Si una pareja de padres que tiene cinco hijos los trata exactamente igual, es muy probable que esté siendo injusta al menos con cuatro de ellos. La igualdad —a diferencia de la equidad— no reconoce las diferencias de carácter, autoestima, fortaleza emocional, vulnerabilidad, sensibilidad, autonomía, antecedentes, capacidad de comprometerse, etc. A veces, tratar a todos por igual es la forma más cómoda de no hacerse cargo de sus diferencias.

Pensemos en una familia cualquiera. Un hijo necesita que lo empujen y otro que dejen de presionarlo. Uno necesita límites más firmes y otro mayor libertad. Uno requiere que lo ayuden a organizarse y otro que confíen en él y lo dejen equivocarse. Uno necesita más tiempo para hacer una tarea; otro termina rápido y se aburre. Uno disfruta de las reuniones familiares y otro necesita momentos de soledad.

Precisamente porque los quieren por igual, los padres deberían procurar conocerlos y responder de manera diferente a cada uno. Más aún: los propios hijos suelen reclamar esas diferencias. “A ella le cuesta más”. “Yo ya demostré que puedo hacerlo solo”. Intuitivamente comprenden algo que los adultos a veces olvidamos: ser justos no significa borrar las diferencias, sino tomarlas en serio.

Curiosamente, aquello que nos parecería absurdo dentro de una familia se convierte en virtud cuando cruzamos la puerta de la escuela. Muchos siguen creyendo que una escuela es justa cuando enseña lo mismo, al mismo ritmo, de la misma manera a todos los alumnos y espera lo mismo de todos, independientemente de sus particularidades. Y allí ya no estamos hablando de cinco hijos, sino de 25 o 30 alumnos reunidos en un aula, cada uno con una historia, un carácter, un ritmo, una motivación, una fortaleza y una vulnerabilidad diferentes.

Sin embargo, la cultura escolar de los estándares comunes, las notas, los rankings, la competencia y los órdenes de mérito hace exactamente lo contrario: reduce esas diferencias a una misma vara y luego ordena a los alumnos según quién logró acercarse más a ella. El que encaja mejor aparece como “buen alumno”; el que necesita otro tiempo, otro estímulo, otra manera de aprender o incluso otro desafío empieza a descender en la jerarquía.

Así, una escuela que proclama tratar a todos por igual puede terminar favoreciendo precisamente a los pocos que mejor se adaptan a lo que ella decidió considerar normal y perjudicando a buena parte de los demás. Lo paradójico es que después presenta esas posiciones como si fueran una medida objetiva de la capacidad de cada alumno, cuando en buena medida también están midiendo qué tan bien encaja cada uno en el molde para el cual fue diseñado el sistema.

En una familia nos parecería absurdo comparar permanentemente a cinco hermanos para establecer cuál ocupa el primer, segundo, tercero, cuarto y quinto lugar. En la escuela, con 30 alumnos, los comparamos, calificamos y ordenamos. Y luego convertimos esa jerarquía en una supuesta descripción de quién es más capaz que quién.

Y, por si fuera poco, se hace todo esto de espaldas a décadas de aportes de la psicología, la pedagogía y las neurociencias, que nos muestran que no existen dos alumnos que aprendan exactamente de la misma manera, con los mismos tiempos, motivaciones, experiencias previas, intereses, fortalezas y dificultades. Sabemos que la emoción influye en el aprendizaje, que los conocimientos previos importan, que la motivación no es igual para todos y que una misma experiencia educativa puede desafiar a uno, aburrir a otro y paralizar a un tercero.

Sin embargo, se sigue diseñando primero el currículo, los estándares, los horarios, las clases y las evaluaciones, para recién después preguntar cómo hacer para que toda esa diversidad humana encaje allí. Quizá habría que invertir la lógica: poner en la médula del currículo y de la pedagogía el respeto a las diferencias individuales y, desde allí, diseñar las experiencias de aprendizaje.

No se trata de que cada alumno tenga una escuela distinta ni de renunciar a propósitos comunes. Se trata de entender que tener destinos educativos compartidos no obliga a recorrer el mismo camino, a la misma velocidad ni con los mismos zapatos.

Eso también obliga a cambiar la manera de evaluar. Menos obsesión por medir a todos con la misma prueba y compararlos entre sí, y más portafolios, proyectos, producciones, conversaciones y evidencias acumuladas que permitan observar de dónde partió cada alumno, cuánto avanzó, qué sabe hacer ahora que antes no podía y cuáles son sus fortalezas emergentes. En vez de preguntar quién llegó primero, preguntarnos cuánto camino recorrió cada uno y hacia dónde puede seguir creciendo.

Quizá el problema no sea que los alumnos sean demasiado diferentes para la escuela. Quizá sea que se ha diseñado una escuela demasiado igual para alumnos inevitablemente diferentes.

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