Ese portafolio termina convirtiéndose en un espejo existencial. En un lado está quién soy hoy; en el otro, quién aspiro a ser. La pregunta permanente será entonces: ¿existe coherencia entre ambos? Si alguien afirma que desea construir una sociedad más justa, ¿qué hace cada semana para acercarse a ese propósito? Si dice valorar el cuidado del planeta, ¿cómo se refleja eso en sus hábitos cotidianos? Si afirma que quiere aliviar el sufrimiento humano, ¿qué decisiones concretas toma para hacerlo?

Imaginemos cinco estudiantes. Ninguno comparte el mismo propósito, pero todos descubren que su vida adquiere dirección cuando identifican aquello que les da sentido y actúan en consecuencia.

Camila descubre desde muy pequeña que, cuando alguien sufre, espontáneamente se acerca, escucha y ofrece ayuda. Comprende que aliviar el sufrimiento humano le da sentido a su vida. Sus valores son la empatía, la compasión y el respeto por la dignidad de las personas. En la escuela participa en voluntariados, acompaña a compañeros con dificultades y colabora en campañas de salud mental. Poco a poco entiende que esas experiencias no son actividades aisladas, sino expresiones de quien quiere llegar a ser. Su pregunta guía será: ¿esto que hago alivia o aumenta el sufrimiento de otros?

Diego siente fascinación por entender cómo funcionan las cosas. Le apasionan la ciencia, la tecnología y la inteligencia artificial. Pero pronto comprende que toda innovación necesita responder antes una pregunta: ¿para quién sirve? Sus valores son la responsabilidad, la honestidad intelectual y la creatividad puesta al servicio de las personas. Diseña proyectos de robótica e inteligencia artificial, conversa con usuarios reales, acepta críticas y modifica sus propuestas. Aprende primero a comprender los problemas antes que a enamorarse de las soluciones. Su pregunta permanente es: ¿estoy usando la tecnología para servir o solo para impresionar?

Valeria se detiene donde otros pasan de largo. Un árbol, un río o un jardín despiertan en ella un profundo sentido de cuidado. Descubre que proteger la naturaleza no es un pasatiempo, sino parte de su identidad. Comprende que quiere dedicar su vida al cuidado de todas las formas de vida. Sus valores son el respeto por la naturaleza, la responsabilidad intergeneracional y la coherencia personal. Lidera proyectos ambientales, pero también revisa críticamente sus propios hábitos de consumo. Su pregunta cotidiana es: ¿estoy viviendo de acuerdo con aquello que digo defender?

Mateo no soporta ver una injusticia o una pelea sin intentar comprender ambas posiciones. Descubre que le nace escuchar, dialogar y tender puentes allí donde otros construyen muros. Comprende que ese impulso puede convertirse en el propósito de su vida. Quiere contribuir a una sociedad más dialogante y más justa. Sus valores son la justicia, el respeto, la tolerancia y la libertad. Media conflictos, organiza debates, participa activamente en el consejo estudiantil y aprende a escuchar de verdad a quienes piensan distinto. Su pregunta permanente es: ¿estoy contribuyendo a unir personas o a separarlas?

Sofía descubre que el arte no es un adorno, sino una forma de comprender la realidad, expresar lo que duele, revelar aquello que otros no alcanzan a ver y conectar a las personas a través de la belleza. Entiende que esa será su manera de aportar al mundo. Sus valores incluyen la sensibilidad, la disciplina, la libertad creativa, la empatía y la apertura a la diversidad. En la escuela crea, expone, escucha interpretaciones distintas, acepta críticas y utiliza el arte para abrir conversaciones sobre temas sociales complejos. Su pregunta constante es: ¿esto ayuda a comprender mejor al otro y al mundo que compartimos?

Naturalmente, estos cinco estudiantes no comparten el mismo proyecto de vida. Tampoco deberían hacerlo. La tarea de la escuela no consiste en definir el propósito de cada uno, sino en crear las condiciones para que cada estudiante descubra el suyo. No se trata de imponer un ideal de vida, sino de ofrecer experiencias, preguntas, desafíos y espacios de reflexión que permitan a cada persona construir libremente el sentido de su existencia.

Lo que queda pendiente es comprender cómo sabrán estos estudiantes si realmente están avanzando en ese proyecto de vida. La respuesta difícilmente aparecerá en una libreta de notas. Se reflejará, más bien, en las decisiones que tomen cuando nadie los obligue; en los sacrificios que estén dispuestos a asumir por aquello que consideran valioso; en las personas a las que sirvan; en los errores que reconozcan y corrijan; y en la creciente coherencia entre aquello que dicen querer ser y la forma en que viven cada día.

Tal vez esa sea, después de todo, la evaluación más importante que una escuela podría ayudar a construir.

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