Aún no conocemos cuál será la agenda del ministro José Antonio Chang. Sería prematuro juzgarla antes de escuchar sus anuncios. Pero sí podemos preguntarnos si su gestión volverá a inspirarse en las ideas que marcaron su paso por el Ministerio de Educación entre 2006 y 2011, durante el segundo gobierno de Alan García, o si recogerá el enorme caudal de conocimientos que la investigación educativa y la experiencia internacional han acumulado en las dos últimas décadas.

La gestión Chang tuvo una lógica muy clara: fortalecer el liderazgo del ministerio, impulsar la meritocracia docente a través de evaluaciones estandarizadas, promover las evaluaciones censales de estudiantes en Matemática y Lectura, invertir en infraestructura y ampliar el acceso a la tecnología mediante el programa Una Laptop por Niño.

Si tomamos como referencia los anuncios educativos del mensaje a la Nación de la presidenta Keiko Fujimori, el punto de partida del nuevo gobierno parece apoyarse, en lo esencial, en la misma receta que el Perú viene aplicando desde hace siete décadas, desde el gobierno de Odría: la convicción de que una mejor educación se logra principalmente con más infraestructura y equipamiento, capacitación docente, evaluaciones estandarizadas de Matemática y Lectura y distribución de materiales escolares —mochilas, chompas y herramientas digitales—.

Sin embargo, veinte años después, no solo cambió el mundo: cambió la evidencia. Muchas de las ideas que hace dos décadas parecían incuestionables hoy han sido revisadas por la investigación educativa. Hoy sabemos que la obsesión por medir, comparar y estandarizar puede terminar produciendo el efecto contrario al buscado. Con demasiada frecuencia se confunden los aprendizajes con los resultados de las pruebas. Se termina creyendo que elevar puntajes equivale a educar mejor, cuando en realidad las pruebas solo capturan una pequeña parte de lo que significa aprender. Lo que no se mide —el pensamiento crítico, la creatividad, la curiosidad, la iniciativa, la ética, la colaboración, la resiliencia, la capacidad de resolver problemas inéditos o de construir un proyecto de vida— corre el riesgo de dejar de importar.

La consecuencia es conocida. Cuando las escuelas saben que serán juzgadas principalmente por indicadores cuantificables, adaptan su comportamiento para mejorar esos indicadores. Enseñan para el examen, reducen el currículo y dejan menos espacio para explorar, experimentar y crear. La evaluación deja de ser un medio para mejorar el aprendizaje y se convierte en el fin de la educación.

A ello se suma otro problema. En nombre de asegurar calidad, transparencia y control, el Estado ha ido construyendo una maquinaria burocrática y reglamentarista que hoy asfixia a muchas escuelas. Formularios, plataformas, protocolos, evidencias, reportes, supervisiones e investigaciones consumen el tiempo de directores y docentes. El resultado ha sido justamente lo contrario de lo esperado: menos liderazgo pedagógico, menos innovación y un creciente agotamiento profesional, ampliamente documentado por la investigación sobre bienestar docente.

Al mismo tiempo, hoy sabemos mucho más sobre cómo aprenden las personas. La investigación ha puesto en primer plano la salud mental, el bienestar socioemocional, la autonomía escolar, la autonomía profesional de los docentes, el liderazgo pedagógico, la personalización de los aprendizajes y, más recientemente, el impacto de la inteligencia artificial sobre la enseñanza y el trabajo.

Por eso, el debate ya no consiste en decidir si queremos más o menos evaluaciones, más o menos control o más o menos reglamentos. El verdadero cambio de paradigma consiste en pasar de un ministerio que administra, controla y desconfía, a uno que orienta, acompaña, evalúa integralmente y confía en la capacidad profesional de sus escuelas. Un ministerio que fija grandes objetivos nacionales, pero deja espacio para que cada comunidad educativa encuentre el mejor camino para alcanzarlos.

La gran pregunta para el ministro Chang es esta: ¿mantendrá el paradigma que predominó en la década del 2000 o asumirá que el Perú necesita un sistema educativo donde la confianza, la autonomía, la innovación y el desarrollo integral de los estudiantes ocupen el lugar que antes tuvieron el control, la estandarización y la burocracia?

Sus primeros anuncios nos darán la respuesta. No solo nos dirán cuáles serán sus prioridades. Nos dirán si el Ministerio de Educación seguirá gobernando con las certezas del pasado o si tendrá la audacia de construir sus políticas a partir de la evidencia acumulada y de los desafíos que plantea la educación del siglo XXI.

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