El presidente Balcázar no tiene la exclusividad de la ignorancia ni de la impertinencia en sus discursos y actos. Buena parte de sus antecesores en esta última década calificaría de modo similar. La más reciente intervención de Balcázar —en la que señala a los judíos como causantes de la Segunda Guerra Mundial— quizá sea la más emblemática. Sin embargo, sumada a sus propias declaraciones previas y a las de quienes lo precedieron, no puede verse como un hecho aislado. Por el contrario, estos episodios deberían servirnos para entender por qué nos llevamos tan mal entre peruanos.

Frente a los desatinos presidenciales y los señalamientos de múltiples entendidos respecto a estas barbaridades que evidencian ignorancia e incompetencia, lo usual —como ocurrió también en este caso reciente— es que uno de sus secretarios o el canciller salgan a decir, en su nombre, que ha sido malentendido y descontextualizado. En esencia, se culpa al público por su supuesta incapacidad de comprender correctamente lo que el presidente dijo. Una vez más, escuchamos a presidentes y ministros que, frente a deslices o expresiones equivocadas —incluso ofensivas—, tienden a responsabilizar a los oyentes por no interpretar adecuadamente lo que quiso decir la autoridad.

Entonces, la pregunta es: si quien tiene la autoridad siempre tiene la razón y, si algo no funciona o se hace mal, es culpa de otro o de un público que “no entiende”, ¿cómo se construye una convivencia democrática armónica frente a tamaña asimetría, en la que el líder siempre acierta y quien lo confronta siempre se equivoca?

Cuando se habla de educación, suele asumirse que se alude exclusivamente a lo que ocurre en las escuelas. Pocas veces se reconoce que existe otra dimensión educadora, mucho más potente y persistente, que permea la vida de niños y adolescentes: aquella que proviene de las actitudes y conductas de los adultos. No solo existe una educación en su versión técnica —la de los currículos, los planes de estudio y las metodologías dictadas por ministerios—, sino también una dimensión de educación cultural y social que se transmite a través de lo que los adultos hacen, dicen y toleran y en particular las autoridades más visibles.

Esa educación invisible, pero decisiva, es la que construye los verdaderos referentes de convivencia. Se nutre de cómo los adultos se comunican, discrepan, debaten, se confrontan o evaden responsabilidades. Y en ese escenario, quienes ejercen liderazgo político, social o institucional tienen un peso desproporcionado: sus palabras y conductas no solo son más visibles en medios y redes sociales, sino que se convierten en modelos prácticos, tangibles e imitables. Son, en los hechos, el “currículo vivo” de la sociedad.

Cada vez que un líder o gobernante elude su responsabilidad diciendo que fue mal interpretado, revela una grieta educativa: la incapacidad de asumir errores. Cada vez que un presidente delega en un vocero, en un comunicado sin firma o en un canciller la tarea de “explicar” lo inexplicable, enseña algo profundamente corrosivo: que el poder no se equivoca, que reconocer fallas es debilidad, que siempre hay un tercero —el oyente, el ciudadano, el adversario— al que se le puede endosar la culpa.

Qué distinto hubiera sido si, en este caso, el propio presidente hubiera salido a decir: “Me equivoqué. Dije algo inapropiado. Pido disculpas y procuraré ser más cuidadoso”. Ese gesto, aparentemente simple, habría tenido un valor pedagógico inmenso. Habría mostrado que errar es humano, pero que asumir el error es una fortaleza. Habría enseñado más sobre democracia y convivencia que cualquier capítulo de educación cívica.

Porque los jóvenes no aprenden principalmente de lo que dicen los textos escolares. Aprenden de lo que ven: de cómo los adultos resuelven conflictos, de cómo enfrentan la crítica, de si piden disculpas o buscan excusas, de si dialogan o descalifican.

Ahí está, entonces, una de las claves de nuestra hostilidad cotidiana. No es solo un problema político ni únicamente educativo en el sentido tradicional. Es, sobre todo, un problema de modelos. Hemos sido —y seguimos siendo— educados en una cultura donde quien tiene autoridad rara vez reconoce sus errores y con frecuencia responsabiliza a otros por ellos.

Si queremos un Perú menos confrontacional, menos crispado, menos inclinado al agravio y la descalificación, no basta con reformar currículos escolares. Necesitamos, sobre todo, líderes que eduquen con el ejemplo. Líderes que asuman, rectifiquen y den la cara.

Porque, al final, la convivencia democrática no se enseña: se encarna. Se construye —o se deteriora— en cada gesto público, en cada palabra asumida o eludida, en cada error reconocido o negado. Y en el Perú, lamentablemente, demasiadas veces se deteriora ante nuestros ojos.

https://www.facebook.com/leon.trahtemberg/posts/pfbid02c8xvrKLMrwpwgbd182pDtCfom5suQisd5KJJrffivdBb63huU5FpdpGb6yg8xKobl

https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=pfbid0GjfXuFSmNWXWxtjbsCmn1xm9gkvRDMbiLxsWAF2uNMjejYPqyueByfCcjxmuZwj3l&id=100064106678628

https://x.com/LeonTrahtemberg/status/2050546814126797210

https://www.linkedin.com/posts/leontrahtemberg_se-entiende-por-qu%C3%A9-nos-llevamos-tan-mal-share-7456313066696167425-__V7?utm_source=share&utm_medium=member_desktop&rcm=ACoAAAkvmwYBZH8TpEV1ZrZDmJuyzP8tJitqvQs