El Día Internacional de la Educación fue instaurado en 2018 por la agonizante Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante la Resolución 73/25 para celebrarse cada año el 24 de enero. La intención declarada es impecable: reconocer a la educación como derecho humano, motor del desarrollo sostenible, de la paz y de la reducción de desigualdades. Hasta aquí, aplausos. De pie. Con foto institucional incluida.

El problema no es el origen. El problema es el uso. Porque desde entonces, cada 24 de enero ocurre el mismo ritual global: comunicados solemnes, afiches con niños sonrientes, hashtags inspiradores, discursos que repiten palabras como calidad, inclusión, equidad, futuro. Todo muy correcto. Todo muy educado. Todo muy inocuo.

Y al día siguiente, todo sigue igual. Las escuelas continúan midiendo aprendizaje con pruebas que no miden comprensión. Los currículos siguen acumulando competencias como si fueran ingredientes incompatibles en una receta imposible. Los docentes siguen atrapados entre la vocación y la burocracia. Los estudiantes siguen preguntándose —en silencio— para qué sirve todo esto.

El Día Internacional de la Educación se ha convertido, en muchos casos, en una lavadora de conciencias: “Ya publicamos el post.”  “Ya hicimos la charla.” “Ya cumplimos.”

¿Cumplimos con qué? La ONU habla de educación transformadora, pero los sistemas educativos se defienden a sí mismos antes que transformarse. Hablan de pensamiento crítico, pero penalizan la disidencia. Hablan de creatividad, pero estandarizan hasta la curiosidad. Hablan de bienestar, pero organizan la escuela como si el estrés fuera un daño colateral aceptable.

El lema tranquiliza. El lema adormece. El lema absuelve. Y mientras tanto, la acción se posterga.

Si este día fuera tomado en serio, no se celebraría con frases bonitas, sino con preguntas incómodas: ¿Qué dejamos de enseñar porque no cabe en la prueba? ¿Qué talentos se pierden porque no encajan en el molde? ¿Qué estudiantes “fracasan” solo porque el sistema no sabe leerlos?

Pero esas preguntas no entran bien en un afiche. No suman likes No son celebrables.

Por eso el 24 de enero incomoda poco y tranquiliza mucho. Porque permite decir “la educación importa” sin tocar nada de lo que realmente habría que cambiar.

Tal vez el Día Internacional de la Educación debería dejar de ser una fecha conmemorativa y convertirse en una fecha acusatoria. No para culpar personas, sino para desnudar inercias. No para celebrar el discurso, sino para interrumpir la comodidad.

Porque cuando una causa es tan universalmente aplaudida como la educación, el verdadero riesgo no es el olvido. Es la hipocresía bienintencionada. Y de eso, lamentablemente, este día sabe bastante.

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