La educación peruana (y latinoamericana) ya no educa: se defiende.

07 Ene 2026

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Durante años se nos dijo que la crisis educativa en el Perú era un problema social, familiar o cultural. Que la pobreza, la pandemia o la falta de compromiso explicaban los bajos aprendizajes. Hoy empieza a quedar claro —y ya no solo desde la pedagogía, sino desde la lógica institucional— que el problema es otro: el sistema educativo dejó de intentar educar y se concentró en protegerse.

Cuando un sistema deja de preguntarse “¿qué necesita este alumno?” y pasa a preguntarse “¿cómo nos defendemos de los padres, de los funcionarios y de una denuncia administrativa?”, ya no estamos ante una falla circunstancial. Estamos ante una mutación institucional.

Lo que hoy viven miles de docentes peruanos no es falta de vocación ni de preparación. Es impotencia estructural. Un currículo nacional saturado de competencias, desempeños, estándares y evidencias, que privilegia lo medible por encima de lo significativo. Se evalúan productos, no procesos; respuestas, no razonamientos; cumplimiento, no comprensión. Hay poco espacio para la creatividad, la investigación genuina, el error como parte del aprendizaje o la construcción de ideas propias. Se enseña a “responder bien” antes que a pensar bien.

En este modelo, el problema no se enfrenta: se neutraliza administrativamente. Las dificultades de aprendizaje no se atienden a tiempo porque “no conviene dejar constancia”. Los problemas de convivencia no se resuelven: se gestionan para que no escalen. La disciplina dejó de ser formativa y pasó a ser estadística. Importa más que el acta esté bien llenada que que el alumno haya aprendido algo relevante.

¿Y los docentes? Convertidos en parachoques del sistema. Responsables de todo, con autoridad sobre casi nada. Presionados por padres que amenazan con quejas, por directivos que temen sanciones, por instancias administrativas que evalúan papeles antes que realidades. Castigados si hablan con franqueza, evaluados por indicadores que no controlan, y empujados a cumplir formatos en lugar de enseñar. Si no fuera trágico, sería grotesco.

El resultado es previsible: certificados sin aprendizaje. Alumnos que avanzan de grado, pero no desarrollan lectura comprensiva, razonamiento matemático, pensamiento crítico ni autonomía intelectual. Luego el país se sorprende cuando esos jóvenes llegan a institutos, universidades o al trabajo sin herramientas básicas para sostener un desempeño consistente.

Algunos creen que la Inteligencia Artificial compensará estas carencias. Es una fantasía peligrosa. La IA no reemplaza el pensamiento: lo amplifica. Quien no sabe preguntar, no sabe evaluar ni verificar, usará la tecnología para producir textos elegantes… y vacíos. La IA acelera el error cuando no hay comprensión previa.

Más aún: si la IA reduce los empleos de entrada —esos donde antes se aprendía responsabilidad, puntualidad y trabajo en equipo—, ¿dónde se formará el carácter profesional de quienes ya llegan mal preparados desde la escuela?

Aquí está el punto incómodo: un país no se desarrolla con pequeñas élites bien formadas y mayorías funcionalmente incompetentes. La productividad, la innovación y la cohesión social dependen del “promedio”, no del genio excepcional. Cuando la educación básica falla, el costo se paga en baja competitividad, informalidad crónica, desconfianza y frustración social.

Esto no se arregla con slogans, tablets ni cambios cosméticos del currículo. Tampoco con guerras ideológicas que distraen del núcleo del problema. Se arregla cuando el país acepta que educar implica conflicto, asumir errores, invertir en serio y devolver autoridad profesional a los docentes.

Mientras la educación peruana siga funcionando como un sistema que se defiende de denuncias en lugar de uno que asegura aprendizajes trascendentes, seguiremos fabricando un futuro frágil con apariencia de normalidad.

La crisis educativa no es una amenaza futura. Ya está instalada en las aulas.

Y cada año que decidimos no mirarla de frente, elegimos —aunque no lo digamos— un Perú más débil, más desigual y más fácil de manipular.

Las alarmas no están sonando. Hace rato que se rompieron.

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