En una escala de 1 a 10, ¿cuán tonto y desafortunado es nuestro sistema educativo, con su abrumadora burocracia y una legislación construida para sostener una educación anclada en los parámetros del siglo XIX? Quienes piensen en cualquier número del tercio superior posiblemente estarán acertando.

Piensen, amigos lectores, en la educación que recibieron sus padres y abuelos. ¿Qué la diferencia sustancialmente de la educación de hoy? ¿Las carpetas ahora son de plástico, las pizarras electrónicas, los cuadernos digitales, los lapiceros BIC y los colores crayola? Lo que antes se llamaba Dibujo y Música ahora se llama Arte y Cultura; Botánica, Zoología, Anatomía, Física y Química ahora se llaman Ciencia y Tecnología; Historia y Geografía del Perú ahora se llama Ciencias Sociales y Desarrollo Personal, Ciudadanía y Cívica; Castellano ahora se llama Comunicación; e inglés aparece como Lengua Extranjera.

A los objetivos y metas los convierten en desempeños y competencias, pero en la práctica son solo etiquetas semánticas que disfrazan el mismo modelo directivo y autoritario de siempre. ¿Y qué representa todo eso en términos reales de adecuación a los tiempos? Prácticamente nada. Porque persisten las aulas con carpetas, pizarras y lápices que reciben clases del docente que anula la interacción social y la colaboración y usa la pizarra para exponer aquello que las áreas curriculares determinan con rigidez.

¿Y qué representa todo eso en términos reales de adecuación a los tiempos? Prácticamente nada. Porque persisten las aulas con carpetas, pizarras y lápices que reciben clases del docente que usa la pizarra para exponer aquello que las áreas curriculares determinan con rigidez. El sistema sigue priorizando el cumplimiento del obsoleto concepto de sílabo rígido único por encima de la curiosidad natural del niño, asfixiando cualquier intento de aprendizaje autodirigido. El problema es para qué mundo están pensadas todas estas cosas.

Cambiamos los nombres, digitalizamos los soportes y modernizamos la escenografía, pero la lógica profunda del sistema sigue siendo la misma de hace más de un siglo: fragmentar el conocimiento en compartimentos estancos, avanzar por grados como en una línea de ensamblaje, evaluar respuestas estandarizadas y formar estudiantes obedientes al currículo, sin ser capaces de leer y navegar sobre la complejidad del mundo. Seguimos premiando al alumno dócil que reproduce lo que el profesor dice, mientras el mundo real exige personas que sepan cuestionar, disentir y resolver problemas que aún no existen.

Seguimos enseñando como si el conocimiento fuera estable, las profesiones previsibles y el éxito una trayectoria lineal: estudia, gradúate, trabaja de lo mismo toda tu vida. Como si memorizar contenidos y repetir procedimientos fuera una garantía de futuro. Como si pensar distinto fuera un riesgo y no una necesidad. Mientras tanto, el mundo laboral, tecnológico y social avanza hacia escenarios donde nada de eso está garantizado. La escuela se ha convertido en una sala de espera de bajo estímulo intelectual, desconectada de la salud emocional y del desarrollo de talentos individuales.

La paradoja es brutal: cuanto más incierto es el futuro, más rígido se vuelve el sistema escolar. Más normas, más formatos, más evidencias, más reportes, más controles. La obsesión por el control administrativo ha sustituido a la pasión por el descubrimiento. La burocracia no está al servicio del aprendizaje; está al servicio de su propia supervivencia. La legislación no protege al estudiante del mundo que viene, sino al sistema del mundo que se va.

Y así, mientras hablamos de innovación, creatividad y pensamiento crítico, seguimos evaluando respuestas correctas, castigamos el error, desconfiamos de la autonomía del docente y sospechamos del alumno que pregunta demasiado. Llamamos “modernización” a usar tablets para hacer lo mismo que antes se hacía en cuadernos. Es una estafa pedagógica: tecnología de punta aplicada a una pedagogía de punta roma.

Hay muchas iniciativas innovadoras en curso en el mundo que puedo citar a modo de ejemplo:  cultivar la capacidad de navegar en el exceso de datos de la IA e internet para distinguir lo relevante de lo falso; la eliminación de exámenes y el uso de calificaciones cuantitativas (notas) que responden a una cultura de juicio externo para reemplazarla por una cultura de autorregulación como forma de vivir el aprendizaje y evaluaciones que se basan en una bitácora de errores y aprendizajes, el prototipo final y la defensa oral del proyecto; en lugar de estudiar «la célula» o «la independencia» de forma aislada se proponen proyectos interdisciplinarios basados en problemas reales como por ejemplo cómo garantizar agua limpia para mi comunidad en el año 2040, en el que el alumno en lugar de usar por disciplinas la química (filtración), historia (gestión de recursos), comunicación (campañas de concientización) y matemáticas (proyecciones estadísticas), usa su “caja de herramientas” para proponer soluciones a problemas con propósitos reales.

Basta con echar a andar los motores internos de la innovación para que aparezcan cientos de opciones. Por eso el número en la escala que señalé al inicio no importa tanto si es 7, 8, 9 o 10. Lo verdaderamente desafortunado es que sigamos creyendo que un cambio de nombre, una plataforma digital o una pizarra interactiva equivalen a un cambio educativo. No lo son. Son apenas maquillaje sobre una estructura que ya no conversa ni con el siglo XXI… y mucho menos con el 2040.

«Si escuchas a un candidato prometer más sueldos o más cemento, ya sabes que no entiende nada. Es más de lo mismo. Lo que falta es la valentía para dinamitar un sistema que encarcela el talento y reemplazarlo por uno donde el Estado deje de ser el dueño de la verdad pedagógica. Todo lo demás es cobardía política frente a un futuro que ya nos dejó atrás.»

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