La obsesión por medir la educación no nació en las aulas ni en la pedagogía. Nació en los ministerios de educación, presionados por economistas, organismos internacionales y sistemas de control estatal que necesitan ordenar, comparar y gobernar realidades masivas. Para administrar millones de estudiantes y miles de escuelas, el ministerio requiere señales simples: una letra, un número, una categoría. Algo que permita decidir rápido quién avanza, quién repite, qué escuela “funciona” y cuál no. Así aparece la etiqueta de cada alumno: su nota (o letra).

El supuesto es claro: que el aprendizaje puede medirse en un momento específico, que puede traducirse en una respuesta observable y que esa respuesta representa lo que el alumno sabe. La letra no nace para comprender al estudiante, sino para clasificarlo. No describe cómo aprende; lo ubica en una casilla administrativa.

El problema comienza cuando esa lógica administrativa se confunde con pedagogía. Muchos alumnos “rinden bien” cuando saben qué, cómo y cuándo serán evaluados porque aprenden a anticipar la prueba, a entrenarse para el formato, y a responder lo esperado. Pero esos mismos alumnos suelen rendir mal si se les plantea la misma evaluación de manera sorpresiva, meses después, o en un contexto distinto. No porque no tengan capacidad, sino porque lo que aprendieron fue a rendir dentro del sistema, no a comprender de manera duradera.

El aprendizaje verdadero no ocurre en eventos aislados. Madura con el tiempo. Reaparece cuando nadie lo pide. Se manifiesta cuando el estudiante debe tolerar la incertidumbre, construir criterio propio, disentir con fundamentos, convivir con otros distintos, actuar éticamente cuando no hay sanción ni premio, recuperarse del error y transferir lo aprendido a situaciones nuevas. Nada de eso cabe en una letra.

Pero como los ministerios necesitan datos comparables, todo lo que no entra en la métrica se vuelve invisible. Y lo invisible deja de importar. La escuela se adapta: enseña para la etiqueta, no para la vida. Optimiza calificaciones y empobrece trayectorias.

¿Existen alternativas? Sí, pero chocan con la lógica burocrática. Evaluaciones narrativas, observaciones longitudinales, portafolios de evidencias, seguimiento de procesos, autoevaluaciones argumentadas, descripciones cualitativas del progreso real. Así se evalúa pero se impide que las notas sean el centro del sentido educativo.

Al final de cuentas, a los alumnos no les sirve sentir que egresan siendo un número o llevándose impresa una etiqueta clasificatoria del colegio. El principal uso de esa evaluación escolar lo hacen las universidades que esperan que el colegio les sirva como “service” que les pone en bandeja una clasificación condenatoria de alumnos cuando en realidad deberían ser ellas las que evalúen a los postulantes con sus propios criterios de quién tiene o no el potencial y para ser un estudiante aprovechado según la opción universitaria elegida.

Mientras los ministerios sigan confundiendo gestión numérica con educación, seguirán pidiendo letras que ordenan planillas, pero desordenan la comprensión de lo humano. Y seguiremos educando bien para los reportes… y mal para la vida. Evidencias de ello  las tenemos por doquier, observando la conducta de los adultos que egresaron de ese sistema educativo y que conforman las sociedades en las que vivimos.

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