Durante años, Europa Occidental se tranquilizó mirando sus resultados en PISA. Buenas notas en lectura, matemáticas y ciencias bastaron para sostener la narrativa de que su educación funcionaba y, con ella, su modelo de bienestar, estabilidad y progreso. Hoy, frente al empuje económico, tecnológico y militar de China y Rusia, esa tranquilidad empieza a parecer una peligrosa ilusión. PISA no detiene misiles ni protege economías; expone la fragilidad estratégica de la educación europea. Evaluar con sus criterios convencionales a alumnos a los 15 años no predice de manera relevante su desempeño ulterior, ni en Europa ni en ningún otro lugar.

El problema no es solo económico, energético o demográfico. Es más profundo. Es estructuralmente educativo. Y no porque falten escuelas, docentes formados o sistemas de evaluación sofisticados. Europa tiene todo eso. Lo que no tiene —o ha ido perdiendo— es una educación alineada con la supervivencia estratégica en un mundo hostil, competitivo, lleno de variables impredecibles y cambios acelerados.

PISA —la gran bandera educativa europea— mide aprendizajes académicos estandarizados. Eso no es irrelevante. Pero confundir buenos puntajes con fortaleza social, tecnológica o geopolítica fue un error histórico. PISA no mide capacidad de innovación disruptiva, ni formación de élites científicas duras, ni cultura de riesgo, ni velocidad de adaptación, ni preparación para escenarios de conflicto. Mide desempeño escolar; no mide capacidad de sostener poder en contextos adversos.

Europa educó durante décadas para un mundo que ya no existe: empleos estables, trayectorias previsibles, consenso social, baja conflictividad, dependencia del Estado como amortiguador de todo riesgo. Ese mundo terminó. Pero la escuela siguió operando como si no se hubiera enterado, como si la historia se hubiera congelado.

Mientras tanto, otros países —con valores discutibles y métodos cuestionables— alinearon sin pudor educación, ciencia, industria y estrategia nacional. No buscaron formar “buenos alumnos”, sino capacidad de poder: tecnológico, productivo, militar, geopolítico. Europa, en cambio, priorizó equidad, inclusión y bienestar… sin resolver quién los financiaría, quién los defendería y quién los haría sostenibles en escenarios de presión externa.

El resultado está a la vista: buenos promedios educativos, pocos líderes tecnológicos globales; universidades prestigiosas, pero cada vez más alejadas de la vanguardia; dependencia digital; alto gasto social, pero fragilidad estratégica; ciudadanos bien formados, pero sociedades crecientemente vulnerables.

El problema con PISA fue creer que sus puntajes y rankings bastaban. Lo que no se mide, no se prioriza. Y Europa dejó fuera de su radar educativo aquello que hoy define la relevancia de los países: innovación radical, pensamiento estratégico, liderazgo tecnológico, resiliencia productiva, tolerancia al riesgo y preparación para la incertidumbre.

La pregunta incómoda ya no puede evitarse: ¿de qué sirve una educación que produce “buenos estudiantes” si no produce sociedades capaces de sostener su bienestar, su autonomía, su defensa nacional y su relevancia histórica?

Cuando la educación deja de producir poder —económico, tecnológico, cultural o militar— el Estado de bienestar no se consolida: se erosiona desde dentro. Basta un dicho provocador o una exigencia económica amenazadora de Donald Trump para que Europa pierda el equilibrio estratégico. Europa empieza a descubrirlo tarde… y con cada vez menos margen de maniobra.

¿Seguirá el Perú definiendo su educación bajo la sombra de PISA y sus evaluaciones derivadas aplicadas acríticamente a nivel nacional? ¿O apostará por asumir los riesgos de colocarse en la vanguardia de la innovación educativa, no para escalar rankings, sino para construir poder, resiliencia y futuro, y hacer del Perú una potencia emprendedora?

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