El sistema educativo peruano tiene por propósito intimidar a los estudiantes para que renuncien a su libertad de pensar y se sometan a los métodos, estándares, evaluaciones y contenidos predeterminados por terceros en el Minedu, que les expropian su pensamiento crítico y autonomía. El Ministerio desconfía de la creatividad y autonomía de colegios y profesores, y por eso uniformiza currículos, estandariza aprendizajes y burocratiza la enseñanza hasta asfixiar cualquier posibilidad de innovación. En vez de alentar proyectos educativos diversos, interdisciplinarios y centrados en la resolución de problemas reales, convierte a los colegios en franquicias pedagógicas cuya principal tarea es preparar estudiantes para rendir pruebas, acumular notas y ser un “service” al servicio de las universidades para clasificar a los alumnos que éstas habrán de admitir. Los colegios destruyen así el pensamiento autónomo y la universidad premia luego esa obediencia intelectual, al basarse en la evaluación escolar para definir quién debe continuar con los estudios superiores, donde usualmente el guion se repite.

Fíjense en esta antología de frases escolares y vean qué les suscitan:

“Pide permiso para hablar.”

“Quédate en tu sitio.”

“Acá se hace lo que dice el profesor.”

“No interrumpas con preguntas.”

“Te bajaré puntos.”

“Haz lo que todos hacen.”

“Copien exactamente lo que está en la pizarra.”

“Si te portas mal, te bajo puntos.”

“Si no entiendes es tu problema”

“No pienses tanto, sigue el procedimiento.”

“Ese no es el método que les enseñé.”

“Tu opinión guárdala para ti.”

“No compliques las cosas.”

“No te salgas del tema.”

“Si todos lo hacen así, por algo será.”

“Eso no viene en el examen.”

“Si no haces caso, te mando a la dirección.”

(Cada lector podría agregar muchas más).

El sistema castiga la discrepancia, premia la obediencia y convierte el pensamiento crítico en una amenaza. Desde pequeños, los alumnos aprenden que su voz no importa, que cuestionar incomoda, que disentir trae problemas y que repetir vale más que pensar. Se les entrena para aprobar exámenes, no para razonar y comprender. La revolución de la inteligencia artificial se discute principalmente en función de cómo impedir que los alumnos copien tareas o exámenes. Se les educa para someterse y no para transformar. En suma, se trata de una asimetría autoritaria castradora. Parecen palabras rebuscadas, pero en este caso son las más precisas.

El resultado también se aprecia años después, cuando esos estudiantes se convierten en adultos incapaces de sostener convicciones propias. Ciudadanos que prefieren que otros decidan por ellos, que buscan líderes fuertes antes que instituciones sólidas, que votan movidos por miedo, rabia o resignación antes que por reflexión. Una sociedad que no ha sido educada para debatir termina refugiándose en consignas, fanatismos y caudillos.

Y entonces ocurre la paradoja: muchos creen que desean libertad, pero en realidad le temen. Porque la libertad exige responsabilidad, criterio y valentía para pensar distinto. Es más cómodo obedecer, seguir al grupo o delegar el juicio propio a un líder que promete soluciones simples.

Por eso el problema educativo del Perú no es solo su obsolescencia académica, las deficiencias en matemáticas, la comprensión lectora precaria o la incapacidad de resolver problemas. Se están formando personas que saben repetir, pero no cuestionar ni deliberar; sobrevivir, pero no construir país. En suma, se les educa hacia la cobardía, no a asumir valientemente sus convicciones.

Si queremos una democracia madura, necesitamos educar a los estudiantes para que aprendan a discutir sin miedo, a defender ideas con argumentos —así sean ideas únicas o minoritarias— y a convivir con la diferencia. Educar no debería ser domesticar. Debería ser formar personas capaces de pensar por sí mismas, incluso cuando hacerlo incomode.

Un ciudadano así educado sabrá analizar a los líderes en los procesos electorales, la viabilidad de sus propuestas, y tendrá además el suficiente sentido práctico para entender que cuando ninguna de las opciones en juego es su preferida, debe escoger la que más se aproxime a sus aspiraciones.

Mientras la escuela siga premiando la obediencia y castigando el pensamiento propio, el país seguirá formando súbditos antes que ciudadanos, y las sorpresas electorales mantendrán al país en el limbo de la imprevisibilidad.

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