Si yo fuera cínico, a juzgar por los gobernantes que hemos tenido, diría que la política es el arte de engañar legalmente. Diría que cada sonrisa en campaña es el ensayo de una comisión futura. Que cada promesa de transparencia es una sofisticada cortina de humo. Que cuando un candidato habla de vocación de servicio, en realidad está anunciando su vocación de servirse del cargo. Que el objetivo de la campaña no es llegar al poder para transformar el país, sino llegar al poder para usufructuarlo en beneficio propio y de los suyos.

Si yo fuera cínico, diría que las elecciones son una especie de lotería nacional. Solo que, en lugar de comprar el boleto, el ganador recibe millones de votos. Y una vez obtenido el premio mayor, tiene cinco años para cobrarse el esfuerzo invertido en la campaña: acomodando familiares, premiando lealtades, colocando amigos, repartiendo favores, direccionando contratos y cobrando peajes invisibles por cada obra o decisión relevante.

Diría también que el amiguismo se presenta como meritocracia, que el clientelismo se presenta como sensibilidad social y que la corrupción se presenta como gestión eficiente. Que las puertas abiertas para el ciudadano suelen ser puertas traseras para los allegados. Que muchas leyes que se anuncian en nombre del bien común terminan siendo inversiones para el bien privado.

Si yo fuera cínico, diría que los políticos no incumplen sus promesas. Lo que ocurre es que nosotros escuchamos unas promesas mientras ellos tienen otras. Nosotros escuchamos desarrollo, ellos escuchan oportunidades. Nosotros escuchamos servicio, ellos escuchan influencia. Nosotros escuchamos sacrificio, ellos escuchan rentabilidad.

Pero hay otro ámbito en el que el Estado se comporta con cinismo, y es el que existe entre la promesa y la realidad del sistema educativo.

Simula enseñar libertad, pero muchas veces premia la obediencia. Simula formar ciudadanos críticos, pero suele recompensar a quienes repiten con precisión lo que otros dijeron antes. Simula enseñar a pensar, pero frecuentemente evalúa la capacidad de memorizar. Simula valorar la creatividad, pero castiga al que se sale del libreto. Simula preparar para la vida, mientras dedica buena parte de sus esfuerzos a entrenar para aprobar exámenes y obtener credenciales.

Este sistema cínico vende la idea de que un estudiante con buenas notas es necesariamente un estudiante talentoso; que quien cumple disciplinadamente cada instrucción está desarrollando su vocación; que quien responde correctamente las preguntas del profesor está aprendiendo a formular las suyas propias. Como si aprobar fuera sinónimo de comprender y obedecer fuera equivalente a pensar.

Cínicamente, el sistema se siente satisfecho cuando las escuelas logran estudiantes dóciles, ordenados y previsibles, aunque luego esos mismos estudiantes tengan dificultades para cuestionar, debatir, disentir, crear o defender una posición propia frente a la presión del grupo, la propaganda política o los discursos ideológicos de moda.

Si yo fuera cínico, concluiría que ambos sistemas —el político y el educativo— se necesitan mutuamente. Uno produce ciudadanos poco acostumbrados a cuestionar. El otro se beneficia de ciudadanos que cuestionan poco. Uno siembra la conformidad; el otro cosecha sus frutos.

Pero trato de no ser cínico. Por eso todavía insisto en que la mejor defensa contra la mala política no es una nueva ley, una nueva fiscalía o una nueva comisión investigadora. Es una mejor educación. Una educación que enseñe a distinguir argumentos de consignas. Que enseñe a debatir sin odiar. Que enseñe a cuestionar incluso aquello con lo que estamos de acuerdo. Que forme ciudadanos capaces de detectar la manipulación, resistir el populismo y exigir coherencia entre las palabras y los hechos.

El día en que las escuelas se propongan formar personas que piensen por cuenta propia, en lugar de personas que simplemente obedezcan instrucciones, la política tendrá menos espacio para el engaño.

El día en que la política premie la integridad y la educación premie el pensamiento independiente, el cinismo dejará de parecer realismo. Y entonces, quizás, ya no haga falta escribir columnas tituladas “Si yo fuera cínico”. Ojalá que quien resulte elegido hoy nos dé razones para creer que ese día puede llegar

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