Los primeros 100 días del gobierno de Keiko Fujimori y de la gestión del ministro José Antonio Chang permiten reconocer una orientación educativa: recuperar la disciplina, fortalecer la autoridad, regular conductas de alumnos y revisar contenidos escolares. Pero ¿es eso transformar la educación?

Clasificar faltas, sancionar transgresiones, controlar celulares o supervisar la presentación personal puede aludir al orden institucional. Sin embargo, confundir orden con aprendizaje sería como creer que un hospital funciona mejor porque sus pacientes hacen silencio.

También se anuncia retirar contenidos escolares considerados «ideológicos». ¿Quién decidirá qué es ideológico? ¿Acaso seleccionar contenidos, omitir perspectivas o imponer una determinada interpretación de la historia no constituye también una decisión ideológica?

En infraestructura y prevención aparecen desafíos concretos. Ante el fenómeno de El Niño, el Minedu proyecta atender 7,998 locales educativos, plantea ampliar la conectividad a Internet y aplica 304 millones de soles para medidas preventivas. Pero anunciar recursos, aulas modulares y educación a distancia no equivale a garantizar su funcionamiento.

Lo más revelador, sin embargo, es que el debate sobre los nuevos lineamientos de convivencia escolar -pendientes de convertirse en normas- se podría haber avanzado en paralelo con otras definiciones fundamentales que todavía no ocupan el centro de la agenda: cómo se ejercerá la autonomía escolar en materia curricular, cómo se potenciará el rol de los directores más allá de la disciplina, cómo se transformarán la formación y evaluación docente, cómo se compatibilizará esa autonomía con la necesidad de cubrir plazas docentes para las que no se dispone de suficientes profesionales titulados y aptos, y cómo se impulsarán iniciativas que favorezcan el bienestar emocional.

La educación peruana necesita autoridad, ciertamente, pero también confianza en sus directores y maestros para tomar decisiones pedagógicas pertinentes y una apuesta decidida por la innovación educativa. Esta no surgirá del Minedu hacia abajo, tratando a los colegios como sucursales de una franquicia, sino de abajo hacia arriba, reconociendo en cada colegio una isla de innovación.

Un gobierno puede conseguir escuelas más disciplinadas sin lograr que sean más modernas ni que eduquen estudiantes más autónomos, creativos o capaces de pensar críticamente.

La pregunta que debería orientar los próximos años no es cómo controlar mejor las escuelas, sino cómo lograr que en ellas se aprenda mejor y que sean capaces de adaptarse continuamente a los cambios tecnológicos y sociales, ejerciendo su autonomía sin depender de nuevas normas del Minedu.

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