Siempre me he preguntado si vale la pena protestar a través de una columna de opinión en las redes sociales por disparates que dicen nuestros gobernantes, como el que ocurrió hoy en la celebración de los 138 años de la Cámara de Comercio de Lima. El Presidente José María Balcázar hizo gala de una reverenda ignorancia respecto a lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, agraviando genéricamente a los judíos, lo que incluye a uno de los más exitosos presidentes de dicha Cámara, Samuel Gleiser Katz, orgulloso de su identidad y de su aporte como judío al bienestar de la sociedad peruana. Más grave aún, deslizó la idea —tan falsa como peligrosa— de que los judíos habrían sido responsables de las atrocidades cometidas por Adolf Hitler, cuando fueron precisamente sus principales víctimas en uno de los capítulos más oscuros de la historia contemporánea.

La pregunta no es trivial. Frente a afirmaciones que distorsionan la historia —y peor aún, que reciclan mitos que en su momento alimentaron el odio, la persecución y el exterminio— surge una duda incómoda: ¿tiene sentido decir algo? ¿Vale la pena alzar la voz cuando es probable que pocos escuchen, que otros busquen atenuantes, algunos minimicen lo dicho por tratarse de un personaje incompetente, o que muchos simplemente miren hacia otro lado, pensando que los agravios a sus connacionales no les atañen?

El dilema es real. Por un lado, guardar silencio puede interpretarse como una forma de no otorgar relevancia a lo dicho, pero también puede leerse como complacencia frente a discursos que ofenden, distorsionan y reproducen prejuicios peligrosos.

Mi opción es la de hablar, como expresión de responsabilidad. No porque uno crea que va a cambiar el curso de los acontecimientos ni porque sea un acto heroico en un océano de indiferencia, sino porque, cuando se evocan —aunque sea por ignorancia— ideas que en el pasado contribuyeron a justificar atrocidades, el problema deja de ser anecdótico y se convierte en un asunto ético. En una línea que, como sociedad, no deberíamos estar dispuestos a cruzar ni a relativizar, se trate de quien se trate el agraviado.

Las columnas de opinión no son concursos de popularidad. No deberían medirse en “likes”, ni en compartidos, ni en aplausos fáciles. Son espacios donde se fija una posición, donde se deja constancia de una incomodidad, de una indignación, de una línea ética que uno no está dispuesto a negociar. Son también una forma de resistencia frente a la normalización. Son un recordatorio —para otros, pero también para uno mismo— de que la memoria histórica importa, de que las palabras importan. Y, sobre todo, son una manera de negarse a participar en el silencio cómodo que, con el tiempo, termina volviéndose cómplice.

Así como lo hago en mis columnas sobre educación, debo confrontar a la autoridad cuando lo que postula es inaceptable. Porque, al final, más allá de cuántos escuchen o lean, hay algo que sí está en juego: la coherencia entre lo que pensamos y lo que estamos dispuestos a callar. Porque callar nunca es neutral: siempre es tomar partido.

Extracto: https://x.com/jradzinsky/status/2049516253870453104?s=12

https://www.facebook.com/leon.trahtemberg/posts/pfbid028NYwi56Qc1EZVeJiBTnqNPhFnr1wUiihBNCZYQkvbxtVZoAap1vdAi5Jk8NKDPvKl

https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=pfbid061paUKRdszfTRy7uS8TF5M7wuvEFv4JajeeJWhcLtBdxypxQLkKFvXoS3Uu6yBtDl&id=100064106678628

https://www.facebook.com/leon.trahtemberg/posts/pfbid0GPTcLpG4GVX7poDcCwrnd6RZDQRLYKzZoTtSNxpELEqdq1TiAG6fFKgsSJGjmNW7l

https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=pfbid0uU8mMBttVEbbqi3oQmHP5ae7R1DqiXaNvdqdhRU4XQSLFKqUAE2ZdDVRSC18NKW1l&id=100064106678628

https://www.linkedin.com/posts/leontrahtemberg_es-el-silencio-una-opci%C3%B3n-frente-a-la-ignorancia-share-7455572052901580800-uCcb?utm_source=share&utm_medium=member_desktop&rcm=ACoAAAkvmwYBZH8TpEV1ZrZDmJuyzP8tJitqvQs