Dos personas queridas y admiradas han fallecido en los últimos días: Ramón Barúa y Chema Salcedo. Es la inexorable caducidad de la vida la que nos confronta a todos con la pregunta: ¿en qué es diferente el mundo debido a mi paso por él? ¿Cuál fue mi aporte a hacer de este un mundo mejor? Porque, al final, pasada la noticia y asumido el dolor de la pérdida, los allegados seguirán adelante con su vida, y el cuerpo y alma del fallecido se harán polvo.
Pero más allá del duelo -que es legítimo y necesario- queda una inquietud más profunda: ¿qué queda de nosotros cuando ya no estamos? No en términos materiales, sino en huellas humanas. Porque el mundo no cambia por nuestra existencia biológica, sino por nuestra influencia en otros.

En esencia, es en ese plano que se juega el sentir ético de cada persona: ¿mi vida es solo un bien personal, egoísta, o es un bien público, nacido para contribuir al bien común y con ello dar continuidad a nuestra especie, como lo hacen intuitivamente todos los animales?

La diferencia es que, a nosotros, nadie nos programa. No tenemos el instinto como guía suficiente; tenemos la conciencia, y con ella, la responsabilidad. Podemos elegir vivir encapsulados en nuestras urgencias individuales o abrirnos a la posibilidad de ser parte de algo más grande que nosotros mismos. Y esa elección, aunque silenciosa, nos define a nosotros y al tipo de mundo que ayudamos a construir.

Porque el bien común no es una abstracción lejana ni un discurso político: es la suma de decisiones cotidianas. Está en cómo tratamos al otro, en la honestidad con la que actuamos, en la generosidad -o mezquindad- de nuestras acciones. Está en si entendemos que nuestro bienestar está inevitablemente entrelazado con el de los demás.

Ramón y Chema, cada uno a su manera, dejaron marca porque no pasaron por la vida como espectadores. Intervinieron. Opinaron. Construyeron. Se involucraron. Dejaron huella. Y eso es lo que diferencia una vida que simplemente ocurre de una vida que impacta.

El duelo, entonces, no solo debería llevarnos a recordar lo que ellos fueron, sino a cuestionar lo que nosotros estamos siendo. Porque mientras tengamos tiempo -ese recurso finito que solemos malgastar- podemos actuar para ser irrelevantes o significativos.

La mayoría vive como si la trascendencia fuera un asunto de héroes, artistas o líderes. Me parece un error. Creo que la verdadera trascendencia es cotidiana y silenciosa: está en el alumno al que ayudaste a creer en sí mismo, en el hijo al que enseñaste a ser la mejor versión de sí mismo, en el colega al que trataste con respeto cuando nadie miraba, en el necesitado al que tendiste la mano para ayudarlo a superar las vallas que lo frenaban o desanimaban. Esas pequeñas acciones son las que sobreviven, multiplicadas en cadena.

Quienes parten dejan una interrogante viva: ¿fueron solo protagonistas de su propia historia o también coautores de la vida de otros? Y esa es, quizá, la medida más honesta de una existencia.
Tal vez, entonces, la verdadera inmortalidad no esté en evitar el polvo, sino en evitar la intrascendencia. Y eso no se logra acumulando, sino entregando. No se logra acumulando, sino trascendiendo en otros. Porque al final, cuando todo lo demás se disuelve, lo único que permanece es aquello que hicimos posible en la vida de alguien más, cuya vida es distinta, porque nosotros tocamos su alma.

https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=pfbid0v63yEp1ijd2Whgo3xdXDr6L4swHy4Zd3eRE5fWMTJad8WQiGmZ1FYiUHccKuoANWl&id=100064106678628 

https://www.facebook.com/leon.trahtemberg/posts/pfbid023ZHgpo3faMoL5fzaeW44CPQQbcgTy2GTVxCtZYhQgpnX9BqZE9CSx24qKqgUWzvgl

https://x.com/LeonTrahtemberg/status/2041471771107278926

https://www.linkedin.com/posts/leontrahtemberg_en-esencia-ram%C3%B3n-bar%C3%BAa-y-chema-salcedo-fueron-share-7447419838945193986-tKpJ?utm_source=share&utm_medium=member_desktop&rcm=ACoAAAkvmwYBZH8TpEV1ZrZDmJuyzP8tJitqvQs