Una sociedad que agrede no puede exigir niños que no agredan. ¿Queremos niños que no agredan? Miren cómo se tratan los adultos. No pidamos a la escuela que cure sola el bullying que los adultos normalizan.

Les comparto una experiencia personal. Cada vez que publico una columna de opinión que, como todas, tiene lectores con opiniones diversas, en redes sociales como “X” —que solo admite el título y unas líneas introductorias—, así como en FB, Instagram o TikTok, por mencionar algunas, hay expresiones de adhesión, pero también de discrepancia, lo que es natural y saludable.

Sin embargo, buena parte de las opiniones de rechazo tienen una de estas tres características, o todas: 1) no han visto o leído la columna completa y aun así toman posición sobre la base del título; 2) no responden con su nombre verdadero, sino con un seudónimo que los protege en el anonimato; 3) en lugar de señalar su discrepancia con las ideas, descalifican al autor y le endilgan toda clase de adjetivos agraviantes. Es decir, agresiones, maltratos y humillaciones que, si ocurrieran reiteradamente entre escolares, probablemente llamaríamos bullying.

El mensaje implícito parece ser: “Si piensas algo que no coincide con lo que yo pienso, eres una desgracia”. Y, en sus versiones más extremas, casi pareciera agregarse: “y sería mejor que desaparecieras”.

¿Y luego nos sorprende que los niños y adolescentes se agredan? Ellos no aprenden a convivir solamente durante las horas que pasan en el colegio. Aprenden observando cómo sus padres hablan de quienes piensan distinto; cómo los políticos descalifican a sus adversarios; cómo los congresistas convierten la discrepancia en espectáculo; cómo los periodistas y los programas de farándula maltratan a algún personaje; cómo los hinchas insultan al rival y cómo las redes sociales premian con visibilidad las expresiones más agresivas.

Después les pedimos a los colegios que enseñen empatía, respeto, tolerancia, diálogo y convivencia.

Por supuesto que la escuela tiene una enorme responsabilidad. Debe prevenir, intervenir, proteger al agredido, trabajar con quien agrede y formar testigos capaces de no permanecer indiferentes. Pero pretender que ella sola revierta una cultura adulta que diariamente modela lo contrario es pedirle que nade contra una corriente que nosotros mismos alimentamos.

Quizá por eso, ante cada nuevo episodio de bullying escolar, además de preguntarnos qué hizo o dejó de hacer el colegio, deberíamos hacernos una pregunta bastante más incómoda: ¿Qué estamos enseñando los adultos, con nuestra propia manera de tratar a quienes piensan, sienten o son diferentes?

Porque los niños escuchan nuestras recomendaciones, pero también observan nuestras conductas. Y cuando ambas se contradicen, suelen aprender más de lo que hacemos que de lo que les decimos.

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