Es el mismo modelo de colegio al que fueron todos los candidatos presidenciales de hoy y al que van sus hijos, nietos o bisnietos. Nada cambió en el modelo de escuela en cuatro generaciones, salvo que cada vez educa menos y se defiende más del acoso de las normas y las rigideces pedagógicas. Tampoco cambió nada en el modelo de propuesta de mejoramiento de calidad: desde Odría hasta hoy, pasando por los dos Belaúndes y los dos Garcías, además de todos los otros, hasta los candidatos de hoy, la idea de que si ponen más dinero resuelven el problema educativo: más % del PBI, más tecnología, más infraestructura, más sueldos docentes. Lo único que se puede garantizar es que ese modelo escolar y de mejoramiento de calidad no conduce a nada mejor, y que el rezago educativo peruano respecto a los requerimientos de estos tiempos seguirá creciendo.

Los candidatos perdieron la oportunidad de apuntar hacia la vivencia educativa escolar, a la necesidad de reformar la pedagogía retrógrada y maltratadora que se vive en la escuela, y a la obsolescencia de los criterios de currículo, estándares y evaluación que se reproducen de generación en generación, a veces con algún cambio cosmético en el nombre del concepto.

Se debe apuntar a derrotar, al menos, las tres más poderosas adicciones intergeneracionales que intoxican y envenenan la experiencia educativa escolar, que son el venenoso SíseVé —esa bomba atómica que ha destruido la empatía y la convivencia escolar y ha convertido la cultura de diálogo en la cultura de la denuncia y la judicialización escolar—, con colegios que deben preocuparse de las demandas judiciales más que de la innovación pedagógica. Asimismo, el centralismo reglamentarista sancionador que asfixia la innovación por la minuciosidad de los protocolos y normas de control, así como la inexistencia de incentivos en el océano de posibles sanciones. Y la hiperdependencia del modelo curricular ministerial, que ya tiene 150 años de antigüedad y que, en la práctica, impide ponerse al día respecto a las necesidades educativas de los estudiantes, a tono con los tiempos.

Si aún quisieran tomar nota los candidatos, podrían sugerir tomar medidas reparadoras, tan simples como, por ejemplo, convertir los protocolos obligatorios del SíseVé en referenciales y de aplicación escalonada, para dar más espacio al criterio educativo de los colegios en los temas de convivencia escolar. Asimismo, colocar incentivos en reemplazo de sanciones en los reglamentos, que además deben reducirse a la mínima expresión (quizá a un tercio de su amplitud detallista actual) para aumentar los niveles de autonomía escolar que permitan la innovación continua. Y permitir que un tercio del currículo escolar sea elegido libremente por cada colegio, en función de su realidad específica, su contexto y las expectativas de los estudiantes y padres.

Como estas, hay muchas otras acciones muy sencillas que pueden relanzar rápidamente la experiencia educativa escolar, ponerla a tono con los tiempos y convertir a los colegios en verdaderos centros de innovación continua para beneficio del conjunto del sistema educativo.

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