Noticias o columnas sobre el Medio Oriente suelen tener pocos seguidores, exceptuando judíos, palestinos y algunos estudiosos de la geopolítica, generalmente por razones de identidad o afinidad ideológica. Quizá por eso muchos opinan solo sobre la base de titulares alarmantes o breves videos dramáticos. Quizá también porque se educó a generaciones de peruanos para quedarse en la superficie de los hechos —memorizar y aprobar exámenes de respuestas para marcar— más que para profundizar, contrastar fuentes y elaborar argumentos propios frente a aquello que informa la actualidad internacional. O quizá porque no hemos sido formados para entender que lo que ocurre en Sudán, Irán, Cuba, Taiwán o El Salvador termina teniendo, tarde o temprano, algún efecto dominó sobre países como el Perú.

A ello se suma otra tendencia simplificadora: pensar que en todo conflicto geopolítico existe un “bueno”, generalmente asociado a la víctima, y un “malo”, asociado al agresor o al poder dominante. Pero entender así los conflictos mundiales suele conducir precisamente a no entenderlos en toda su complejidad.

A veces escribo sobre Israel y el Medio Oriente, un tema que he estudiado intensamente a lo largo de los años. Y cuanto más observo la difusión selectiva de noticias sobre conflictos internacionales, más se evidencia esta tendencia a la apatía generalizada y, al mismo tiempo, la inclinación de quienes toman alguna posición a hacerlo fuertemente influidos por su identidad o ideología. Judíos, musulmanes, israelíes, palestinos, izquierdistas, conservadores, religiosos o laicos observan el conflicto desde identidades, memorias e ideologías que inevitablemente se filtran en sus análisis. Lo mismo ocurre con gobiernos, organismos internacionales y medios de comunicación.

Basta observar cómo CNN, The New York Times, Al Jazeera, EFE, BBC o AFP suelen adoptar enfoques previsiblemente críticos hacia Israel, mientras otros medios como Fox News, NHK o DW tienden a mostrarse más receptivos a las posiciones israelíes. Eso no significa necesariamente manipulación deliberada, sino la inevitable filtración de marcos culturales, políticos e ideológicos en la selección y presentación de los hechos.

Yo no pretendo ser la excepción, sino más bien hacer notar este sesgo. Reconocerlo explícitamente me parece más honesto que fingir una neutralidad absoluta que prácticamente nadie posee. La contribución de quienes exponemos una visión vinculada a nuestra identidad no debería consistir en dictaminar quién tiene “la verdad”, sino en ayudar a comprender las distintas miradas en conflicto. Sin embargo, en muchas posturas suele asumirse lo contrario, especialmente cuando antagonistas de identidades distintas buscan adjudicarse una objetividad que previsiblemente nadie posee por completo.

Es lo mismo que ocurre cuando se confrontan miradas de ateos y religiosos, machistas y feministas, liberales y estatistas, capitalistas y comunistas, entre muchas otras. La identidad, la experiencia y la ideología terminan filtrándose por distintos poros, aun cuando alguien aspire sinceramente a la objetividad. Reconocerlo no debilita un argumento; por el contrario, permite entender mejor desde dónde habla cada interlocutor y cuáles son los marcos culturales y emocionales desde los que interpreta los hechos.

En lo que a mí respecta, como judío graduado en educación en Israel, con la mayor parte de mi familia radicada allá y conocedor de la realidad concreta del país, de su población diversa y de sus vecinos, opino que hay que asumir que las guerras cíclicas entre varios países de la región son inevitables, porque el escenario es estructuralmente conflictivo y profundamente resistente a la paz. Es un contexto en el que termina imponiéndose —o simplemente sobreviviendo— el más fuerte, más organizado o el mejor respaldado estratégicamente, independientemente de los esfuerzos de los interlocutores “pacificadores”.

El hecho de que la región sea cuna de profundas diferencias religiosas, culturales e idiomáticas; posea enormes reservas y rutas de exportación de petróleo y gas; constituya uno de los principales epicentros geopolíticos y geoculturales del mundo; exhiba una histórica presencia de teocracias y dictaduras, con escasa tradición democrática —salvo la excepción israelí y algunos matices parciales en ciertos períodos o países—; y concentre algunas de las vías de transporte marítimo más estratégicas del planeta, entre muchos otros factores, hace que los choques y confrontaciones resulten, en gran medida, inevitables.

¿Alguien cree realmente que alguna suspensión de hostilidades entre Israel e Irán será definitiva? Difícilmente. ¿O que, después de la masacre del 7 de octubre y de los ataques de Hamás, Hizballah y los hutíes desde Gaza, Líbano y Yemen, Israel aceptará la creación de una entidad palestina que eventualmente pueda convertirse en otro “proxy” iraní en su frontera oriental bajo el nombre de “Estado Palestino”? Eso difícilmente ocurrirá, al menos no en la próxima generación, sea cual fuere el signo político de la coalición gobernante en Israel.

Quizá convenga entonces asumir la lógica de treguas temporales y guerras cíclicas cuando hablamos del Medio Oriente; reconocer la creciente inoperancia de organismos como la ONU; y alejarnos de la búsqueda simplista de culpables absolutos, porque esa atribución casi siempre dependerá de las identidades, conveniencias e ideologías de quien relata los hechos. Reducir conflictos de décadas o siglos a relatos morales binarios suele impedir cualquier comprensión seria de ellos.

Más que esperar soluciones definitivas o narrativas moralmente puras, tal vez sea más realista entender que se trata de un escenario donde conviven memorias históricas incompatibles, intereses estratégicos permanentemente conflictivos y percepciones de amenaza profundamente arraigadas. Si se entiende eso, será más fácil comprender cualquier conflicto entre países en cualquier lugar del planeta. Y eso debería ser parte de una buena educación.

Por eso, cuando escribo sobre Israel y algunos comentaristas intentan descalificar mis puntos de vista reproduciendo narrativas acusatorias provenientes de miradas hostiles hacia Israel, mi respuesta es simple: no aspiro a convencer a nadie, mucho menos a quienes piensan radicalmente distinto. Mi propósito es otro: sumar a la mesa una perspectiva más, nacida de mi experiencia, identidad y conocimiento del tema, para quienes tengan interés en comprender el amplio y complejo abanico de miradas existentes sobre el conflicto y la región. Y, sobre todo, animar a que las personas se acostumbren menos a reaccionar emocionalmente frente a titulares o consignas y más a estudiar, contrastar y pensar por sí mismas.

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