No aconsejaría a docentes para que sean directores. La desconfianza en los directores es política pública. El director es hoy el único ejecutivo o gerente del país al que se le exige responder por todo, pero decidir sobre casi nada.

Si un buen maestro con experiencia, con espíritu ejecutivo y alma reformista e innovadora, me comentara que aspira a ser director escolar, le preguntaría: «¿Estás  seguro de que quieres meterte en ese callejón sin salida?»

No porque el país necesite menos directores con esos atributos. Todo lo contrario. Necesita miles de líderes escolares capaces de inspirar a sus maestros, construir culturas de aprendizaje, innovar, resolver conflictos, entusiasmar a las familias y preparar a los estudiantes para un mundo que cambia aceleradamente.

El problema es que ese dejó de ser el trabajo que el Estado les permite hacer. El director ha dejado de ser el líder pedagógico de su comunidad para convertirse en administrador de reglamentos, auditor de formularios, recopilador de evidencias, gestor de plataformas digitales, investigador de denuncias, vigilante del cumplimiento de protocolos y hasta bombero permanente de una burocracia que nunca se apaga.

Gobierno tras gobierno, el Ministerio de Educación fue transformando progresivamente al director en el brazo ejecutor de una maquinaria burocrática que desconfía de él. Cada nueva norma redujo un poco más su margen de acción. Cada nuevo protocolo trasladó al colegio nuevas responsabilidades. Cada nueva plataforma consumió horas que antes se dedicaban a observar clases, conversar con los docentes o acompañar a los estudiantes. Cada directiva llegó acompañada de más formatos, más registros, más informes y más amenazas de sanción. Con lupa hay que buscar las que llegaron acompañadas de algún estímulo para educar.

El Ministerio de Educación dejó de ver al director como el líder profesional de su colegio y empezó a tratarlo como el funcionario encargado de hacer cumplir sus disposiciones. El liderazgo fue sustituido por la obediencia. Al final, al director no solo se le cargó con más trabajo: se le expropió el derecho a dirigir.

Paradójicamente, cuanto más se habla de liderazgo pedagógico, menos tiempo tiene el director para observar clases, conversar con sus docentes, acompañar a los estudiantes o imaginar cómo hacer de su colegio un mejor lugar para aprender.

La desconfianza se ha convertido en política pública. Se legisla suponiendo que el director cometerá errores o abusará de su autoridad, por lo que se le rodea de controles preventivos que terminan inmovilizándolo. El resultado es exactamente el contrario del buscado: cada vez más buenos candidatos prefieren no postular a la dirección, mientras muchos de quienes aceptan el cargo terminan agotados, frustrados o dedicando sus mejores horas a sobrevivir administrativamente.

Los países que destacan por sus logros educativos hicieron justamente lo contrario. Seleccionaron y formaron cuidadosamente a sus directores y luego confiaron en ellos, otorgándoles autonomía para tomar decisiones y delegando en cada colegio la capacidad de resolver los problemas propios de su realidad. Comprendieron que ninguna oficina ministerial puede anticipar ni reglamentar eficazmente la enorme diversidad de situaciones y contextos que vive cada comunidad educativa. Entendieron que ninguna escuela puede mejorar si quien la dirige carece de autoridad profesional para tomar decisiones junto con su equipo e impulsar la innovación que sus estudiantes necesitan.

Quizá el mejor aliciente que podríamos ofrecerles a los directores escolares sea devolverles el derecho a dirigir. Porque un colegio no cambia por decreto. Cambia cuando quien lo conduce tiene tiempo para educar y libertad para liderar.

Mientras eso no ocurra, seguiré diciéndoles a los mejores maestros que lo piensen mil veces antes de postular a la dirección. No porque el Perú necesite menos directores. Sino porque ningún educador debería aceptar un cargo cuyo nombre promete liderazgo, mientras el sistema solo le permite administrar obediencia.

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Mariano Narodowski: educador que habla de la turbulenta gestión escolar en Argentina… Pero en realidad habla del Perú… y de toda América Latina cortada por el mismo (de)sastre. Vale la pena… Parece como si los ministros de educación peruanos se hubieran formado en Argentina https://youtu.be/b28nUR-x59U?si=_kYGdltZ43Mzg7NP