La buena educación para el futuro es la que te aleja de las certezas matemáticas y te habilita para navegar en las incertidumbres de los volubles contextos políticos y sociales. Ese es el mensaje implícito de los políticos a la juventud peruana y es brutalmente claro: aprende a caminar sobre arena movediza, emprende con casco y paracaídas, y no te enamores demasiado de ningún plan. Eso es lo que debe estar en el imaginario de los curriculeros del ministerio de educación y los directores escolares.

En un país de elecciones impredecibles, vacancias presidenciales seriales y una fragmentación política que hace inviables las gobernanzas sólidas, pensar el futuro se parece más a un acto de equilibrio que a una proyección ordenada. La política peruana no gobierna: interrumpe. No construye trayectorias: genera sobresaltos. Y cada crisis institucional es una lección silenciosa para los jóvenes: aquí el largo plazo es un lujo y la estabilidad, una ficción peligrosa. ¿Cómo pedir vocación, compromiso o paciencia cuando el propio Estado vive en modo provisional permanente?

Una educación que realmente prepare para navegar estas olas turbulentas debe partir de un principio incómodo pero liberador: el conocimiento no es un refugio, sino una herramienta para la travesía. Menos matemáticas de la certeza implica abandonar la ficción de que dominar fórmulas y algoritmos nos dará control sobre un mundo que se desvanece. En su lugar, necesitamos brújulas para la incertidumbre: capacidades para interpretar las corrientes cambiantes del malestar social, para cartografiar los riesgos de una nueva crisis política y para anticipar los vientos de una economía global volátil. Se trata de formar mentes que no busquen la «respuesta correcta» en un manual, sino que sean diestras en plantearse las preguntas pertinentes ante lo desconocido.

Un joven educado en esta lógica no se paraliza ante la cancelación de un proyecto de ley o el colapso de una institución; en cambio, lee ese evento como un dato del contexto, recalcula su rumbo y moviliza sus recursos (su red de contactos, su comprensión del sistema, su creatividad) para seguir avanzando. Es una pedagogía de la resiliencia activa, que entiende que el conocimiento profundo del medio (la historia de las fracturas, la naturaleza de los actores, la lógica de las crisis) es el mejor lastre para no zozobrar.

Mientras tanto, la escuela sigue operando como si nada pasara. Enseña contenidos cerrados, respuestas correctas y caminos predecibles en un entorno donde todo es contingente. Se insiste en currículos que forman caminantes de pista recta cuando la realidad exige equilibristas. Se evalúa como si el país ofreciera suelo firme, cuando lo único constante es el temblor. En este contexto, el verdadero reto educativo no es cambiar cursos por áreas o intentar deconstruir el aprendizaje en competencias y desempeños predecibles, sino cambiar el foco hacia la excelencia en entender contextos cambiantes y actuar sobre ellos.

Este enfoque transforma radicalmente el rol de la escuela y el currículo. Dejamos de ser caminantes de pista recta para convertirnos en aprendices de equilibristas, pero con los ojos bien abiertos. La escuela, en lugar de simular una realidad estable que no existe, debe volverse un gimnasio para la incertidumbre. Sus «ejercicios» ya no serían problemas matemáticos con una sola solución, sino análisis de escenarios políticos complejos, simulacros de gestión de crisis comunitarias o proyectos de emprendimiento que obliguen a pivotar ante un cambio regulatorio inesperado.

La evaluación, entonces, no mediría la memoria de datos, sino la calidad de la adaptación: ¿cómo reformulaste tu objetivo cuando el contexto cambió? ¿Cómo sostuviste tu propósito sin romperte cuando el «viento político» sopló en contra? Se trataría de cultivar una generación que entienda que «avanzar sin garantías» no es un lema de supervivencia cínica, sino la condición misma de la acción en un país como el Perú. Formaríamos, así, no solo a quienes saben mantener el equilibrio en movimiento, sino a quienes, desde ese equilibrio precario, son capaces de construir pequeños espacios de estabilidad y sentido, demostrando que lo duradero no siempre es lo inmutable, sino aquello que sabe recomponerse.

Necesitamos un currículo y una pedagogía que cultiven capacidades para ser equilibristas con los ojos abiertos: jóvenes capaces de mirar sus metas sin caer en el trayecto, aun cuando el viento político cambie de dirección a mitad del camino. Personas que sepan sostener la tensión entre propósito y adaptación, entre convicción y flexibilidad. Eso implica enseñar a pensar en escenarios, no en certezas; a gestionar riesgos, no solo contenidos; a leer el contexto con la misma seriedad con la que se resuelve un problema matemático. Implica aprender a caer sin romperse, a recalcular sin renunciar, a avanzar sin garantías. Porque hoy, planificar la vida en el Perú no es trazar una línea recta, sino mantener el equilibrio en movimiento.

La paradoja es cruel: exigimos a los jóvenes que tengan proyecto de vida mientras el país dinamita cualquier noción de continuidad. Y luego nos sorprende que prefieran la agilidad al compromiso, la diversificación a la lealtad, el corto plazo a la promesa institucional, emigrar antes que construir futuro en el Perú. No es cinismo: es aprendizaje social.

Hasta que no construyamos reglas que sobrevivan a las elecciones y liderazgos que respeten la continuidad, seguiremos formando generaciones expertas en no caerse, pero sin tiempo ni energía para construir algo duradero. Y un país que solo entrena equilibristas para sobrevivir corre el riesgo de olvidar para qué quería avanzar. Eso es lo que está en juego cuando se eligen a las autoridades y legisladores.

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