Me pregunto si un examen de orina permite diagnosticar el estado general de salud de un paciente. Y además, si dos exámenes de orina similares permiten hacer un ranking para establecer quién tiene unos grados más de salud que el otro. También me pregunto si el resultado del examen de orina de hoy puede predecir el estado de salud del paciente dentro de 10 o más años.

Esta analogía me permite cuestionar la pretensión de convertir los puntajes de PISA, obtenidos mediante un formato muy acotado —unas dos horas de evaluación en determinadas áreas—, en un diagnóstico de la educación de un país y, más aún, en un predictor de sus posibilidades futuras de desarrollo económico y social.

Poca gente sensata concluiría que el resultado de un examen de orina permite saber cómo anda su corazón, su cerebro, su alimentación, su bienestar emocional o su pronóstico de vida.

Lo que hacen los estudiantes de 15 años elegidos para dar la prueba PISA, durante aproximadamente dos horas, es enfrentar tareas estandarizadas que pueden incluir preguntas abiertas e interactivas, en determinadas áreas y situaciones diseñadas desde afuera por los evaluadores. Difícilmente puede verse ahí todo lo que un joven es capaz de hacer, especialmente si esperamos que pueda formular sus propias preguntas, plantear hipótesis, crear opciones, reaccionar constructivamente ante situaciones inesperadas o de estrés, colaborar con su equipo o sostener un proyecto durante un tiempo prolongado.

Dos países pueden tener cifras parecidas por razones totalmente distintas porque cada sistema educativo es parte de un ecosistema político, social, económico, normativo y cultural, y se orienta en función de sus particulares visiones y prioridades. El mismo número no significa necesariamente el mismo problema ni mucho menos la misma solución. Pero allí aparece una distorsión todavía mayor: si el examen sale mal y concentramos todos los esfuerzos en que el próximo salga mejor, podemos terminar cuidando el indicador en vez del paciente. En educación, eso significa reformar para subir en la prueba, no para que los jóvenes aprendan mejor y estén mejor preparados para la vida.

La comparación con otros rankings resulta igualmente reveladora: a nadie se le ocurriría pensar que un ranking mundial de los mejores países en fútbol, voleibol o automovilismo pueda construirse a partir de una sola competencia, ni que el ranking de los mejores tenistas, golfistas o ciclistas pueda desprenderse de una actuación puntual. Son rankings que acumulan múltiples desempeños a lo largo del tiempo. Tampoco que la calificación de riesgo de un país se deduzca de un único indicador económico observado un día determinado, o que su posición en un ranking de competitividad se desprenda de medir una sola dimensión de su economía.

Sin embargo, aceptamos con sorprendente naturalidad que una prueba de dos horas aplicada a una muestra de estudiantes de 15 años permita ordenar países y hablar de la calidad de sus sistemas educativos. Curiosamente, somos más exigentes para rankear el desempeño deportivo o económico de los países que para rankear su educación.

Cuestionar PISA no es defender lo que hay. Necesitamos cambios profundos, pero no porque PISA lo ordene, ni para subir unos puntos en matemáticas o lectura. Los necesitamos porque el mundo cambió y nuestros jóvenes necesitan herramientas para pensar, preguntar, crear, colaborar y decidir frente a desafíos que todavía ni siquiera conocemos. PISA puede ser un dato más. Pero no debería ser nuestra brújula.

Hay que tener cuidado con que mejorar puntajes en las pruebas PISA termine funcionando como un anestésico frente a la urgencia de construir una nueva visión de lo que significa una buena educación para estos tiempos. Concentra la discusión en aquello que resulta fácil de medir y comparar, mientras adormece la discusión sobre aquello que realmente habría que transformar.

Hagan lo que hagan con los puntajes de PISA, un sistema con escuelas sin autonomía para innovar y generar bienestar socioemocional; asfixiadas por reglamentos y protocolos; con maestros paralizados por un SíseVe que puede convertir cualquier conflicto en una denuncia; y con un Ministerio que sigue aspirando a entrenar más a los alumnos para rendir pruebas tradicionales de Matemáticas y Lectura, mientras deja en segundo plano los proyectos interdisciplinarios, la investigación, el trabajo colaborativo, la creatividad y la salud mental, está condenado al estancamiento perpetuo.

Y quizá esa sea la paradoja: llevamos décadas midiendo para mejorar, pero seguimos discutiendo cómo mejorar en la medición en vez de atrevernos a transformar la educación.

https://x.com/LeonTrahtemberg/status/2098910419981058406

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Los puntajes de PISA no dicen lo que se les atribuye. https://www.trahtemberg.com/los-puntajes-de-pisa-no-dicen-lo-que-se-les-atribuye/

PISA como causa y consecuencia de una Europa decadente  https://www.trahtemberg.com/pisa-como-causa-y-consecuencia-de-una-europa-decadente/

No hay correlación entre puntajes en PISA, competitividad y desarrollo económico https://www.trahtemberg.com/no-hay-correlacion-entre-puntajes-en-pisa-competitividad-y-desarrollo-economico/

Video: PISA The biggest Hoax in the history of education Prof. Yuli Tamir | TEDxBeitBerlCollege 29 abr 2022  https://www.youtube.com/watch?v=8VFaN2p5RXY