Por momentos, el Perú parece un país que vota; pero, en realidad, es un país que descarga. Cada proceso electoral no solo define autoridades: revela, una vez más, una fractura profunda, persistente y nunca resuelta. Una suerte de guerra civil invisible que nos acompaña desde la independencia y que, lejos de cerrarse, ha mutado. No hablamos de balas ni de ejércitos enfrentados. Hablamos de una confrontación más sutil pero igual de intensa: la de ciudadanos contra el sistema que sienten ajeno, indiferente o abiertamente hostil.

En los años más oscuros, esa rabia encontró su expresión más brutal en Sendero Luminoso. Su propuesta fue criminal, violenta, delirante. Pero sería un error histórico reducirla solo a su barbarie sin entender el caldo de cultivo que la hizo posible: un profundo malestar antisistema que venía gestándose desde mucho antes, probablemente desde inicios del siglo XX.

La derrota militar de ese proyecto no significó la derrota de la pulsión que lo alimentaba. Esa energía encontró luego otros canales. Uno de ellos fue el Fujimorismo, que emergió como vencedor político tras el colapso del orden previo. Para muchos, representó orden frente al caos; para otros, autoritarismo legitimado por resultados. Pero, en cualquier caso, tampoco resolvió la fractura de fondo: solo la reconfiguró.

Desde entonces, insistimos en leer nuestras elecciones como un clásico duelo entre derecha e izquierda. Una derecha que a menudo se disfraza, temerosa de asumirse, y una izquierda que, cuando gobierna, termina aplicando recetas que se parecen sospechosamente a las de su adversario. Ese análisis, aunque útil en lo superficial, pierde de vista lo esencial.

El problema no es ideológico. Es existencial. Ningún gobierno —militar o civil, de derecha o de izquierda— ha sido capaz de proponer una visión de país que convoque, entusiasme y comprometa a la mayoría de peruanos. No ha habido relato compartido ni un horizonte común. En su lugar, hemos visto administraciones atrapadas en intereses personales, redes de corrupción y cálculos de corto plazo.

Mientras tanto, las urgencias reales —salud, justicia, seguridad y educación— han sido sistemáticamente postergadas.

¿Qué hace entonces una ciudadanía que no se siente representada ni escuchada? Busca romper el tablero.

La consigna no dicha, pero cada vez más evidente, es: “que se vayan todos”. No hay revolución armada, pero sí una revolución electoral. Cada cierto tiempo, el electorado trata de elegir a un nuevo símbolo de ruptura, alguien que encarne la promesa de enfrentar a “los mismos de siempre”, aunque luego, inevitablemente, termine pareciéndose a ellos. Así, el voto deja de ser una elección racional entre propuestas y se convierte en un acto de protesta, casi de catarsis colectiva. En esto no hay racionalidad ni análisis de atributos, riesgos ni deméritos. Es un enamoramiento pasajero con el personaje menos compatible con lo que sugeriría un análisis de consistencia entre su trayectoria y sus posibles realizaciones en el poder.

El Perú no está en paz. Solo ha cambiado de campo de batalla. Y mientras no se construya una idea de nación que incluya a todos —no como discurso, sino como proyecto real—, se seguirá votando para desahogarse más que para avanzar.

En ese contexto, y en cualquiera de los escenarios de la 2da. vuelta, si Keiko Fujimori aspira a ser la lideresa de una verdadera recomposición nacional, tendrá que asumir una exigencia poco frecuente en nuestra política: coherencia radical. Todo aquello que prometa en campaña para sumar adhesiones deberá cumplirse con precisión milimétrica una vez en el poder. Y, si no alcanza el gobierno, esa misma coherencia deberá expresarse desde cada acción del Fujimorismo en el Congreso. Porque el Perú está agotado de egoísmos, venganzas y promesas incumplidas, y no podemos exponernos a una nueva encarnación de una aspiración de ruptura del tipo Sendero Luminoso, aunque esta vez se exprese con las armas de la anestesia frente a la corrupción, el desgobierno y la parcelación del país en áreas liberadas del ejercicio de la autoridad legítimamente constituida.

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