Padres: si dentro de pocos años casi cualquier joven podrá disponer de una inteligencia artificial capaz de escribir correctamente, traducir idiomas, programar, resolver ecuaciones, diseñar presentaciones, analizar datos y explicarle en segundos aquello que no entiende, ¿qué tendrá su hijo que no tengan los demás, que le permita diferenciarse?

Durante décadas se respondía a esa pregunta resaltando las ventajas académicas: mejores notas, más inglés, cursos adicionales, diplomas, certificados, una universidad prestigiosa, quizá un posgrado.

Pero la inteligencia artificial está empezando a convertir en comunes buena parte de esas ventajas. El alumno que redactaba mediocremente podrá redactar bien. El que no sabía programar podrá programar. El que necesitaba horas para investigar tendrá en minutos información organizada. Y el estudiante académicamente brillante también tendrá acceso a esas mismas herramientas.

Entonces aparece una paradoja que debería inquietar a los padres: cuanto más poderosa se vuelve la tecnología, más decisivo se vuelve aquello que no es tecnológico. Es decir, el carácter. el temperamento, la curiosidad, la audacia, la empatía. La capacidad de levantarse después de fracasar. La perseverancia para sostener un proyecto cuando desaparece el entusiasmo inicial. La habilidad para relacionarse con personas diferentes. La disposición a cuestionar lo establecido. El coraje para defender una idea impopular. La capacidad de descubrir una oportunidad donde otros solamente ven un problema.

Pensemos en algunas personas conocidas. Lionel Messi posee un talento excepcional, pero su trayectoria también habla de constancia, disciplina, tolerancia a la presión y perseverancia durante décadas. Madonna construyó una carrera extraordinariamente longeva sobre su capacidad para reinventarse, desafiar convenciones y anticipar cambios culturales. Oprah Winfrey construyó su influencia gracias a su extraordinaria capacidad para escuchar, empatizar y conectar con otros. Jeff Bezos imaginó posibilidades en el comercio electrónico cuando todavía parecían inciertas. Pep Guardiola hizo del fútbol un laboratorio de ideas y de conducción de talentos diferentes. Steve Jobs no destacó por acumular credenciales académicas, sino por conectar tecnología, diseño, intuición y comprensión del consumidor. J. K. Rowling atravesó rechazos y enormes dificultades antes de convertir una historia que llevaba consigo en un fenómeno literario mundial. Michael Jordan hizo de la competitividad, la disciplina y la obsesión por mejorar componentes inseparables de su talento. Anthony Hopkins muestra lo que pueden producir la concentración, la disciplina y el dominio de un oficio.

¿Qué examen escolar mide adecuadamente esas cualidades? ¿Qué puntajes obtendrían en pruebas como PISA? Tal vez estamos preparando a los hijos para el mundo que termina.

Nos preocupa que aprendan inteligencia artificial. Está bien. Deben aprenderla. Pero quizá estamos formulando mal el problema. El desafío educativo no será conseguir que nuestros hijos compitan contra la inteligencia artificial, sino lograr que desarrollen aquello que les permita hacer con ella algo que otros no imaginaron.

Por eso, además de preguntar por inglés, resultados académicos, tecnología o ingreso universitario, preguntemos al colegio: ¿cuántas oportunidades tiene mi hijo para decidir, equivocarse, crear, liderar, discutir una idea, trabajar con alguien diferente, enfrentar frustraciones y descubrir algo que hace especialmente bien y tener la oportunidad de cultivarlo?

Y háganse una pregunta todavía más incómoda: ¿quieren criar hijos exitosos o hijos capaces de construir su propia definición de éxito? Porque si educamos niños obsesionados con acertar, quizá criemos adultos aterrados de equivocarse. Si resolvemos permanentemente sus problemas, quizá lleguen a adultos sin haber desarrollado la musculatura emocional necesaria para resolverlos. Y si durante catorce años escolares les enseñamos que triunfar consiste en cumplir correctamente aquello que otros les piden, no debería sorprendernos que después les cueste imaginar qué quieren hacer con su propia vida.

La inteligencia artificial seguirá avanzando. Será más rápida, más barata y más competente. Precisamente por eso, la mejor tecnología que podemos ayudar a desarrollar en los hijos seguirá siendo profundamente humana: un carácter capaz de sostenerlos y un temperamento capaz de diferenciarlos.

Quizá dentro de algunos años nadie les pregunte qué versión de inteligencia artificial aprendieron a utilizar en el colegio. Pero la vida les preguntará, una y otra vez, qué hacen cuando fracasan, qué hacen cuando nadie les dice qué hacer, qué hacen cuando deben elegir y quiénes son cuando ninguna máquina puede elegir por ellos.

Y quizá también haya llegado la hora para que el Ministerio de Educación tenga más claro como norte: ¿para qué mundo está educando? Si seguimos llamando “calidad educativa” principalmente a mejorar puntajes en matemática y lectura, estaremos entrenando a los alumnos precisamente en aquello que las máquinas hacen cada día mejor. Matemática y lectura son valiosas, pero no alcanzan para “educar para la vida”. En tiempos de inteligencia artificial, un ministerio de vanguardia debería dejar de obsesionarse solamente con cuánto saben responder los alumnos en pruebas estandarizadas y empezar a preguntarse cómo inspira a los colegios para educar mejor a los alumnos. De lo contrario, podemos terminar celebrando mejores puntajes mientras educamos más eficientemente para un mundo que ya dejó de existir.

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