Mi “Dia del Maestro” en Lauricocha (Huánuco)

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Aún conmovido por la experiencia de la evaluación de 4,450 postulaciones al premio “El Maestro Que Deja Huella” (Interbank) que asesoramos Roberto Lerner, Hugo Díaz y yo, cuyo ganador apurimeño Pablo Eleazar Ataucusi Romero se conoció el miércoles 3, el jueves 4 tomé el avión a Huánuco para viajar luego por tierra a Jesús-Lauricocha para dar una conferencia el viernes en la mañana en el marco de las celebraciones del “Día del Maestro” organizado por el alcalde profesor Romel Espinoza.  

Fueron 3 horas de viaje por un riesgoso camino de trocha, para llegar a las 7 de la noche  a una ciudad poco iluminada y asfaltada, y en ella a un alojamiento a medio construir, en el que recibí mi habitación.

El frío de 4,000 m de altura era intenso, casi cero grados; la habitación limpia pero desolada con apenas una cama, una mesa, un foco, el baño y una delgada tela que hacía de cortina de una gran ventana de vidrio. Sin televisión, radio, internet, teléfono, libros, comida y muy cansado pero incapaz de dormir 10  horas hasta el día siguiente, mi ansiedad radicaba en ¿qué hacer?. Los amables anfitriones me trajeron un termo de agua caliente y manzanilla, y la dueña de casa me trajo una 5ta. frazada y 2 botellas de agua caliente para calentar los pies.

A las 8.30 pm decidí apagar la luz y meterme a la cama. Mientras intentaba dormir la oscuridad y el silencio crearon el espacio para recorrer mentalmente tantas cosas: pensaba en las familias serranas en épocas de heladas, el escaso acceso a la “vida moderna” en tantos pueblos casi incomunicados, mi propio aburrimiento sin TV, teléfono e internet, la imposibilidad de conocer de inmediato los resultados de unos  análisis que le estaban haciendo a mi mamá o el destino de nuestra gata “Tita” que estaba moribunda en la clínica veterinaria. Pero sobre todo, pensaba en los maestros que tenían que recorrer diariamente mi camino, y a veces más extenso aún, para llegar a su escuelita y dar su aporte para que los niños más excluidos del Perú tengan una oportunidad de ser incluidos. Cuánto sacrifico del que no tenemos conciencia quienes  vivimos en ciudades modernas, comunicadas y con acceso a transporte eficaz. 

Sin tener espíritu de mártir en muchas ocasiones hago estos viajes por el Perú precisamente para mantenerme conectado con su realidad más dura, más aún cuando sus autoridades o maestros me buscan especialmente para acompañarlos en sus eventos. No puedo aceptar todas las invitaciones, pero al menos sí algunas…   

Por eso es que cuando en los debates públicos algunos dirigentes magisteriales me  increpan mi desconocimiento de la realidad de la educación peruana, debido a que mis actividades principales las hago en la educación privada, siento una sensación de inmerecida injusticia que me la trago porque no se trata de una competencia por ver quién ha sufrido más, sino una búsqueda de proponer soluciones a la decadente educación peruana, actuando de buena fe, desde las miradas más diversas.

Con todo eso en mente desperté a las 5 am recordando que tenía mi netbook a batería en la que podría escribir estas reflexiones, hasta que vinieran a recogerme para el desayuno y la conferencia. Entonces suspendí esta columna para concluirla camino de regreso a Lima.

(2da parte). Acabo de iniciar mi viaje de retorno. Sé que me espera un trajín agobiante hasta Huánuco. Ojalá que mi avión no llegue retrasado (o del todo) por problemas con el clima. Solo me queda agregar que la actividad fue fantástica. Fueron cerca de 1,000 maestros que solo Dios sabe de dónde y cómo llegaron a la conferencia, con tantas ganas de escuchar,  aprender, en un ambiente de calidez y generosidad conmigo que hizo empequeñecer hasta la insignificancia las peripecias previas al evento.

Una vez más sentí intensamente lo injusto que resulta que se hable genéricamente de los  maestros cuando se quiere criticar a la dirigencia sindical o hacer noticia por algún maestro negligente o depravado, opacando a esta enorme cantidad de sacrificados profesionales, a los que tanto les debe el Perú.

Solo me queda cerrar este relato, pidiendo un aplauso para ellos. 

¡Feliz Día del Maestro!  

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