Para empezar, mi eslogan de campaña sería “Mi trayectoria es mi promesa”. Porque un presidente no puede implementar ofertas electorales concretas en solitario. Prometer lo contrario no es ambición: es demagogia. Estas requieren un diseño técnicamente viable, financiamiento sostenible y, sobre todo, el acuerdo y respaldo de un Congreso cuya composición el candidato aún desconoce.

Lo que sí puedo ofrecer, basado precisamente en mi trayectoria, es liderazgo probado para articular voluntades —no discursos—, el criterio juicioso para decidir en escenarios complejos y el empuje para ejecutar sin excusas ni parálisis. No ofrezco milagros: ofrezco capacidad de gobierno. Eso —más que un catálogo de promesas— es lo que realmente debería evaluarse en un candidato presidencial.

En relación a los debates, yo escogería un solo tema por intervención. No intentaría abarcarlo todo en un minuto, porque eso solo produce ruido y superficialidad. Apostaría por una idea clara y potente por vez, sustentada con datos precisos y explicada de manera sencilla y con ejemplos concretos de implementación práctica. Menos frases efectistas, más contenido útil. Si un ciudadano no puede entender la propuesta en ese breve tiempo, entonces no está bien formulada.

No leería discursos porque eso me convertiría en un reproductor de guiones desconectado del público, en carrera contra el tiempo. Quien lee, no conversa; y quien no conversa, no conecta. Tampoco permitiría que mis intervenciones queden inconclusas por no saber controlar el tiempo. Bastaría con tener a la mano un apunte breve, una guía mental y disciplina en el manejo del reloj, para sostener una exposición clara y comprensible.

Hablaría con pasión, pero sin agresión. La firmeza no necesita gritos. Rechazaría entrar en el juego de los ataques fabricados en laboratorios publicitarios. No vine a pelear: vine a proponer. Más bien, pondría en evidencia la incoherencia de quienes se enfrentan en público y negocian en privado, porque eso le ha hecho mucho daño a nuestra convivencia democrática.

Finalmente, entraría a la campaña como una oportunidad pedagógica. Si mis propuestas son sensatas, bien explicadas y viables, incluso si no ganara las elecciones, quedarían instaladas en la agenda pública. Porque una buena idea no pierde por no ganar una elección. Y eso permitiría que quien quiera que resulte elegido pueda recogerlas e implementarlas. Porque gobernar no es solo ganar una elección. Es contribuir a que el país piense mejor sus problemas y sus soluciones. Ese —y no otro— es el verdadero liderazgo. Y eso empieza mucho antes de llegar al poder y continúa incluso sin ejercerlo.

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