Otra realidad pero mismo problema:

En India, millones de jóvenes depositan sus sueños en un examen. No en la educación como experiencia formativa ni en la construcción de una vocación, sino en un test que puede cambiar su destino. Ya sea para ingresar a las universidades más prestigiosas como el IIT o para obtener un empleo estable en los ferrocarriles o la administración pública, todo pasa por una prueba estandarizada. Cada año, más de 30 millones de personas postulan a puestos en el Estado o a carreras universitarias, enfrentando filtros despiadados con tasas de aceptación que oscilan entre el 1 % y el 3 %. El examen no elige al más talentoso. Elige al que logra sobrevivir.

A primera vista, el sistema parece justo: todos compiten con las mismas preguntas. Pero la realidad es otra. El acceso a preparación intensiva en «coaching factories», la posibilidad de estudiar sin tener que trabajar o cuidar a la familia, y el dominio del inglés técnico son privilegios de unos pocos. Quienes pueden pagarlo asisten por años a academias de preparación y se entrenan para resolver preguntas, no para pensar. Así, el mérito se convierte en una ilusión que legitima la desigualdad.

Los efectos perversos no se hacen esperar. En lugares como Kota, epicentro del entrenamiento para estos exámenes, los suicidios estudiantiles son un fenómeno alarmante. La presión familiar, la autoexigencia desmedida y el miedo al fracaso han convertido el sueño de superación en una pesadilla colectiva. Se premia la memoria, la resistencia al estrés y la obediencia al formato, pero no la creatividad, la empatía o el pensamiento crítico. Irónicamente, estas son cualidades esenciales para los ingenieros, médicos o administradores públicos que India necesita.

Por si fuera poco, la integridad del sistema se ha visto manchada por escándalos de corrupción, como el caso Vyapam, que destapó redes de suplantación, manipulación de resultados y sobornos para acceder a plazas. Más recientemente, exámenes nacionales como el NEET han sido cancelados por filtraciones masivas, dejando en la incertidumbre a millones de estudiantes que confiaron en un sistema supuestamente transparente.

A pesar de todo, el examen sigue siendo el único camino para millones de familias pobres que ven en el empleo público la única salida del ciclo de pobreza. No se puede despreciar su valor simbólico, ni su potencial de movilidad social. Pero sí es urgente repensar qué se está midiendo, a quién se está excluyendo y qué consecuencias tiene esta obsesión por clasificar personas con una sola herramienta.

India es solo el ejemplo más extremo de un fenómeno que otros países también padecen: la tiranía del examen como único criterio de acceso y validación del talento. ¿Qué pasaría si apostáramos por procesos más amplios y humanos que consideren no solo cuánto sabes, sino qué haces con lo que sabes?

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